Friday, March 27, 2009

La élite científica desautoriza a sus colegas antiabortistas

La Declaración de Madrid firmada por 2000 académicos, que pretende fundamentar su rechazo a la reforma del aborto en “los conocimientos más actuales de genética, embriología y biología celular”, no ha gustado lo más mínimo a los principales expertos en esas disciplinas. Aprecian en este asunto una “creciente utilización ideológica y partidista de la ciencia”, y desautorizan a sus colegas por disfrazar como argumentos científicos lo que sólo puede pertenecer al “ámbito de las creencias personales, ideológicas o religiosas”.

El contramanifiesto se titula En contra de la utilización ideológica de los hechos científicos, y va firmado por un premio Príncipe de Asturias, Ginés Morata; tres premios nacionales de investigación o medicina Jesús Ávila, Carlos Belmonte y Carlos López Otín; tres directores de grandes institutos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Ferrando Hiraldo, Vicente Larraga y Juan Lerma; el presidente de la Sociedad Española de Neurociencias, Roberto Gallego, y otros siete investigadores de prestigio.

“Consideramos importante”, afirman estos expertos, “evitar que se confunda a la sociedad contaminando problemas de carácter social, y por lo tanto de convivencia, con argumentos a los que la ciencia no otorga legitimidad”. También recuerdan a sus colegas que las leyes las aprueba el Parlamento.

2000 adhesiones

La Declaración de Madrid se presentó la semana pasada con las firmas de un millar de biólogos, pediatras, juristas, psiquiatras y ginecólogos. Sus principales promotores científicos son los catedráticos Nicolás Jouve, Luis Franco Vera y César Nombela, que presidió el CSIC de 1996 a 2000. Jouve calcula que el manifiesto ha recibido ya unas 2.000 adhesiones. “La sociedad se ha vuelto a sensibilizar en defensa de la vida”, ha dicho.

El Manifiesto de Madrid no va dirigido exactamente contra la reforma legal que se discute ahora -la sustitución de una ley de supuestos por una de plazos-, puesto que sus autores dicen actuar “en defensa de la vida humana en su etapa inicial, embrionaria y fetal”. Al margen de esta cuestión, sus apelaciones a supuestos argumentos científicos son permanentes.

“Existe sobrada evidencia científica de que la vida empieza en el momento de la fecundación”, dice el manifiesto; “los conocimientos más actuales así lo demuestran”. Uno de esos conocimientos es: “La genética señala que la fecundación es el momento en que se constituye la identidad genética singular”. Otro es: “La embriología describe el desarrollo y revela cómo se desenvuelve sin solución de continuidad”.

Pero los datos científicos disponibles sobre las etapas del desarrollo embrionario “son hechos objetivables, cuya interpretación y difusión han de estar exentas de influencias ideológicas o creencias religiosas”, les responde la élite de esas disciplinas. “El momento en que puede considerarse humano un ser no puede establecerse mediante criterios científicos; el conocimiento científico no puede afirmar o negar si esas características confieren al embrión la condición de ser humano. Esto entra en el ámbito de las creencias personales, ideológicas o religiosas”.

Los catedráticos antiabortistas reclaman “una correcta interpretación de los datos de la ciencia en relación con la vida humana”, y citan entre ellos: “Un aborto no es sólo la ‘interrupción voluntaria del embarazo’, sino un acto simple y cruel de ‘interrupción de una vida humana”.

También dicen: “El aborto es un drama con dos víctimas: una muere y la otra sobrevive y sufre a diario las consecuencias de una decisión dramática e irreparable”. Y: “Una sociedad indiferente a la matanza de cerca de 120.000 bebés al año es una sociedad fracasada y enferma”.

El contramanifiesto responde: “Los científicos, como el resto de los ciudadanos, tenemos la libertad de adoptar posturas personales frente a cualquier iniciativa legislativa, en función de nuestras ideas y creencias. Pero consideramos importante evitar que se confunda a la sociedad contaminando problemas de carácter social con argumentos a los que la ciencia no otorga legitimidad”.

Por el momento, estos deben considerarse los “conocimientos más actuales”.

Fuente: ElPais.com