El exorcista antisecuestros

Lo llaman Padre Rayito y sus fieles le atribuyen poderes milagrosos. Es un sacerdote católico, pero sus prácticas parecen las de un predicador protestante: tiene su programa de televisión, formó su propia congregación, vende un jarabe que dice hace milagros y hasta canta rancheras. Pero su mayor atributo es que asegura que con oración y exorcismo salvará a una ciudad azotada por la violencia y el narcotráfico.

El párroco finaliza su sermón con una pregunta que los feligreses no se atreven a contestar: “¿Estamos en una iglesia de santos o de pecadores?”. El templo Monte María no está terminado, y a un costado se escucha a cuatro albañiles arrastrar bloques y sacos de cemento. Es mediodía, y en un cerro de la ciudad fronteriza de Tijuana, el calor penetra insidioso los muros de concreto sin pintar.

Dos cámaras televisivas encuadran a 400 fieles venidos de ambos lados de la frontera. Todos permanecen en silencio hasta que el cura pide que lo acompañen a cantar el Padre Nuestro junto a un grupo de músicos en vivo. Al terminar envía saludos a sus seguidores en Colombia y Venezuela, y camina señorial frente al altar.

La madre Arely, una monja delgada y de rasgos delicados, permanece a su derecha y en primera fila un anciano ciego, Pascual, se somete estoico a las ocurrencias humorísticas del padre: “Estás como las canicas, Pascual… en el hoyo”, y todos se carcajean. “Eres como los burros”, agrega, y Pascual nada más escucha. El canto se reanuda pasado el chiste hasta que el cura, intempestivamente, arroja otra pregunta a sus feligreses: “¿Quién tiene familiares secuestrados?”. Una mujer morena y obesa alza la mano. Temblorosa, aprieta una fotografía descolorida de su hijo.

“Líbranos señor del crimen, pero sobre todo líbranos de brujerías y magias de todo color”, el cura reza con una voz elocuente y autoritaria, que pronto encauza con fluidez hipnótica hasta un registro más enérgico, casi perturbador. Cautiva a los congregados apuntando sus brazos al cielo. Se desplaza de un lado a otro del presbiterio y observa fijamente a la cámara. “Nosotros somos nuestros peores enemigos, por eso hay que perdonarnos a nosotros mismos”, dice. Se da tres golpes en el pecho con el puño, luego se encoge y cierra sus ojos, pensativo. Parece haberse sumergido en un trance denso; ha hinchado el volumen de su voz, y alzado el cáliz al centro del altar. Pide por los enfermos, es decir, “los secuestradores, los sicarios… a quienes el mal ha robado su voluntad”, y pronto desciende hasta la nave de la iglesia, donde los fieles se arremolinan para recibir lo que llama “el sacramento de la sanación”.

Todos están de pie, enfilándose a empujones para ser embadurnados en la frente con el aceite bendito de Monte María. Un aceite bendecido por el sacerdote, pero que es considerado “milagroso” por sus seguidores, en especial por quienes buscan que les alivie alguna enfermedad del cuerpo, y aún más, del alma. Este “sacramento de la sanación” es aplicado a madres de secuestrados, a hermanos de personas que ha ejecutado la mafia local, pero también a todos los feligreses que buscan protegerse con este rito de la ola de violencia que sacude a la ciudad. El aceite termina provocando llantos y estremecimientos.

La madre Arely auxilia en la untadura al otro extremo del recinto, desde donde ve a Roberta Reyes, la mujer que alzó la mano antes, arrastrar sus sandalias desgastadas hasta donde se encuentra el padre. Reyes no se atreve a mirarle a los ojos cuando toca su turno; aprieta mejor los párpados, y aguanta el bulto que siente treparse al interior de su garganta. Pero la mano del sacerdote se ha posado cálida sobre su frente. Entonces abre los ojos, ahora lacrimosos, y advierte aún la mano morena, tan grande que obstruye la silueta del Cristo sangrante montado sobre la pared. El cura suda bajo la estola morada, y al bajar su mano, musita acercándose a su oído: “Padre Rayito unge, Padre Rayito salva”.

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