Tuesday, August 18, 2009

La religión promueve la discriminación y la intolerancia

«En términos generales, las tendencias espirituales son inofensivas; sólo son un mecanismo mediante el cual podemos mitigar temporalmente una parte de la presión psicoemocional, la cual es una característica natural de la condición humana. Sin embargo, si nuestra sensibilidad espiritual está sujeta a un credo religioso dogmático y restrictivo, comienzan a surgir problemas. Por lo tanto, concentraré mi crítica en las posibles desventajas del impulso religioso.

A pesar de todas las ventajas que tiene este instinto, de la cohesión social que nos brinda, del sentido de comunidad que fomenta y del propósito y significado que nos ofrece, la religión ha demostrado ser un impulso potencialmente peligroso a lo largo de la historia. El filósofo Alfred North Whitehead señaló:

“Hasta la época actual, la historia es un registro lamentable de los errores que pueden atribuirse a la religión: sacrificios humanos, particularmente el asesinato de niños, el canibalismo, las orgías, la superstición abyecta, el odio racial, la preservación de costumbres degradantes, la histeria y el fanatismo; todo esto puede abonarse a su cuenta. La religión es el último refugio del salvajismo humano”.

Está claro que ninguna de las principales religiones practica actualmente el sacrificio de los niños o el canibalismo. Sin embargo, a pesar de la proscripción de estos ritos tan bárbaros, la religión continúa siendo una fuerza divisoria que promueve la discriminación y la intolerancia, que incita a la enemistad, la agresión y la guerra.

Pero, ¿por qué las diversas religiones, cuyos preceptos se basan frecuentemente en la justicia y el amor, se enfrentan con tanta saña, incitando a la hostilidad, a la agresión, e incluso al genocidio? Aunque cada cultura posee el mismo impulso religioso, este se manifiesta de un modo diferente en cada una, pues aparece en una situación histórica y ambiental única; por eso existen tantas religiones. Como cada una tiene la certeza de que sus creencias (sólo las suyas) representan “la verdad”, sus principios y creencias se contradicen con los de las demás. Por ejemplo, si el Dios en el cual creo yo es verdadero, ¿cómo puede serlo el tuyo? Y si las leyes y principios que sigues son los de Dios ¿qué importancia tienen entonces los míos? Debido a esta psicodinámica infortunada, cada religión mantiene un antagonismo con las demás».

Dios está en el cerebro (2008)
[Extracto del libro escrito por Matthew Alper]

Fuente: SER PENSADOR

Llegó la hora del laicismo

¿Por fin la culminación de la transición religiosa? ¿Una vía hacia el modelo laicista francés? ¿O es sólo un cambio para que todo siga igual? Las declaraciones del ministro de Justicia, Francisco Caamaño, sobre la inminente reforma de la Ley Orgánica de Libertad Religiosa han disparado las especulaciones. Algunos temen que se desate una nueva guerra de los crucifijos, e incluso que peligre la paz religiosa. Otros dicen que ya es hora para esa reforma. Y muchos recelan. Han colmado sus decepciones en los últimos años y creen que el Gobierno carece de coraje para llegar al fondo en la proclamada aconfesionalidad constitucional del Estado español.

Las disputas sobre la masiva presencia de símbolos católicos en los colegios públicos son la historia de nunca acabar. En realidad, encubren un debate más amplio: el de la confesionalidad encubierta del Estado español, muy visible en ocasiones. En muchos aspectos, el férreo nacionalcatolicismo franquista sigue vigente, pese a lo acordado por la Constitución de 1978. Ocurre cuando el presidente del Gobierno y los ministros toman posesión de sus cargos ante un vistoso crucifijo, o cuando asisten a ceremonias católicas que son calificadas oficialmente “de Estado”; también cuando el Gobierno socialista acuerda con la Conferencia Episcopal un nuevo y más generoso sistema de financiación pública para el culto y el clero católicos, marginando al resto de las confesiones, que cuentan ya con varios millones de fieles en España.

La reforma religiosa anunciada cuenta con muchos apoyos, pero también con reticencias. La primera crítica se refiere al procedimiento. No hay información; nadie sabe cómo se está gestando. Es la queja de Mariano Blázquez, secretario ejecutivo de la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (FEREDE). La Dirección General de Relaciones con las Confesiones Religiosas, del Ministerio de Justicia, pidió opinión a este dirigente protestante, hace algo más de un año, sobre la oportunidad de cambiar la ley y sobre los asuntos a tocar. No ha vuelto a tener noticia, pese a remitir casi a vuelta de correo sus opiniones. Lo mismo le ha pasado al resto de los líderes de las confesiones que cuentan con la declaración oficial de “notorio arraigo”.

“Desconocemos cuáles son los criterios del Gobierno y nuestro temor es que no se afronten los verdaderos problemas estructurales del sistema de libertad religiosa. Si se cambia la norma, lo mejor sería un consenso generalizado, sobre todo si deseamos no romper la paz religiosa que es clave para la futura paz social”, añade Blázquez.

También se queja de “falta de información” la Iglesia católica española, representada en la Comisión de Libertad Religiosa del Ministerio de Justicia por el jurista y sacerdote Silverio Nieto. La confesión mayoritaria se siente “algo más que una invitada de piedra”. Los obispos no se hacen ilusiones, pese a afirmar, en un principio, que la nueva ley de libertad religiosa no les afectaría “en absoluto”, amparados por el concordato firmado en Roma en 1979. Ya no están tan seguros.

La mera proposición de la reforma le parece a la jerarquía del catolicismo “un acto de prepotencia”, un paso más en lo que el arzobispo emérito de Pamplona, Fernando Sebastián, llama “el laicismo intransigente”. Sebastián, uno de los grandes cerebros del episcopado español, sostiene que “los partidos y asociaciones de izquierdas piensan que lo público tiene que ser laico”.

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