Wednesday, March 24, 2010

La paradoja de la salvación y la ruleta rusa

La mezquita de Córdoba, construida sobre los restos de una iglesia visigótica, y vuelta a ser cristianizada por los reconquistadores en el siglo XIII, es el libro abierto de lo mal que se llevan las religiones. El nuevo ordinario de la diócesis cordobesa, recién estrenado en su talibanía, volvió a negar la posibilidad de compartir culto con los musulmanes, olvidando el mandato biológico de que perro no come perro, y que más le valdría, con la que está cayendo, que compartieran rancho y clientes.

La noticia me llevó, sin embargo, a formular una gran paradoja con la que iluminar vuestras mentes, y por la que espero ingresar en el paraíso de los grandes pensadores del siglo XXI. Veamos.

Es sabido que en ambas religiones la condición de infiel sólo se adquiere cuando reniegas de las enseñanzas recibidas. Los que nunca adoraron a esos dioses, ya sea por haber nacido siglos antes que los profetas que las predicaron, ya sea por haber nacido y vivir en selvas impenetrables o lugares apartados del planeta donde sus predicadores no han llegado ni con la palabra ni con la espada, la ira de dios no les alcanzará. Es decir, si naciste en Ourense, por poner un ejemplo, y eres adúltera de vocación y afición, puedes ir de viaje turístico a Yemen sin temor a morir lapidada. Porque no eres su infiel.

La paradoja surge cuando te has hecho creyente de una de las dos religiones. Si has tenido la puntería de militar en la verdadera, pero caes en el pecado de adulterio, te condenarás eternamente. En cambio si cometiste el venturoso error de adorar al dios equivocado, paradójicamente puedes pecar cuanto quieras, mientras el cuerpo aguante, porque al dios verdadero le da lo mismo con quien te acuestes. No eres de los suyos ni eres su infiel.

La paradoja descubierta es, pues, que tu salvación depende de que hayas acertado… con la religión equivocada. Como hayas dado con el dios verdadero la has cagado.

De lo que se deduce que enseñarles religión a nuestros hijos es una crueldad, como jugar con ellos a la ruleta rusa.

Artículo completo en: Público.es
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