Wednesday, August 26, 2009

¿La religión es natural?

Con frecuencia escuchamos, como argumento en favor de la creencia en dioses y supersticiones organizadas similares, que la religión es “natural”, innata al ser humano, común a todas las sociedades pasadas y presentes, y que por tanto es ridículo esperar que el ateísmo o el sano escepticismo prevalezcan, y antinatural esperarlo. De esto los creyentes derivan corolarios como, por ejemplo, que los que promovemos el ateísmo o la laicidad en realidad tenemos nuestras propias creencias de tipo irracional e ideológico (porque tener fe es “natural” e inseparable de la condición humana).

En ¿La religión es natural?, escrito por el profesor de psicología Paul Bloom, cuyo fragmento de traducción al español he tomado del blog Humanismo Naturalista Científico, tenemos la prueba de que varias de estas afirmaciones aventuradas son falsas, o al menos no tan claras como se piensa.

El estudio del lenguaje provee muchos ejemplos de como la universalidad de X no implica que X es innato (cf. Pinker 1994). Todos los lenguajes tienen una palabra que refiere las manos, por ejemplo, pero esto es probablemente porque es importante para la gente de cualquier sitio hablar sobre las manos, no a causa de una innata específica propensión a nombrar las manos. Similarmente, las creencias en dioses, en la vida después de la muerte, y así sucesivamente pueden ser universales, no porque sean innatas, sino porque tales creencias emergen en todas las sociedades, quizás como soluciones a algunos problemas que todos los grupos humanos enfrentan. Desde esta perspectiva, los aspectos universales de las creencias religiosas son invenciones culturales, creadas por adultos. []

Las religiones no son inevitables, dice el autor. No nacen de la misma esencia del ser humano. Son simplemente soluciones culturales recurrentes a problemas también recurrentes.

El texto explora luego los dos hilos principales del argumento: primero, el sentido común dualista, que se refiere a la propensión a pensar en las cosas como compuestas de dos sustancias, por ejemplo lo que llamamos cuerpo y alma (o mente, o espíritu), que parece derivar del hecho de que tenemos subsistemas cognitivos distintos para tratar con objetos y con entidades sociales; segundo, la sobre-atribución de agencia y diseño, es decir, el impulso de atribuir estados psicológicos a aquello que no lo amerita, incluyendo la consideración de objetos inanimados y eventos naturales como agentes intencionales o voluntarios, y la presunción de que estos entes son fruto del diseño y/o responden a un plan. Estos impulsos son fácilmente observables en los niños (que muestran lo que un investigador llama “promiscuidad teleológica”) pero los adultos no son inmunes a ellos.

Es difícil resumir todo esto, especialmente si hay que hacerlo frente a un teísta impaciente con quien estemos debatiendo. El texto no ataca, tampoco (ni falta que hace) la falacia naturalista: equiparar lo “natural” con lo bueno, deseable o moralmente correcto; ése es un tema totalmente aparte.

Fuente: alerta religión