Tuesday, April 6, 2010

La pederastia en la Iglesia (ICAR)

Lo importante de esta lamentable circunstancia no es que los eclesiásticos hayan faltado al mandato evangélico, como han recordado múltiples voces citando las palabras de Cristo acerca de la piedra de molino atada al cuello. Tampoco es que se hayan hecho reos de delitos y no sólo de pecados como interpreta a su favor la Iglesia que es aquí la persona moral concernida por cuanto las aberraciones no son casos aislados sino arraigadas y extendidas costumbres en su seno. Hace siglos que los curas saben que su negocio no tiene nada en común con el Evangelio; que su negocio es de este mundo y consiste en administrar en beneficio propio el miedo y la superstición de la gente, en el entendimiento de que ese beneficio propio además de enormes riquezas lleva pago y cobro en especie.

Lo importante es la publicidad; que haya caído el muro de secreto y silencio con que la Iglesia ha ocultado siempre y sistemáticamente esta nefanda costumbre; que todo salga a la luz; que hablen las víctimas, que son cientos, miles (las vivas; las ya difuntas los dioses saben cuántas serán); que larguen los medios. Que se sepa. Y que se sepa en tiempos de Internet, del dominio público de la ciudadanía universal. A ver cómo oculta la Iglesia que hay páginas en la red, como Rendición de cuentas de los obispos.org desde 2003, (http://www.bishopaccountability.org/), que contienen verdaderas bases de datos (incluidas fotos en muchos casos) sobre curas acusados de pederastia, condenados por ello, sobre víctimas, encubrimientos obispales, pleitos civiles, pagos millonarios. Esa publicidad es demoledora y la reacción del Vaticano hablando de conjura muestra la conciencia de su culpabilidad, pues, como dice Kant, “todos los actos de los hombres que se refieren a derechos de otros y no pueden hacerse públicos son injustos”.

También de esto avisa Cristo cuando, hablando de la hipocresía de los fariseos, augura: “No habrá nada oculto que no se desvele ni escondido que no se conozca. Lo que dijisteis entre tinieblas se dirá a la luz del día y lo que os hablasteis al oído en las alcobas se predicará en los tejados” (Luc. 12, 2-3). Precisamente este Papa, Benedicto XVI, especialista en Cristo, parece haber sido el responsable del encubrimiento vaticano de la pederastia, en su condición de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe durante 20 años.

Autor: RAMÓN COTARELO. Catedrático de Ciencias Políticas
Fuente: Público.es
Bajo licencia Creative Commons
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Semana poco santa (Colombia)

Hay que convenir con una verdad evidente: cada día, para más y más personas -millones tal vez, a lo largo y ancho del planeta-, la religión organizada está llegando a su fin. No se trata de que la humanidad sea menos espiritual o esté renunciando a búsquedas esenciales, que siempre las ha tenido y persevera en ellas, no obstante el materialismo rampante y los avances de la ciencia. Lo que está en crisis son las religiones que, como sistemas organizados, nos habían propuesto ser un camino a Dios, a la felicidad, la paz y la realización personal.

Las religiones han fracasado estruendosamente en muchos campos de la actividad humana, aunque reconozcamos también su aporte en muchos otros. Pero en temas esenciales su fracaso es evidente, y los hay de diverso tipo en su enfoque de temas como las guerras y la homosexualidad, para citar solo dos.

Esta Semana Santa recién terminada dejó en evidencia el repliegue de la celebración cristiana. Semana Santa era en otro tiempo un momento para la devoción, la reflexión y la devoción por lo sagrado. De alguna manera, por temor o culpa, vastas masas de gentes se las arreglaban para, al menos en esos días, expresar su identidad religiosa, si bien luego de esta se volviera a los días corrientes, donde rigen en todos nosotros el egoísmo, la disputa y los resentimientos. Pero bueno… por lo menos esos días eran significativos.

Pero esta Semana Santa fue una semana en verdad poco “santa”. La idea de vacaciones y el viajecito a la Costa primaron sobre el valor religioso de estos días. El torneo de fútbol colombiano se hizo igual; hubo Copa Libertadores y una rumba acá y otra allá. Siempre ha sido así, pero ahora, parece, lo fue más. Sumemos a esto programaciones radiales y de TV bastante normales (incluidos programas de humor) y, salvo la repetición de las mismas series sobre Jesús y los profetas, ningún debate serio y profundo sobre temas cruciales de la espiritualidad contemporánea (guerras, ciencia y espiritualidad, homosexualidad, aborto, riqueza y pobreza, el perdón y la reconciliación, un nuevo orden mundial).

Pero a mí no me molesta ni me decepciona este comportamiento. La Semana Santa nos ha anclado en una sucesión de rituales, más que ninguna otra cosa, y lo que se demanda de estos tiempos es una búsqueda de la experiencia espiritual, más allá de las religiones, realmente transformadora del comportamiento humano, las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, y más por el conocimiento de nosotros mismos y de nuestra naturaleza divina que por la apelación a una fe ciega.

Muchas cosas alejan a los fieles de las religiones. Unas de ellas son su extremismo ideológico y sus posturas frente a las guerras. Un canal internacional divulgó este fin de semana un documental perturbador. Se trata de una propuesta de “reclutamiento” y adoctrinamiento de jóvenes y niños a una especie de fundamentalismo cristiano. Una de sus directoras en Estados Unidos se regodeaba, feliz de decir que así como había niños y jóvenes “yihaidistas” dispuestos a inmolarse para matar infieles y acceder al cielo al lado de su dios, Mahoma, ahora los había también para defender la fe de Cristo. ¿Qué quería decir con esto?

Quizá la mas grave traición al legado de Jesús es invocarlo en apoyo a las guerras y la violencia. Estos nuevos y peligrosos fundamentalistas deben saber que así traicionan en manera grave el mandato de amarnos los unos a los otros. Por esa misma vía las religiones se desvían de lo esencial: lograr que el amor ponga fin a la violencia y restituya nuestra humanidad común.

En relación con las guerras, donde las religiones siguen aún fracasando, vale la pena recordar que la naturaleza de Dios es pacífica, matar no es algo bueno y la vida será siempre sagrada. Por eso, frente a este y otros desafíos, una nueva espiritualidad nos desafía es a mirarnos a nosotros mismos como clave de salvación o desastre.

¡Porque para ganar la paz y restaurar nuestra humanidad común, a los primeros y únicos a quienes hay que vencer es a nosotros mismos!

aUTOR: Diego Arias
Fuente: ELTIEMPO.COM

En Argentina, Liceos militares sin religión

Que el gobierno argentino ha decidido quitar la clase de religión de los liceos militares ya no es noticia (lo recordé cuando vi una nota en De Legos a Logos) pero lo menciono porque se ha hablado poco y nada de ello en los medios, excepto en un par de lugares como Mendoza, donde algunos padres protestaron por los cambios.

Curiosamente (o no: el periodismo no es imparcial y siempre recorta los hechos) hay dos reportes contradictorios sobre lo que molesta a los padres de los inscriptos en los liceos: en un lugar se dice que les molestó que se quite la instrucción militar y con armas de casi todo el programa, pero que en general están de acuerdo con que la clase de religión católica no corresponde en una institución pública en un estado laico; en otro se dice que los padres están especialmente enojados por la imposición de la laicidad y “además” por algunas otras cosas. Quizá haya dos grupos de padres con distintos planteos, y quizá haya una mayoría silenciosa que está de acuerdo con ambas cosas (pero de ellos no oiremos hablar).

De quienes sí oímos es del usual colectivo militarista pro-dictadura nacionalcatólico conspiranoico antiizquierdista antikirchnerista (las proporciones de cada rasgo varían), que ve lo ocurrido como un paso más del gobierno hacia la destrucción de las Fuerzas Armadas y la imposición de un totalitarismo marxista judeoperonista, o algo así.

El anuncio de la ministra de Defensa, Nilda Garré, es una buena noticia, aunque algo hay que decir en favor de la opinión de algunos padres. El Estado argentino nunca fue verdaderamente laico, menos aún desde la restauración conservadora de los años 1930, ni mostró signos inequívocos de cambiar en este siglo. Era seguro que anunciar de pronto un cambio sustancial en la filosofía de una institución como el liceo militar iba a causar molestias a los padres que anotaron allí a sus hijos para que les dieran instrucción religiosa, y que nunca escucharon hablar de laicidad hasta ahora, especialmente en boca de este gobierno.

Como suele ocurrir en los últimos tiempos, la teoría es buena pero la práctica es difícil. Un cambio como ése debería anunciarse con dos o tres años de anticipación, e implementarse en etapas. Eso es imposible en Argentina porque ninguna política pública, y mucho menos una controvertida como la laicidad educativa —en una institución ranciamente católica—, se planea más allá del siguiente período electoral, si acaso. No se trata de pedir la opinión de los padres o de los educadores, sino de informarlos para que puedan decidir si desean enviar a sus hijos a escuelas privadas confesionales.

Otro asunto es el de la instrucción militar. Tantos los liceístas como sus padres parecen creer en muchos casos que la disciplina militar equivale a disciplina moral y a un orden mental, y que hace de quien la adopta una mejor persona y un mejor ciudadano. En vista de que las actividades más reconocidas de las Fuerzas Armadas argentinas desde el último tramo del siglo XIX han sido la masacre de indígenas, la represión de huelguistas, los golpes de estado y el secuestro, tortura y desaparición de personas, me permito dudar de esas supuestas virtudes. Si además de entrenar a los jóvenes para una lealtad verticalista y para la obediencia ciega, se les da instrucción religiosa, no sólo se viola el principio de laicidad del estado, sino que se asocia el patriotismo a una religión particular. La combinación de fe religiosa y lealtad ideológica es un arma terrible, que casi todos los dictadores del mundo han sabido utilizar, para sufrimiento y opresión de los demás.

Fuente: alerta religión