Thursday, April 22, 2010

La neurobiología de un dios inexistente

Dios existe y está en nosotros, ¡tenemos pruebas de ello cada día!
Supongamos que yo le hago a usted una aseveración como ésta. A lo mejor a usted le gustaría comprobarlo, convencerse usted mismo. A lo largo de los siglos ha habido mucha gente que ha afirmado la existencia de Dios, pero ninguna prueba real de su influencia en nuestro mundo. ¡Qué oportunidad!

- ¡Muéstremelo! – me dice usted

- La percepción de la belleza y el amor, la empatía y el altruismo en nuestra relación con los demás, nuestra conducta moral diferenciando lo Bueno de lo Malo… -le contesto yo.

Usted cavila durante unos instantes, repasa todas esas cualidades de la conducta humana, pero no ve la influencia de Dios por ninguna parte.

- ¿Dónde está Dios ahí? –me pregunta.

- Oh, está ahí, en todas esas cualidades –contesto yo moviendo la mano vagamente-, lo que ocurren es que pasa desapercibido en el día a día, si uno no lo estudia con detalle.

Entonces usted me trae un grupo de individuos para evaluar en ellos su capacidad para percibir la belleza y el amor y así demostrar que la causa de dichas cualidades tan humanas sólo puede ser explicada a través de la inspiración divina.

- Buena idea –replico-, pero me olvidé de decir que la belleza y el amor no son el mejor ejemplo para observar la acción de Dios. La activación de áreas del cerebro como la corteza cingulada, la corteza orbitofrontal y otras áreas motoras podrían explicar nuestra percepción de la belleza y el amor (1).

Me propone entonces estudiar en la conducta de los individuos la empatía y el altruismo al someterlos a situaciones límite para poner de relieve estas conductas sociales y por tanto ver la influencia de Dios.

- Buena idea, -le digo de nuevo- pero la influencia de Dios no se verá de manera nítida en la empatía y el altruismo ya que tienen un sustrato neurobiológico bien descrito. Estas capacidades sociales dependen de la actividad de distintas áreas de la corteza cerebral, el hipotálamo o la amígdala (2).

Entonces me propone utilizar un protocolo para estudiar en estos sujetos la toma de decisiones morales. “De esta manera deberíamos ser capaces de revelar la sagrada influencia divina”, dice usted cargado de razón.

- Buena idea, -replico-, pero Dios no dirige de manera directa nuestras decisiones morales ya que dependen en gran parte de la actividad de la corteza prefrontal ventral (3). De hecho, se ha demostrado que lesiones en estas áreas crean un conflicto en nuestra visión de lo Bueno y lo Malo. Incluso –le digo convencido- se ha sugerido que los psicópatas pueden tener dañada esta área cerebral

Y así sucesivamente. Yo contrarresto cualquier prueba conductual que usted me propone realizar convencido de que en esas pruebas la influencia divina no es necesaria o no aparecerá.Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un Dios que no actúa en nuestra percepción de la belleza y el amor, no influye en nuestra relación con el prójimo y tampoco dirige nuestras decisiones morales…, y un DIOS INEXISTENTE? ¿Qué significa decir que mi Dios existe? Al final, lo que yo le pido que haga es acabar aceptando, en ausencia de pruebas, lo que yo digo.

Tito (Basado en “Un dragón en el garaje” de Carl Sagan)

(1) Kawabata and Zeki. “Neural correlates of beauty” Journal of Neurophysiology. 91: 1699-1705 (2004); Zeki S. “The neurobiology of love” FEBS Letters 581: 2575-2579 (2007).
(2) Miller G. “A quest for compassion” Science 324: 458-459 (2009); Immordino-Yang, McColl, Damasio and Damasio. “Neural correlates of admiration and compassion” PNAS 106: 8021-8026 (2009); Xu, Zuo, Wang and Han. “Do you feel my pain? Racial group membership modulates emphatic neural responses” Journal of Neuroscience 29:8525-8529 (2009).
(3) Moll and de Oliveira-Souza. “Moral judgements, emotion and the utilitarian brain” Trends in Cognitive Sciences 11: 319-321 (2007); Funk and Gazzaniga. “The functional brain architecture of human morality” Current Opinion in Neurobiology. 19:1-4 (2009).

Fuente: Las pirámides del cerebro

El hiyab es incomprensible y negativo; pero, ¿y el “hiyab católico”?

Estos días se habla y escribe mucho –en ocasiones con escasa reflexión previa– sobre la decisión del consejo escolar de un centro de enseñanza de la comunidad de Madrid de prohibir el uso del hiyab en el recinto a una joven de fe musulmana. Ignoro las causas, aunque las intuyo, pero el debate se ha polarizado y la mayoría de quienes se han posicionado al respecto utilizan, aunque con variantes menores, dos argumentos:

Unos abogan por permitir el hiyab alegando que es una manifestación –en este caso externa, esto no es baladí– de religiosidad personal, lo que formaría parte de los derechos individuales;

Y en la otra orilla, alzan la voz los que argumentan que no es permisible porque supone exteriorizar una militancia religiosa en recintos públicos y, por añadidura, porque esa prenda tiene significados o incluso una finalidad discriminatoria para la mujer.

[Llegados a este punto, es obligado recordar que no vale hacer distingos entre los colegios de propiedad y gestión pública y los de gestión privada que se benefician de la protección económica del Estado; pues en estos últimos, los concertados, es obligado aplicar la legislación y las normas generales en el ámbito y en la materia de educación]

De entrada, sin ahondar excesivamente, es curiosa o chocante la posición de quienes quieren prohibir el hiyab en los colegios pero que, sin embargo, jamás dicen nada ante las decenas de monjas que prestan servicios en locales de acceso público (hospitales, por ejemplo) o en centros de enseñanza concertados (es decir, los sometidos a las leyes y normas del Estado) ataviadas con el \”hiyab católico\”; es más, esas mujeres van uniformadas de arriba abajo con manifiesta intención de exteriorizar su militancia religiosa –aparte de que en los hospitales, por ejemplo, incluso presionan y a veces acosan a los enfermos con manifestaciones e imposiciones religiosas.

¿Es proporcional y lógico prohibir el hiyab –¡ojo!, hablamos del hiyab, no del burka– a una adolescente musulmana y, en cambio, considerar \”normal\” o \”comprensible\” que haya docentes y personal auxiliar de colegios que porta el \”hiyab católico\”, contraviniendo las leyes y normas generales de Educación aplicables en los centros concertados?

Todo esto sin olvidar los crucifijos y demás objetos de incuestionable significado religioso y que en numerosas ocasiones tienen probada intención sectaria o discriminatoria.

Tabla rasa, el paradigma de la superficialidad

No menos chocante es que alguien haya alegado que la decisión del centro de enseñanza madrileño de prohibir el hiyab a la muchacha musulmana obedece a la necesidad (¿?) de aplicar a todos los alumnos y alumnas la norma interna que prohíbe cubrirse la cabeza; disposición que se aprobó ante la profusión de alumnos que acudían con \”gorras pandilleras\”, según ha informado el propio centro.

Es decir, se equipara un hábito personal de orden religioso o ideológico a un signo externo que, en realidad, tampoco era un problema en sí mismo, sino que se trataba de la manifestación externa de una actitud –seguro que en numerosos casos sólo supuesta, no probada– que dificultaba el buen funcionamiento del centro.

Casi nadie ignora los orígenes del hiyab ni sus significados con relación al papel de la mujer –el cual, por cierto, en el islam es similar al que le concede el Vaticano–; pero convendría matizar, por ejemplo, que una cosa es el burka y otra el hiyab.

En todo caso, si se llegara a una conclusión de general aplicación, sería obligado –salvo que se burlara una vez más la Constitución– que si el hiyab musulmán se veta en recintos públicos, sería obligado aplicar la misma ley o norma a las mujeres que portan el \”hiyab católico\”.

Este asunto es complejo, motivo por el que estos días asusta el fundamentalismo y el oportunismo –también político y partidista– en el que incurren algunos y algunas dirigentes, comentaristas y
opinadores.

Fuente: Im-Pulso

Licencia: colorIURIS

Perdónales, porque no saben lo que hacen

Desde que el papa Juan Pablo II puso de moda en los años noventa el arrepentimiento público de la iglesia católica por los crímenes cometidos en sus dos mil años de existencia, han sido muchos los asuntos por los que han tenido que pedir disculpas. Disculpas en su mayoría ambiguas, todo hay que decirlo, utilizando fórmulas como la de pedir perdón por el uso de la violencia que “algunos” habían cometido “en el servicio de la verdad”.

En cualquier caso, como digo, la lista de asuntos que han merecido una disculpa en estos años incluye las cruzadas, la inquisición, la injusticia contra las mujeres, la conversión forzada y el maltrato de los indígenas de sudamérica, el silencio durante el holocausto judío, la implicación de la iglesia en el comercio de esclavos, la violencia contra los protestantes durante la Contrarreforma, la condena a Galileo, o estos días la (todavía tímida) condena de los abusos sexuales cometidos por la iglesia católica en cada uno de los países en que está presente.

Una larga lista de disculpas que se queda corta frente a la lista de asuntos por los que la iglesia todavía no ha pedido perdón: el apoyo y la bendición de las dictaduras de Mussolini, Franco, Pinochet y tantos otros en el siglo XX, así como el sostenimiento de todo tipo de monarquías absolutistas y tiranas durante los siglos anteriores; la persecución del librepensamiento y la razón durante dos mil años; la homofobia; la condena a muerte para millones de creyentes en Africa y otras partes del mundo que supone la prohibición de utilizar preservativos; la hipocresía, el adoctrinamiento basado en el miedo, la mentira… y un largo etcétera.

Y digo yo, ¿no sería mucho mejor que nos dejasen tranquilos de una vez? No solo nos evitarían un montón de sufrimiento innecesario, sino que además se ahorrarían el tener que pasarse la vida pidiéndonos perdón.

Artículo completo en: El rey de la baraja