Saturday, September 20, 2008

La incompatibilidad de la ciencia y la religión

La semana pasada me referí a la relación entre la ciencia y la religión, centrando la discusión sobre el aborto y la intolerancia mostrada por la Iglesia católica con respecto a quienes difieren de su posición. Continúo ahora la discusión sobre el tema, que ya ha sido tratado hace algunas semanas en estas mismas páginas por Rubén Lisker, Marcelino Cereijido y Pablo Latapí.

Discrepando de los artículos del doctor Cereijido, el doctor Latapí afirmó que “la razón científica honesta y rigurosa hace mucho tiempo que abandonó su antigua seguridad; hoy no es arrogante ni autosuficiente, sino humilde, va unida al asombro y, por ello, está cada vez más cercana al pensamiento religioso”.

Ciertamente, la ciencia es humilde, pero eso no la acerca a la religión. Es humilde porque su progreso se basa en la aceptación de que la tarea nunca termina, porque está consciente de que la única manera de conocer no sólo cada vez más, sino cada vez mejor, es admitiendo que la realidad de la naturaleza cuyos mecanismos desea develar tiene muchos niveles y diferentes ángulos, y porque reconoce que lo que parece ser verdad según cierto tipo de experimentos y enfoques puede ser modificado por otros experimentos que profundizan o corrigen el conocimiento previo.

Por eso, a diferencia de lo que a veces se piensa, la ciencia no busca el poder, sino el saber, y por eso a los científicos no les cuesta trabajo reconocer que alguna de sus hipótesis estaba equivocada y que es necesario postular otra que explique mejor y más integralmente los resultados de la investigación, independientemente de quién los generó.

Así, la ética de la investigación científica exige de manera absoluta una crítica y una autocrítica honestas y a veces demoledoras, pero siempre con base en el análisis objetivo de los métodos utilizados en la investigación, de la validez de los resultados obtenidos y de su interpretación. ¿Quién tiene la razón en las disputas científicas? No el científico por sí mismo ni por ser una autoridad en el campo, sino aquél que demuestra que el resultado de sus observaciones y experimentos se acerca a la realidad objetiva más que los resultados o las teorías del científico que difiere del primero.

Por el contrario, y esto constituye una de las más profundas diferencias entre la ciencia y la religión y precisamente lo que más las separa, la religión parte de verdades absolutas y las sostiene, muchas veces en contra de lo que la ciencia demuestra. Si hay algo fundamentalmente distinto entre la ciencia y la religión es que la primera se basa en el estudio objetivo de la realidad, mediante procedimientos y análisis siempre perfectibles, cuyos resultados continuamente se evalúan, se reinterpretan y se corrigen, mientras que la religión se basa en la fe, en que la palabra de una autoridad que representa a Dios es una verdad que es obligatorio creer.

De aquí el precepto de la infalibilidad del Papa, en el caso de la religión católica. Si no fuera así, ¿cómo explicar la frecuente oposición o negación de la religión católica a reconocer tantas realidades objetivas demostradas por la ciencia?

No voy a repetir los multicitados casos de Galileo o de Giordano Bruno, ni la bárbara intolerancia mostrada por la Santa Inquisición, producto también de la prepotencia de saberse dueño de una verdad absoluta que no admite análisis, discrepancias ni mucho menos críticas. Tampoco repetiré el dogmático rechazo al aborto, mencionado en mi artículo anterior, basado en que para la Iglesia esa estructura unicelular llamada cigoto es una persona.

En cambio, quiero retomar la creencia en el creacionismo o “diseño inteligente”, que insiste en afirmar que la evolución de las especies se debe a un designio divino, ignorando a Darwin y a todos los conocimientos científicos ulteriores sobre las mutaciones y sus efectos en la expresión de los genes contenidos en el ADN.

Esta idea del diseño inteligente, muy defendida en los círculos más conservadores de Estados Unidos, se presenta como “científica”, al grado de querer hacer obligatoria su enseñanza en las escuelas públicas de ese país, pero no es sino un concepto religioso que parte de la base de que el universo, y el hombre como parte del mismo, fue creado por Dios.

Esta creencia choca frontalmente, negándolo o ignorándolo, con el irrefutable conocimiento de que la especie humana es sólo el producto de la evolución biológica y de que esta evolución se ha dado por mutaciones genéticas azarosas que a lo largo de millones de años resultaron en la selección y la sobrevivencia de las especies, entre ellas la especie Homo sapiens. Así lo expresa Jacques Monod, en su imprescindible libro El azar y la necesidad: “Nosotros nos queremos necesarios, inevitables, ordenados desde siempre. Todas las religiones, casi todas las filosofías, una parte de la ciencia, atestiguan el incansable, heroico esfuerzo de la humanidad negando desesperadamente su propia contingencia”.

Y es que el hombre se siente desolado y desamparado cuando, gracias al conocimiento científico, queda expuesta su propia naturaleza biológica y su existencia se ve desprovista del valor y dignidad universales que él mismo se ha conferido al considerarse hechura de una divinidad. Esta es, creo, la última y verdadera razón por la que la ciencia no sólo no ocupa el sitio que merece en la cultura, sino que además se ve repetidamente cuestionada por objeciones aparentemente morales o éticas.

Es más fácil y más tranquilizador –pero no más hermoso– aceptar que alguien o algo superior y sobrenatural sabe más –sabe todo– y tiene la autoridad para orientar nuestras acciones, en lugar de reconocer que no somos más que un producto azaroso de la evolución biológica y que tenemos que decidir nuestro camino y nuestro progreso con nuestras propias facultades mentales. Monod lo ha expresado con claridad abrumadora:

“El Universo no estaba preñado de la vida, ni la biosfera del hombre. Nuestro número salió en el juego de Montecarlo. ¿Qué hay de extraño en que, igual que quien acaba de ganar mil millones, sintamos la rareza de nuestra condición? […] Es fácil ver que las ‘explicaciones’ destinadas a fundar la ley aplacando la angustia son en realidad ‘historias’ o, más exactamente, ontogenias.

Los mitos primitivos se refieren casi todos a héroes más o menos divinos cuya gesta explica los orígenes del grupo y funda su estructura social sobre tradiciones intocables: no se rehace la historia. Las grandes religiones tienen la misma configuración, basándose en la historia de la vida de un profeta inspirado que, si no es él mismo el fundador de todas las cosas, las representa, habla por él y cuenta la historia de los hombres, así como su destino. De todas las grandes religiones, la judeocristiana es sin duda la más ‘primitiva’ por su estructura historicista, directamente ligada a la gesta de una tribu beduina, antes de ser enriquecida por un profeta divino”.

Concluyo que la contribución más importante que la ciencia puede hacer, y hace, a los asuntos relacionados con la religión es el ateísmo. Me apresuro a aclarar, sin embargo, que esta conclusión no es un insulto ni una muestra de intolerancia para las personas que tienen creencias religiosas, pues sostengo que los creyentes en Dios y en cualquier religión son dignos de todo respeto por parte de los no creyentes.

En lo que difiero es en que: 1) se usen argumentos disfrazados de científicos, o se interpreten los conocimientos verdaderamente científicos, para sostener dogmas de fe, lo cual me parece una falacia insostenible, producto de una mezcla incompatible y engañosa de ciencia y religión, y, 2) quienes tienen fe y creencias religiosas no respeten las ideas de los no creyentes, inclusive acusándolos de ser inmorales, asesinos o criminales, mostrando con esta actitud una intolerancia y un fanatismo que probablemente serían reprobados por el mismo Dios en que creen.

Ricardo Tapia
Investigador emérito, Instituto de Fisiología Celular, UNAM
Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República (CCC)

Fuente: La Crónica de Hoy (México)