En el mundo hay más de 8000 religiosos acusados por abuso

Le entregué mi hijo a ese cura como si se lo estuviese entregando a Dios’, recordó Aparecida da Silva, madre de un niño que había sido violado por el sacerdote brasileño Tarcisio Tadeu Sprícigo”.

Así comienza Abusos sexuales en la Iglesia Católica , la investigación que Jorge Llistosella publicó en Ediciones B y sin duda será material fundamental de consulta en el tema cuando haya discusión honesta.

Recorre los últimos 50 años de una historia tenebrosa. Los abusos sexuales en instituciones católicas no son nada nuevo, la irrupción del tema en las noticias, sí. Cuando comenzó a tomar estado público el flagelo, todo lo que tardó en saltar el cerco oscurantista se multiplicó en impacto y en casos similares por el planeta.

Llistosella es de la vieja guardia del periodismo y mantiene los santos hábitos del oficio; cada dato está documentado. Abusos sexuales… ilumina “con enorme respeto hacia los católicos cuya pureza resultó herida por miles de hombres y mujeres indignos”.

La dirección histórica de la trama va sufriendo cortes transversales en forma de capítulos, que profundizan en las tantas aristas que hacen complejo este espanto. Para terminar entrelazados y mirando hacia la Plaza San Pedro. Así, un capítulo se sumerge en Argentina, otro en Brasil, México, Uruguay, Chile, Estados Unidos, Canadá, Austria, España, Italia, Alemania, Polonia, Irlanda… Además contiene aportes testimoniales del juez de la Corte Suprema de Justicia Eugenio Zaffaroni, el psiquiatra y psicoanalista Luis Vera y el teólogo Eduardo de la Serna. Y dedica un capítulo a los desempeños de los dos últimos Papas, Juan Pablo II y Benedicto XVI.

“Hay un caso con el que, debo confesar, lloré cuando investigaba. Es de un cura argentino. ¿Sabe lo que hacía ese hijo de puta? Había una nenita muy carenciada que iba todos los días a la parroquia a buscar una vianda que le daba para llevar a su casa, y este hijo de puta, antes de darle la vianda, la obligaba a que lo masturbara. La chiquita lo hacía porque si no no tenía qué comer.”

Lagrimea culpa del párroco Mario Napoleón Sasso y los delitos que cometió en la capilla San Manuel, del barrio La Lonja de Pilar, a fines de 2007. Había llegado a la provincia de Buenos Aires en 1995, escapando de otras denuncias en su San Juan natal. El arzobispo Italo Di Stéfano lo internó –¿guardó?– en la casa de reclusión Domus Mariae, de Tortuguitas, donde fue dado de alta a los tres años prohibiéndosele el contacto con menores. Los abusos de Sasso en La Lonja, justamente, ocurrieron en el comedor para niños indigentes al que luego lo designó la idoneidad eclesiástica.

Pecadores del mundo. Si bien el rumor empezó a instalarse en Estados Unidos cuando en 1985 el párroco de Luisiana Gilbert Gauthe fue encontrado culpable de once casos de abuso sexual a menores, ocasionando un fugaz escándalo nacional, la veda mediática (¿complicidad?) se reinstaló por otros ocho años.

En 1993, el sacerdote de Dallas Rudolph Kos es el primer condenado penalmente. Ese año, la organización autraliana Ritos Rotos ( Broken Rites ) inaugura una línea para recibir denuncias de abuso sexual. Arreciaron. La abrumadora mayoría señalaba a sacerdotes católicos. El gran velo que ocultaba la verdadera magnitud del asunto, finalmente, empezó a correrse definitivamente cuando, en 2002, una explosión informativa siguió a los artículos del periódico The Boston Globe sobre los abusos de cinco sacerdotes a menores de edad, comprobándose la connivencia del mismo cardenal, Bernad Law. Enseguida, The New York Times relevó que “en 161 de las 177 diócesis estadounidenses se registraron acusaciones por violación o abuso sexual a menores. El 80 por ciento (…) imputados de victimizar a varones y el 43 por ciento de los curas, con niños de 12 años o menos”.

Se calcula “más de 8.000 seminaristas, hermanos, frailes, sacerdotes, obispos, arzobispos, cardenales y monjas de la Iglesia Católica en el mundo” han sido acusados de abusar, “por lo general de personas de su mismo sexo, y abrumadoramente en perjuicio de menores de edad”, aporta el libro.

Cada país repitió la historia. Aquí, con casos testigos como el del ex arzobispo de Santa Fe Edgardo Storni y el de Juan Carlos Maccarone, de Santiago del Estero, más el hecho que instaló el horror ante los ojos de todos: el del padre Julio César Grassi.

Bajo la supervisión del Vaticano, y de Benedicto XVI cuando era Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (sucesora de la Sagrada Inquisición), destinado a intervenir en el desborde de los casos de abusos sexuales, las estrategias oscilaron entre acciones de ocultamiento, de coacción, de coerción y, en última instancia, la reclusión en casas de privilegio.

La estrategia es la misma de siempre: confundir y tratar de evitar la denuncia. En el caso Grassi, se intentó sobornar a las víctimas y luego recibieron amenazas en sus propias casas.

Grassi, como Sasso, se ocupaba de los niños carenciados que producía el sistema, cuyos arquitectos lo idolatraban: era el cura predilecto del ex presidente Carlos Menem, invitado de lujo de Bernardo Neustadt y asiduo de Mariano Grondona, protegido de Domingo Cavallo y del extinto Julio Ramos.

Sólo la Iglesia estadounidense, hasta aquí, suma unos 2.500 millones de dólares destinados a juicios y silencios. Del calibre de las declaraciones que se escucharon hace poco a causa del felizmente consagrado matrimonio igualitario, son las de los religiosos del mundo en torno de los abusos, incluyendo a los dos últimos papas. Benedicto XVI pidió perdón a millares de víctimas de Irlanda. Pero, cuando era Ratzinger, había decretado que “a pesar de que los argumentos (…) son de grave importancia, esta corte juzga necesario considerar el bien de la Iglesia universal además del del demandante” (sic). Y en marzo, durante el Angelus, tras pedir que el que “esté libre de pecado tire la primera piedra”, retornó a la ambigüedad ordenando a sus fieles intransigencia con el pecado pero “compasión con las personas”.

La estrategia pública institucional pasó de decir que se trataba de casos aislados, a señalar que no es un problema estrictamente de la Iglesia, sino de toda la sociedad. Utilizó a los gays como chivos expiatorios, y hoy discrimina su ingreso como seminaristas.

Basado en un informe psiquiátrico realizado en Estados Unidos, el libro de Llistosella asegura que el 40 por ciento de los sacerdotes de la Iglesia Católica es gay, pero agrega el informe que “los abusos son cometidos por heterosexuales”.

Luego, “ha tratado de hacernos creer que la pederastia es un problema de pecado”, dice Llistosella a Miradas al Sur. Y sentencia: “Esto es un delito. Si fuese pecado: me arrepiento, me confieso con un sacerdote, me perdona a través de una penitencia y se acabó. Si es cierto que todos somos iguales ante la ley, ese delito debe ser juzgado”, se exalta el periodista. Fueron “procesados y condenados, en los últimos 50 años, más de ocho mil religiosos en todo el mundo” y para el investigador, “es solamente una muestra gratis. Los procesos de ocultamiento o encubrimiento por parte de la Iglesia hacen presumir que la cifra es cuatro o cinco veces mayor”.

En la institución que orienta espiritualmente a casi 1.600 millones de personas, un capítulo aparte lo constituyen las monjas. A veces en el papel de sádicas abusadoras y, otras, víctimas. La investigación da cuenta de la proliferación de casos de monjas violadas por sacerdotes que, reticentes al pecaminoso profiláctico, en ocasiones obligaron a abortar a jóvenes religiosas.

Oficio de redacciones. Llistosella trabajó en La Opinión , en El Gráfico –“que dirigía Dante Panzeri y era una tribuna y no la porquería en que lo convirtieron”–, estuvo en La Nación, Crónica, Primera Plana, Noticias Argentinas , revista Viva … “¿Sintió hablar de Panzeri?”, pregunta. “Fue el más grande periodista, no sólo deportivo.” Murió en el ’78 y todavía lo recuerdo y lo necesito. Recurro a él, no como un loco, pero muchas cosas las chequeo con él. Sé lo que diría y si le parece mal, por algo lo diría. Si le parece bien puede ser que se pueda hacer. Lo mismo hago con mis hijos sin hablar con ellos. Si algo puedo contárselos, está bien. Si me daría vergüenza, es porque es una cagada. Como cualquier padre, valoro y quiero mucho a mis hijos. Me importa mucho que ellos no se avergüencen de mí”, sin querer confiesa Llistosella el particular código moral de su propia religión.

Cada uno tiene su Dios a su propio modo. “Creo que si (Panzeri) hubiese leído este libro me habría dicho “trabajaste”, imagina. O conversa.

Fuente: diariodelsurdigital

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