Monseñor Munilla, un mal samaritano

Haití, el país más pobre de América Latina y uno de los más pobres del mundo, ha sufrido un terremoto que ha causado decenas de miles de muertos y cientos de miles de damnificados. Las muestras de solidaridad llegadas desde todos los rincones del mudo no se han hecho esperar. Ha habido, sin embargo, una excepción: monseñor José Ignacio Munilla, recién nombrado obispo de San Sebastián, quien en una entrevista en la Cadena SER osó afirmar que existen males mayores que los que ha vivido en su propia carne la población haitiana. «Debemos llorar por nosotros, por nuestra pobre vida espiritual y por nuestra concepción materialista de la vida».

Hasta ahora monseñor Munilla se había revelado como obispo conservador, más aún, como militante del integrismo, en sintonía con el proyecto restaurador de Benedicto XVI y con el apoyo de la mayoría del episcopado español. Como he tenido oportunidad de expresar públicamente en reiteradas ocasiones desde su elección como obispo de San Sebastián, no comparto esos planteamientos, que están en las antípodas del concilio Vaticano II. Pero los respeto y reconozco su derecho a expresarlos en público, como viene haciendo a través de los medios de comunicación.


Pero donde monseñor Munilla ha traspasado todos los límites y ha demostrado su nula estatura moral ha sido en las declaraciones de la Cadena SER antes citadas. Son de las más escandalosas que nunca hubiera esperado escuchar. Pero no, no las he soñado ni las he inventado. Las he escuchado yo, las han escuchado cientos de miles de oyentes. Él las ha pronunciado en una emisión perfectamente audible. Y no se diga que han sido trucadas o sacadas de contexto. Son ipsissima verba Munilla. El contexto no es otro que una pregunta teológica de Gemma Nierga, directora del programa La ventana, ante la que hubiéramos esperado una respuesta igualmente teológica de identificación con las víctimas, de compartir su dolor y ponerse en su lugar. Esa es la verdadera compasión. Pero de la abundancia del corazón habla la boca.

Estas afirmaciones revelan insensibilidad ante la suerte de cientos de miles de personas que han perdido la vida, están atrapadas entre los escombros o han quedado físicamente imposibilitadas o psíquicamente destrozadas. Demuestran insolidaridad con los supervivientes y falta de humanidad ante el sufrimiento ajeno. Al decir que todavía peor que el terremoto es nuestra pobre situación espiritual y que por eso hemos de llorar, monseñor Munilla se refugia en un espiritualismo desencarnado y sin entrañas de misericordia y renuncia a la actitud de compasión con las víctimas, que es un principio moral de las religiones, un imperativo ético y un sentimiento religioso universal.

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Enlaces de interés:

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