Saturday, January 2, 2010

De religiones e iglesias

Mi opinión acerca de la religión es la de Bertrand Rusell y Lucrecio. La considero una enfermedad de la mente humana que nace del miedo a lo desconocido y, como tal, una fuente inagotable de miseria espiritual y material para la raza humana.

No hablo de la iglesia sino de la religión. La iglesia, en un estado aconfesional, me parece una sociedad privada que debe gozar de los mismos privilegios que los bingos, las sociedades ufológicas y los clubs de carretera: ninguno por lo que atañe al conjunto de la comunidad y, eso si, los que se articulen en sus estatutos para aquellos que, en uso de su libertad (y su caspa), deciden acceder a esos venerables establecimientos.

Por eso no me parece criticable, como tal, que la iglesia no admita el sacerdocio femenino, condene el uso del preservativo o postule otras múltiples extravagancias. Es un club privado -en el que me guardaré mucho de solicitar admisión- y como tal fija las reglas que han de seguir sus acólitos, por más que resulte chocante y deprimente, a partes iguales, que en pleno Siglo XXI millones de ciudadanos en relativo uso de sus facultades mentales decidan alienarse sometiéndose a semejante catálogo de patochadas y sandeces.

Lo que me parece intolerable es que las iglesias intenten universalizar sus paranoias y hacer de sus asuntos de fe códigos penales e imperativos sociales. Me jode cuando lo hacen los mujaidines y los ayatolás, esos tíos tan majos que nos animan con bombas a seguir los mandatos de su paranoide ser supremo. Y me jode cuando lo intenta la iglesia católica -por fortuna con tácticas menos pirotécnicas, más que nada porque los tiempos, mal que les pese, van cambiando-.

La religión remite a lo más oscuro de la edad media. Es un camino de servidumbre, un instrumento al servicio de la opresión y tiranía que deja en manos de unos cuantos la interpretación de una doctrina inmutable y, por ello, siempre retrógrada y reaccionaria, cutre, carca y estúpida; malvada desde un punto de vista moral y antidemocrática y arbitraria como mecanismo de cohesión social.

O sea, resumiendo, que no me gusta un pelo.

PD: Lo más gracioso es que cristianos y musulmanes nunca se han parado a pensar que sus respectivos salvadores tardaron, si se considera el tiempo que llevamos como especie sobre el planeta, cientos de miles de años en llegar -lo que implica que durante todo ese tiempo miles y miles de almas se perdieron sin posibilidad de redención-. No se lo buenos que serán como profetas, pero es evidente es que no les apetecía madrugar.

Fuente: FATALES ESPEJOS REPETIDOS