La Iglesia Católica bloquea el acceso a la píldora en Filipinas

La voz del sacerdote se escapa por las puertas abiertas de la iglesia abarrotada, los altavoces resuenan entre el bullicio del tráfico, los vendedores de pescado ahumado ofrecen sus mercancías en la plaza. La basílica del Nazareno, en el barrio de Quiapo, en el centro de Manila, bulle al atardecer. Miles de feligreses siguen con devoción la misa dentro y fuera del templo, uno de los más venerados de la ciudad por su Cristo de rostro negro cargando la cruz, que muchos filipinos creen milagroso. Alzan las palmas de las manos hacia el altar, inclinan la cabeza y oran en silencio. En el sermón, saltan palabras de origen español: impyerno, sementerio.

Es viernes por la tarde y los oficios se suceden uno tras otro como si se tratara de un cine de sesión continua, en este país donde el 80% de la población es católica. Una pantalla gigante reenvía la imagen del interior a quienes permanecen en la calle bajo un calor asfixiante. Los cánticos se mezclan de repente con el rugido de un trueno y rompe a llover torrencialmente. A las puertas de la basílica, un cartel con fotografías de fetos arremete contra el aborto, la píldora y otros anticonceptivos.

Forma parte de una campaña que se reproduce por toda la capital. La Iglesia católica de Filipinas está en pie de guerra contra un proyecto de ley destinado a facilitar el acceso gratuito a métodos de planificación familiar y proporcionar educación sexual en los colegios. Su objetivo es reducir la mortalidad de las mujeres al dar a luz y frenar el rápido crecimiento de la población, que en los últimos 25 años prácticamente se ha duplicado hasta superar 95 millones de almas, lo que ha dificultado la lucha contra la pobreza.

La ley, conocida oficialmente como RH (siglas en inglés de Salud Reproductiva), ha provocado una profunda brecha entre el Gobierno y la influyente Iglesia, que afirma que va contra la moral cristiana, no hay relación entre población numerosa y pobreza, y es perjudicial para la salud de las mujeres. El presidente de Filipinas, Benigno Aquino III, ha manifestado abiertamente su apoyo a la legislación, y la ha situado esta semana entre sus prioridades. Algunos obispos le han criticado con fuerza y han amenazado con pedir campañas de desobediencia civil como las que forzaron las caídas del dictador Ferdinand Marcos, en 1986, y Joseph Estrada, en 2001.

“Esta ley está basada en el derecho de las parejas -especialmente de la mujer- a decidir libremente el número de hijos que desean tener, y está orientada a disminuir el número de las que mueren al dar a luz, y a luchar contra la pobreza. Para lograr un desarrollo sostenible es imprescindible afrontar el problema de la sobrepoblación”, dice Edcel Lagman, diputado y principal autor del proyecto. “La Iglesia no puede imponer sus dogmas al conjunto de la gente”, explica en su despacho del Congreso este hombre corpulento, responsable de la legislación que abolió la pena de muerte en 2006.

Alta tasa de mortalidad maternal

Filipinas tiene una de las tasas de mortalidad maternal más altas del sureste asiático: cada día fallecen 11 mujeres al dar a luz. Una cifra que, según Naciones Unidas, podría ser reducida si contara con una política de salud reproductiva. El problema es especialmente grave entre las comunidades musulmanas en la isla de Mindanao, donde mueren 32 mujeres por cada 10.000 nacimientos, el doble que en el resto del país.

Los intentos desde la década de 1990 de promover la educación sexual y los anticonceptivos han sido continuamente bloqueados por el poder eclesiástico, que solo acepta las vías de planificación familiar naturales. La Iglesia católica tiene un gran poder en Filipinas, donde ha jugado un papel clave en el proceso de democratización. La presencia de la religión -herencia de la colonización española durante más de tres siglos- es constante por toda la ciudad, ya sea en forma de iglesias, monumentos a la virgen María, estatuas de cardenales en los parques, rosarios y crucifijos en los retrovisores de los taxis, o frases como Praise the Lord (Alabado sea Dios) en los jeepneys, los coloridos microbuses con carrocería de acero inoxidable que peinan Manila.

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