Thursday, September 4, 2008

Laicismo, estados confesionales y libertad de conciencia

El laicismo, en definición del diccionario de la Real Academia (RAE), “es la doctrina que defiende la independencia del hombre y, en particular, del Estado, de toda influencia eclesiástica o religiosa”. No obstante la confusión alrededor de este concepto ya viene de antiguo. Defender la laicidad no es adoptar una actitud furibundamente antirreligiosa. Esta creencia ha sido usada siempre por grupos religiosos ultraconservadores que se arropan de un fácil “victimismo” para criminalizar todo posicionamiento laico del estado.

Estado laico y estado confesional

Es importante dejar bien claro que el laicismo, más que una doctrina, es una opción de libertad de conciencia. Es una fundamental actitud individual o colectiva ante las doctrinas religiosas, independientemente de la confesión que sean.

El Estado Confesional (ya sea católico, protestante o islámico) no deja otra opción religiosa y se convierte en un absoluto controlador de la conciencia ciudadana al proteger y, en muchos casos imponer, la norma moral y teológica que debe seguir la sociedad. El estado debe ser absolutamente neutral en cuanto a las prácticas religiosas siempre y cuando éstas no conculquen las leyes. El estado no debe promover una determinada opción religiosa por encima de otras, por el contrario, debe respetar su práctica privada.

Lo que es inadmisible es que, por razones históricas, una determinada religión sea juez y parte desde posiciones gubernamentales. El derecho a la libertad de conciencia de cada persona choca frontalmente con un estado confesional. La neutralidad del estado en lo referente a las religiones es la mejor posición institucional para evitar desigualdades y abusos de poder. Su independencia garantiza la igualdad de trato de las confesiones que conviven en su territorio nacional. El abuso de poder de los estados confesionales adquieren su máxima expresión en los Estados Teocráticos, en donde las leyes y los derechos civiles de la ciudadanía están supeditados a la Ley de Divina dando como resultado, en casos ya tristemente conocidos, del más ciego e intolerante fanatismo religioso. Un estado democrático no puede consagrar privilegios para nadie.

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