Tuesday, May 26, 2009

La Iglesia, aunque quiera, no dicta las leyes morales de todos (Gonzalo Puente Ojea)

Pequeño, de ademanes firmes, ojos inquietos, una educación exquisita y una enorme claridad de ideas que expresar sin tapujos. Así es Gonzalo Puente Ojea, ex embajador en El Vaticano y decano del Cuerpo Diplomático que, cerca de cumplir los 85 años, sigue con ganas de dar batalla y de contar a los que quieran escucharle sus pensamientos. Así lo hará hoy, a las 20.00 horas en el Auditorio do Areal, donde hablará “Sobre la cuestión religiosa” en una charla organizada por la Asemblea Republicana de Vigo. Vivió hechos históricos como la boda de los entonces príncipes don Juan Carlos y doña Sofía en Atenas, donde trabajaba en la embajada o la muerte de Franco en París donde recondujo las relaciones con los exiliados y vio la transición.

–Usted, como declarado ateo que es, defenderá el laicismo.

–Evidentemente, aunque aquí tenemos lo contrario. La libertad de conciencia es la raíz de las libertades y para que funcione no debe haber discriminación, sean cuales sean sus contenidos. Además, un Estado no tiene conciencia porque sólo la tienen los individuos. En tercer lugar, no debe haber interferencias entre el Estado y cualquier movimiento o asociación de carácter privado, y ninguna debe recibir privilegios.

–¿Como la Iglesia católica?

–Efectivamente.

–No verá con muy buenos ojos sus opiniones sobre temas como la futura ley del aborto o la píldora postcoital.

–Las leyes morales de los ciudadanos no las dictan ellos, aunque quieran, y si opinan, que lo hagan para los suyos. Pero lo que hacen es una invasión de lo público porque la Iglesia no es una institución de derecho público, sino de derecho civil. Además, creen que el laicismo quiere acabar con la Iglesia, pero no es así. Sólo busca retirarle el enorme privilegio del que disfruta. Y esa es la gran mentira del PSOE, que sigue financiándola pese a hacer leyes que no son más que exhibicionismo pero elude el fondo.

–¿Y esto tiene solución?

–La única manera es empezando desde cero, con una revolución política que no tiene que ser violenta para llegar a la república. Pero para ello debe haber más libertad de información, una separación total de los poderes. Y, sobre todo, que sean los ciudadanos los que la impulsen al darse cuenta de que los gobiernos engañan y favorecen la corrupción.

Noticia completa en: elfarodevigo.es

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