Wednesday, April 15, 2009

De cintura para abajo

En la universidad católica de Murcia, una profesora de bioética, de nombre Gloria María, ha calificado en una reciente conferencia en el Paraninfo de la universidad de Alicante la homosexualidad de enfermedad y perversión sexual. Según doña Gloria, los gais han de anteponer la dignidad a la libertad, por lo que deben permanecer siempre en el dique seco y no ejercer su sexualidad. Entre sus posibles causas, apunta un posible “gatillazo” en el primer encuentro sexual (”no puede, no le sale”, fue su expresión literal) o una compensación de la soledad o de otras frustraciones. Doña Gloria considera además que ese gatillazo puede reportar daños considerables “sobre todo si es chico”, quizá porque considera que la sexualidad de la mujer es de inferior calibre y menor consideración.

Doña Gloria repitió igualmente los argumentos tradicionales, que hunden sus raíces en la más genuina escolástica medieval, para rechazar la homosexualidad desde la moral católica: los actos de los gais son desviados, desordenados, al ser contrarios a la ley natural, pues cierran la sexualidad a la vida. Ahora bien, como no es una dolencia de etiología genética, ofrece consuelo a los gais: “Se puede arreglar”, afirma, “puede haber una solución, aunque sea complicado”. Sorprendentemente, doña Gloria olvida de paso la verdadera enfermedad sobre este tema, que además atenta contra los derechos fundamentales de las personas: la homofobia.

PARA ACABAR DE arreglar las cosas, doña Gloria aborda un segundo tipo de perversiones: la masturbación, que, según ella, se debe también a la errada compensación de frustraciones infantiles cometida por niños que deben pasar solos muchas horas al día, porque sus papás trabajan. Total, que por “tonterías” tales como que les hayan quitado la merienda en el cole o que no les haya hecho caso algún compañero, llegan a casa y se ponen manos a la obra, “descubriendo el placer con su propio sexo”. Al cabo del tiempo, pueden ir a otra casa, hacer lo mismo y ¡zas!, ya está montado otro caso de perversión homosexual o bisexual.

Sin embargo, a muchos no les salen las cuentas, pues, haciendo memoria, es imposible que les hayan robado tantas veces la merienda en el cole para perpetrar tantos y tan perversos actos solitarios. Seguramente, doña Gloria, entre otras cosas, premio nacional de la Asociación Nacional de Farmacéuticos Católicos y Orientadora Familiar por la Universidad de Navarra, quizá no fue muy ducha en estas lides durante su pubertad y adolescencia como el común de los pervertidos.

CUANDO UNA religión se consolida institucionalmente, sus jerarcas han conseguido constituirse en importante grupo de presión y su ideario ha penetrado hondamente en muchas de las costumbres y estratos de la sociedad, los dogmas pasan a segundo plano, y lo que realmente entra en juego es la moral como instrumento de poder y dominación. No se discute ya sobre cómo puede el dios cristiano ser uno y tres a la vez, o si el judío Jesús de Nazaret tiene dos naturalezas y una sola persona o qué es eso del pecado original, cuando el mito de Adán y Eva ya no lo sostienen ni los ortodoxos más cerriles. De hecho, si desde la religión se intentase explicar al pueblo alguno de estos supuestos dogmas, se produciría la fuga de buena parte de sus adeptos. Pasando al campo de los monoteísmos, nadie discute si el verdadero profeta es Moisés, Jesús o Mahoma o cuál es el auténtico Libro Sagrado revelado por el dios respectivo, sino que se discute principalmente sobre burkas, preservativos, carne de cerdo, masturbación, aborto, homosexualidad.

La perspectiva moral ha sustituido a la dogmática en las religiones monoteístas, pero siempre en cotas bien determinadas: sus morales dirigen sus cañones ante todo hacia la zona corporal de cintura para abajo: están obsesionadas con el sexo, con la emergencia de la mujer al plano de la libertad y la igualdad, con cuanto sobrepasa sus escleróticos esquemas mentales. Apenas hacen mención a la ecología, a las guerras neocoloniales, a la carrera de armamentos, a la explotación laboral infantil, a los crecientes desequilibrios económicos y sociales en el mundo, a las hambrunas, a los derechos humanos, a los paraísos fiscales, a las dictaduras. Sólo parece importarles la moral de cintura para abajo. Y para colmo, confunden sexualidad con tosca genitalidad y vinculan placer sexual con reproducción.

Los judeocristianos tienen un problema añadido: cómo explicar que su dios instaló a su pueblo elegido en la única zona de Oriente donde no hay petróleo.

Autor: Antonio Aramayona Profesor de Filosofía
Fuente: elDiario de Aragón