Saturday, July 19, 2008

Australianos piden al Papa que no imponga sus creencias a la humanidad

Libertarios australianos pidieron hoy en Sídney a Benedicto XVI que no imponga sus creencias a la humanidad, durante una manifestación pacifica y festiva, pero cargada de contenido político, celebrada con motivo de la visita del Pontífice.

‘No decimos que el Papa no tenga derecho a sus visiones reaccionarias, decimos que no queremos que sus puntos de vista determinen nuestras políticas gubernamentales’, explicó Cameron Murphy, director del Consejo de Nueva Gales del Sur para las Libertades Civiles, al presentar el acto.

La concentración convocada por la Coalición NoAlPapa, reunió a unos cientos de personas y fue repetida con menor participación en otras ciudades de Australia.

La protesta terminó con un único detenido, un peregrino que insultó y atacó a un manifestante por vestir una camiseta con el mensaje: ‘Papa, hazte homosexual’, aunque fue puesto en libertad después.

Un papamóvil de cartón, con un Papa de muñeco en el interior, encabezó la manifestación por las calles de la ciudad hasta el hipódromo de Randwick, donde los peregrinos de la Jornada Mundial de la Juventud habían empezado a reunirse para pasar una noche de vigilia.

Bajo el control de cientos de policías y la mirada atónita de los jóvenes religiosos los manifestantes comunicaron su mensaje y gritaron ‘los peregrinos sois bienvenidos, el Papa no’.

‘No somos antirreligiosos y recibimos a los católicos en este país’, había dicho antes de iniciar la manifestación, Rachel Evans, una de las creadoras de la Coalición fundada recientemente contra la posición de la Iglesia católica respeto a los homosexuales, el aborto y el sida.

‘Yo estoy aquí como cristiano’, manifestó por su parte el reverendo Karl Hand, de la Iglesia Comunitaria Metropolitana, ‘pero no todos los cristianos tenemos una actitud antihumanista’, añadió.

En la manifestación había camisetas y pancartas en las que se leían opiniones como ‘yo no existo y dios tampoco’ o ‘yo te acepto como Católico, ¿me aceptas como lesbiana?’.

En el acto hubo representantes de organizaciones que defienden a víctimas de abusos sexuales por parte de sacerdotes y de partidos políticos, como Irene Doutney líder de los Verdes.

Doutney recordó el ambiente político que se respiraba en 1978 cuando en Sídney se creó el movimiento para la defensa de los derechos de los homosexuales con el evento anual del Mardi Gras.

‘Es muy duro que treinta años después, volvamos a estar aquí, repitiendo las mismas peticiones’, dijo.

Fuente: Terra

LORENZO VALLA El Desbaratador De Fraudes

Allá por el mil cuatrocientos y pico, cuando todo era dogma y religión, prohibición de pensar y herejía el disentir, hubo un hombre que se atrevió a declarar que el placer podía representar el bien supremo, que las Sagradas Escrituras estaban llenas de errores, que los clérigos merecían la burla por su soberbia y su mal latín y, por si fuera poco, que el derecho de la Iglesia sobre tierras y propiedades se basaba en un documento fraguado cuya falsedad él mismo probó más allá de toda duda. No fue una leyenda. Vivió de verdad. Y a nosotros nos toca sacarnos el sombrero.

Nació en Roma, aunque su familia era de Piacenza; tempranamente se ordenó sacerdote y obtuvo una cátedra de retórica y elocuencia en Pavía. Amaba el latín y el griego, los idiomas luminosos de la Antigüedad clásica. Ya para entonces había dado muestras de talento al escribir un tratado donde comparaba a los grandes oradores romanos y exaltaba su pasión por la elegancia del idioma latino. Pero la primera piedra de escándalo sería una obrita titulada “De Voluptate” (”Sobre El Placer”), donde uno de los personajes defiende la postura de que los goces del cuerpo son un bien en sí mismo y que el aquí y ahora puede resultar sublime; celebra la sexualidad libre, denuncia la castidad como un crimen y afirma sin tapujos que una prostituta es muy preferible a una virgen. Sin importar que Valla estuviese de acuerdo o no con su personaje, lo cierto es que nadie jamás se había atrevido a enarbolar semejante doctrina en las narices de la Iglesia Católica. Esas ideas, más propias de un filósofo pagano como Epicuro y sus seguidores, habían estado proscritas durante al menos diez siglos. Por atrevimientos como éste y el polvo que levantaron, el bueno de Lorenzo finalmente se dio cuenta de la conveniencia de emigrar de Pavía.

Pasó por varias universidades y cumplió encargos menores, y en el ínterin tuvo la suerte de conocer al rey Alfonso V de Aragón, un monarca que tenía asuntos sin resolver con el papado y que se convertiría en su protector. Fue trabajando en su corte de Nápoles que Valla se topó con el asunto por el cual hoy es ante todo recordado.

La “Donación de Constantino” era un documento que literalmente ponía el Imperio en manos de la Iglesia. Un milenio atrás, según se afirmaba, el emperador Constantino, aquejado por la lepra, habría sido sanado por el papa Silvestre con un milagro, y en agradecimiento el soberano se dejó bautizar y le extendió un título en el que le cedía tanto a él como a sus sucesores la propiedad de Roma, de Italia, de Occidente, y aun de las sedes principales del mundo cristiano. El papado exhibía ese título orgullosamente cada vez que surgía un conflicto de intereses con monarcas y gobernantes. No sólo implicaba la posesión de tierras, siervos, edificios y ganancias, sino que también ponía a los propios reyes y sus estados bajo la dependencia del Papa, y se lo consideró prueba de autoridad durante toda la Edad Media. Lorenzo Valla descubrió el fraude. Se requería de una erudición ejemplar y una valentía próxima a la locura para develar que el latín del documento pertenecía inequívocamente al siglo VIII y no al IV, debido a que figuraban palabras que ni siquiera se usaban entonces y las discordancias históricas eran notables, empezando porque Constantino nunca tuvo lepra y fue efectivamente bautizado en su lecho de muerte por un hereje arriano cuando el papa Silvestre llevaba ya dos años muerto. En pocas palabras, alguien (presuntamente la cancillería papal) fraguó el documento en tiempos del senescal Pipino para hacerse con el botín del Imperio allá por el setecientos cincuenta y pico. Todo era una mentira vergonzosa.

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