Friday, July 18, 2008

La racionalidad tiene mala prensa

Hace poco confesaba Arcadi Espada en Aranjuez no conocer a más de tres o cuatro periodistas españoles abiertamente reconocibles como “ateos”. Algo similar ocurre entre la clase política. En cuanto alguien accede al foro público, se diría que padece la irresistible obligación de aparecer como creyente en un sentido más o menos fuerte, desde los más confesionales, que lamentan la descristianización de Occidente y abominan explícitamente el “laicismo”, a los más confusos: “multiculturalistas”, “teístas”, “deístas” o “agnósticos”. El panorama ya fué descrito en su día por Ortega: los hombres pueden tener ideas, pero las creencias son un destino humano mucho más fuerte porque configuran el paisaje de la razón vital.

No sólo el ateísmo. La fortuna de la constelación de nombres asociados con la racionalidad y, en particular, con la crítica religiosa -Robert Redeker también insistía en el fácil deslizamiento del respeto al miedo- no es muy prometedora. Empezando por “racionalismo”, que muchos se precipitan a asociar con la guillotina y la Diosa Razón, continuando con el materialismo, vinculado con frecuencia a los crímenes del comunismo, y llegando por último al naturalismo, despachado fríamente como una mitología “cientificista” de la naturaleza. Recelos similares suscita el término “Humanismo secular”, entre los propios increyentes incluso.

Pues bien, celebrando el aniversario de Darwin, una blogger del New York Times acaba de proponer que nos libremos definitivamente de uno de los últimos títulos insidiosos de la racionalidad: “Darwinismo”:

¿Por qué (el darwinismo) es un problema? Porque es extremadamente confusionista. Sugiere que Darwin fué el principio y el fín, el alfa y el omega, de la biología evolucionista, y que el tema no ha cambiado mucho desde los 149 años de la publicación del “Origen”. No lo fué, y sí ha cambiado. Aunque muchas de sus ideas -la selección natural y sexual entre ellas- permanecen como fundamentos de la biología evolucionista, el campo ha resultado completamente transformado. Si pudiéramos regresar en el tiempo y traer a Darwin al presente, encontraría ininteligible mucha de la biología evolucionista, al menos hasta que no encontrara tiempo para estudiar la genética, la estadística y la ciencia computacional.

Por supuesto, Olivia Judson, y los comentaristas de Science blogs tienen razón en lo esencial: la evolución no es Darwin, y el “darwinismo” se ha convertido en una denominación denigrante en manos de los creacionistas. ¿Pero por qué deberíamos renunciar a una apropiación positiva? En cierto modo, este consenso emergente entre los propios partidarios de la racionalidad refleja una pequeña victoria de la cosmosivisión religiosa que exige un paso adelante para recuperar los nuevos términos prohibidos: racionalismo, laicismo, ateísmo, darwinismo, materialismo, naturalismo y humanismo secular incluídos.

Fuente: La revolución naturalista

¿Es tolerable la tolerancia religiosa?

Dice Savater que tolerancia es «que a uno le guste que haya cosas en la sociedad que no le gusten», y dice bien. De nada sirve ser tolerante con las cosas que a uno le agradan: el reto es ser capaz de respetar a quien realiza actos y tiene ideas que no sólo nos parecen equivocadas, sino que nunca los haríamos o pensaríamos. Es el caso de la orientación sexual o los ideales políticos, que conllevan actitudes distintas y respetables siempre que no entren en conflicto con los derechos de los demás.

Esa coletilla, la del respeto a los derechos de los demás, suele ser omitida cuando se habla de respeto religioso. Partiendo de la base de que la etiqueta «ateo» no define, cabe destacar que los descreídos también cuentan con derechos en materia de libertad religiosa. No creer en dios es de hecho una postura religiosa y por tanto amparada en dicho derecho, y eso es algo que los creyentes suelen obviar en sus manifestaciones religiosas. Nunca en la Historia se ha visto a un creyente pararse a pensar si con sus exhibiciones y ostentaciones de fe ofende a quien no cree. Cuando intentan presionar en aspectos científico-médicos (eutanasia, células madre) no se dan cuenta de que ofenden a quien no comparte sus mitos. El Estado, al decidir proteger y apoyar activamente las distintas confesiones, deja de ser el garante de la libertad religiosa de todos y toma partido por todas las opciones menos por una: la de los que no tienen religión por propia elección. Las religiones deben ser defendidas por sus miembros, y el Estado debe tolerarlas y respetarlas, pero no protegerlas. Citando de nuevo a Savater, «hay derecho a la diversidad, pero no diversidad de derechos», aunque en la práctica no sea así: la crítica zafia y grosera de símbolos religiosos no sólo debe ser amparada por la libertad de expresión, sino por la religiosa. La mofa de la religión es una postura religiosa, y paradójicamente debería, en ese marco de errónea protección, ser potenciada.

Hay ideas que no son respetables. Uno puede tener un interés poético-filosófico en intentar entender cómo llegó a pensar el Marqués de Sade, pero nunca lo pondría a impartir educación sexual en la secundaria. Del mismo modo, las morales religiosas son útiles porque nos cuentan cómo ha evolucionado nuestra convivencia, pero no pueden marcar con sus patrones dogmáticos las relaciones sociales de los seres humanos del presente. De hecho, precisamente en aras de ejercer esa libertad religiosa, los ateos reclamamos de la religión que acepte su carácter eminentemente poético. «Las religiones son poesías tomadas en serio»: «no hay nada en el mundo que la religión no pueda explicar, y por eso la religión es falsa». En la medida en que sea aceptado el componente poético de la religión y no se trate de trasvasar el dogma a la política o la ciencia, es posible convivir y por tanto respetar esa religión, ya que se habrá asegurado la falta de conflicto con el derecho ajeno.

Esa aceptación, y su falta, es la que configura el escenario mundial en la actualidad. Contrariamente a lo que se repite, no estamos ante un choque de civilizaciones ni necesitamos una alianza de las mismas, porque sólo existe una civilización. Tal palabra simplemente designa al conjunto de soluciones que los humanos dan a sus problemas, y en el planeta ya globalizado es evidente que esas soluciones son también globales. Existe un choque cultural y/o religioso, pero ni la cultura ni mucho menos la religión definen una civilización. El conflicto que vivimos no es, por tanto, sino un cara a cara entre democracia y teocracia, entre una visión de las relaciones humanas basada en la libre elección y otra basada en la sumisión a principios inmutables. Su causa está ya indicada: la religión ocupando lugares que no le deben corresponder. Es difícil formular su solución real, pero tras haber purgado nuestra cultura de absolutismos tenemos derecho moral a purgar otras.

Fuente: El destino del Iscariote
Autor: Fernando Savater