Sunday, September 7, 2008

Los guardianes del recato

RARO es el día que no nos llegan noticias que nos dan cuenta de la violencia de las religiones. Violencia de guerras, de atentados terroristas, de odios y actos humillantes relacionados con la religión. Pero hay una forma de violencia religiosa que se lleva la medalla de oro en todas las olimpiadas que organizan los dioses. Me refiero a la violencia de los que han sido calificados como \’los guardianes del recato\’. Se trata de la \’policía\’ clandestina, que han organizado los judíos ultraconservadores en los asentamientos de Cisjordania, para velar por la pureza y la castidad más estrictas. La cosa llega hasta extremos increíbles, como es quemarle la cara con ácido a una niña de 14 años por el simple hecho de salir a la calle con pantalones (El País, 18, 08). Por la misma razón, los obispos de México han prohibido vestir una minifalda vaquera a las jóvenes católicas de sus diócesis. Y por un motivo similar, será muy raro ver a una joven musulmana jugar un partido de tenis, un deporte que no resulta fácil de practicar con el atuendo que su religión les exige a las mujeres.

¿Por qué esta obsesión de las grandes religiones por este asunto del sexo? Por supuesto, el machismo de las antiguas culturas androcéntricas tiene mucho que ver con esto. Se sabe que, en la cultura de la Grecia clásica, las ideas puritanas dan la cara hacia el s. V (a. c.). Fue Pitágoras el que tomó estas ideas de los chamanes de las religiones del Norte, desde Europa, pasando por Siberia, hasta el Pacífico. Quien más lejos llegó en esta orientación disparatada fue Empédocles, que se atrevió a prohibir el matrimonio como perverso. Hasta que llegó a imponerse la convicción de que «la pureza, más bien que la justicia, es el medio cardinal de la salvación» (E. R. Dodds). Así las cosas, resultó inevitable que estas ideas pasaran de Grecia a las otras culturas del Mediterráneo. Por supuesto, al judaísmo. En la Jerusalén de tiempos de Jesús, las mujeres, los esclavos y los niños eran los tres grupos que siempre tenían que estar sometidos a un amo, que decidía por quienes eran posesión suya (Joachim Jeremias). Por aquel tiempo también, un judío helenista, Filón de Alejandría, escribió: «la descendencia femenina del alma es el vicio y la pasión, mientras que la descendencia masculina es la virtud». Como es lógico, todo esto influyó decisivamente en el cristianismo y ha marcado la cultura de Occidente. La morbosa obsesión de no pocos predicadores cristianos, confesores y directores espirituales es cosa bien sabida y dolorosamente sufrida por tantas gentes de beuna voluntad que, todavía en los tiempos que corren, están en las listas de espera de sicólogos y siquiatras. Sería falso echar la culpa de tanto destrozo humano a los curas. Pero nadie duda de que el clero ha tenido, y sigue teniendo, no poca responsabilidad en los problemas que genera el sexo. Problemas que las religiones, en lugar de ayudar a resolverlos, lo que han hecho, con demasiada frecuencia, ha sido agravar situaciones que han terminado por romper familias y desequilibrar conciencias.

El fondo del problema es \’cuestión de poder\’. Sea cual sea la explicación última de todo esto, hay un hecho de sobra conocido: el que domina la fuerza del deseo, los afectos y el sexo de otra persona, tiene controlada y dominada a esa persona. De aquí nace lo que se ha dado en llamar la violencia de género, con los ríos de sangre humana que eso ya ha costado. Y los que costará. En el caso de la religión, la cosa se complica, concretamente cuando la religión no cuenta con un poder coercitivo. Porque entonces echa mano de los oscuros mecanismos de la conciencia, los sentimientos de culpa y los miedos inconfesables, que pueden ser miedos de eterna condenación; o miedos de reprobación social, que suelen ser más duros de soportar que el miedo al castigo eterno.

Como sabemos, el puritanismo religioso es un asunto tan serio, que tiene poder para influir decisivamente en las elecciones presidenciales de Estados Unidos o de cualquier país en el que la religión siga teniendo una presencia consistente. Es la fuerza de los grupos fundamentalistas que ahora, cuando muchos piensan que la religión está más debilitada que nunca, sorprendentemente tiene más poder de lo que podemos imaginar. Y ahí está el peligro. Esos grupos integristas son minoritarios, pero cuentan con el apoyo de los dirigentes religiosos y de los poderes políticos que esperan sacar votos de la religión conservadora en las campañas electorales. Y es que, «después de todo, la religión no ha desaparecido y en algunos círculos ha llegado a ser más militante que nunca. En los tres monoteísmos, los fundamentalistas han reaccionado airadamente a los intentos de llevar la fe al ámbito de lo privado y la han rescatado del olvido» (K. Armstrong). Es bueno que se luche por rescatar la fe del olvido y el desprecio. Lo que no es bueno es que eso se haga apoyandose en poderes criminales, que nada tienen que ver con la inspiración original de las religiones. No sé lo que van a conseguir las religiones que han echado por este camino y se han echado en los brazos de los grupos más fundamentalistas. Lo que sí sé es que, si las religiones siguen por este camino, la fe será cada día cosa de menos gente. Cosa de gente más bien rara. Y, sobre todo, será una fuerza que en vano fomentará la pureza. Y con seguridad ayudará a que cada día sea más débil la justicia, que nos puede devolver la esperanza de un mundo más humano.

Fuente: Ideal
José M. Castillo

Criminología y causas (religiones)

Cualquier crimen, sea de la clase que sea; principalmente es por la ignorancia y porque existen las religiones; aumentó el crimen cuando la religión católica tomó incremento, hasta el punto que, en los códigos anteriores a ella no había penas para algunas clases de crímenes porque no existían, como el parricidio por ejemplo. En la que hubieron pontífices que asesinaron su madre después de haber compartido el lecho con ella, y otros, hecho vida marital con su hija y estuprado a otra, asesinada también a la madre de ésta, esposa del pontífice, Rodrigo Borgia, Alejandro VI.

Estos ejemplos han de entrañar a la humanidad, cuando saben que los que quieren pasar por ministro de Dios cometen esos salvajismos; y es el caso que donde más predomina la religión católica, los crímenes son más y más horrendos que en los dominios de otras religiones y, por lo tanto, la primera causa del crimen está en las religiones.

La segunda causa está en el despotismo de los gobiernos; pero estos son feudos de la religión.

La tercera causa es la mala organización social, porque se odian entre sí las clases de sus clases, y porque el vicio y la corrupción está manifiesta en ellas con más intensidad, porque están apoyas por la Ley hecha a su placer pero, más que todo, porque entre ellos vive el sacerdote célibe, que se traga con la vista las formas de las damas que suelen llevar el pudor de los codos a las manos y al desnudo todo lo más provocativo; y como están envenenadas por el confesor y unidas por la conveniencia, a un hombre que no aman y en su pecho se ha sembrado la mala semilla, con los vahos del festín y el no tener nada que hacer se entregan a la pasión del que las absuelve, o al provocado rival del esposo, y se fragua y se comete el crimen en todo su horror; y aquí la causa es la educación errada, la ley egoísta de la clase rival de la misma clase por el orgullo; pero como todo esto es hijo de la supremacía religiosa, la religión es la causa de estos crímenes.

La cuarta causa de los crímenes (es cierto, más numerosa y más vulgar) es la ignorancia. ¿Y quién tiene la culpa de la ignorancia más que la sociedad en clases enemigas, más que la religión? Luego, la cuarta clase es el celibato

La quinta clase del crimen es más dolorosa, porque en ella entran el aborto y el infanticidio; como esto entra el también el celibato que es causa la religión; igual esta quinta.

Hay una sexta causa por la que se cometen crímenes, es la locura o perturbación de las facultades mentales, y la locura también es un crimen, como esto, en general, es provocado por la pobreza, la pasión, la ignorancia y la propiedad que todo es causa la religión, la religión es pues, causa de estos crímenes, como de los anteriores. ¿Quién fundamentará razones para rebatir estas verdades? Nadie puede hacerlo; ni los sacerdotes, porque ellos van a la cabeza, en el consejo y la acción, pero resulta que los poderes, o gobiernos, cargan con la responsabilidad de la organización social y tienen, por lo tanto, la responsabilidad moral y material de todo el desbarajuste que ocasiona la imposición de la religión; pero como es un juego sucio en el que no pueden acusarse el uno al otro, porque los dos han delinquido y uno solo es el perjudicado, el pueblo; mas si no confiesan que están equivocado, si aun lo provocan, se suicidan ustedes mismos.

Fuente: El Tiempo (Venezuela)
Pedro Sandrea

Sufrimiento inútil

La semana pasada, Chile se conmovió con la muerte de nueve niñas, de entre 15 y 17 años, en un accidente automovilístico. Venían regresando de un viaje de estudios en un camión escolar y, en las difíciles curvas del norte del país, el conductor perdió el control del vehículo. Se estrelló con violencia.

Los principales diarios desplegaron en sus primeras planas dramáticos recuentos y fotos tanto del accidente como de la víctimas (cuando estaban vivas y felices), y todos los sectores expresaron su dolor ante la muerte injusta de las adolescentes.

Se le prestó particular atención a este accidente, además, porque las niñas estudiaban en el exclusivo Colegio Cumbres, que pertenece a los Legionarios de Cristo. Eran nítidas representantes de la elite ultra conservadora chilena. Como bien sabemos, siempre se le presta más atención a la muerte de los ricos y poderosos que de los pobres y débiles, y este caso no fue la excepción. Pero la tragedia es la tragedia, sin importar como te llames.

Con ese suceso resuena la imagen de cientos de niños muertos, enterrados entre los escombros de una escuela en China tras el terremoto de mayo de este año: otra vez, son niños los que han muerto. Estas imágenes que duelen nos obligan a preguntarnos si el sufrimiento de los inocentes tiene alguna utilidad.

Por naturaleza, los humanos tratamos de entender o justificar los hechos que nos rodean. ¿Por qué nos azota un huracán, un tsunami o un terremoto? ¿Por qué mueren inocentes en campos de concentración, en guerras, en accidentes? ¿Por qué nos pasa a nosotros? Porque algo habremos hecho, se piensa. Nuestro instinto nos ruega que le digamos que no sufrimos por o para nada.

La religión suele tratar de encontrarle sentido a estos eventos incomprensibles, a fin de reconfortar a los supervivientes y ganar adeptos. Así, es fácil para los teólogos construir discursos sobre la maldad humana o la necesidad de redimirnos. No es nada nuevo: las religiones llevan 10 mil años —desde las más antiguas creencias africanas— tratando de encontrarle un sentido a la muerte en la tierra.

La reflexión solía ser una entonces y no ha variado mucho: necesitamos sacrificarnos para redimirnos y evitar el castigo divino.

Siempre duele menos pellizcarse a uno mismo que ser pellizcado por otro. Eso es el sacrificio religioso: me privo de algo que deseo o quiero, con la esperanza de que ese sufrimiento me ahorrará un castigo divino, infinitamente más terrible. La idea es que el tormento es inevitable, pero limitado: si me lo causo a mí mismo, los dioses no tendrán por qué inflingírmelo. Así, para apaciguar a los dioses se sacrifica un animal, comida, placeres o incluso una persona, esperando que ese dolor sea suficiente para satisfacer a los dioses. La ley kármika no es distinta: hacer el mal te traerá el mal, hacer el bien te traerá el bien.

Pero en la realidad hacer el bien no trae el bien, sólo la satisfacción de haber hecho lo correcto. Ese es el pago kármiko. En todo caso, se nos dice el pago vendrá en otra vida.

El sacrificio tampoco aplaca la ira de los dioses y el castigo existe independientemente del pecado. La conexión entre ambos factores (castigo-pecado; sacrificio-redención) la creamos de forma arbitraria, con la ilusión de tener control sobre nuestra existencia.

Entonces la pregunta es, ¿por qué los inocentes sufren? ¿En qué nos redime la muerte de miles por un desastre natural o una plaga o una hambruna o un accidente? Los religiosos suelen construir retóricas que siempre terminan en lo mismo: “el Señor trabaja de forma misteriosa” o “hay cosas que están más allá de nuestro entendimiento”.

Ese es, desde mi punto de vista, el gran fracaso de las religiones y una de las razones por las que me es imposible creer en cualquiera de ellas: su incapacidad para explicar el sufrimiento inútil.

No estoy diciendo —y lo señalo antes del río de correos furiosos— que los creyentes estén mal o que vivan en el error. Realmente no estoy emitiendo juicios sobre las convicciones religiosas y supongo que a muchos les hará bien creer.

Lo que estoy diciendo es que en realidad la mayor parte del sufrimiento no es positivo, no es bueno para el alma ni el cuerpo y deja una estela de daño. Es por eso que el principal instinto que une a todos los seres vivos es el deseo de evadir el dolor.

Las niñas muertas en Chile —católicas inmaculadas— y de los niños en China —inocentes perfectos— son ejemplo del azar del sufrimiento. De la profunda fragilidad de la vida.

El reto que como humanos experimentamos, entonces, radica en tener la entereza de aceptar que nos tocará nuestra dosis de tragedia y no debemos desmoronarnos ni rendirnos ante ella. Entender que el sufrimiento suele ser inútil e inmerecido puede ser extrañamente liberador.

Fuente: La Crónica de Hoy (México)
Andrés Pascoe Rippey