Sunday, November 30, 2008

Los ateos se hacen fuertes

“La gente reacciona ante el avance del integrismo” sostiene Tamayo

“Los ateos son numerosos entre las élites educadas”, dice Dawkins

Los humanistas critican la influencia de la religión en la ley y la
educación

El 46% de los jóvenes se define como agnóstico, ateo o indiferente

No es fácil confesar que uno es ateo, es decir, que niega la existencia de
Dios, según señala el biólogo Richard Dawkins, conocido como el *rottweiler
de Darwin* por su férrea defensa de la teoría evolucionista. “La situación
de los ateos hoy en día en América es comparable a la de los homosexuales 50
años atrás”, escribe Dawkins en el ensayo *El espejismo de Dios* (Espasa
Calpe), que ha vendido 1,5 millones de ejemplares. “Los ateos son mucho más
numerosos, sobre todo entre la élite educada, de lo que muchos creen”,
prosigue. El problema es que, a diferencia de otros grupos religiosos, no
están organizados. “Un buen primer paso podría ser generar una masa crítica
con aquellos que desean salir a la luz y así animar a otros a hacer lo
mismo. Pueden hacer mucho ruido”.

Ruido considerable es el que ha conseguido la citada campaña del autobús
ateísta británico. La gestiona la British Humanist Association -una
organización que promueve acabar con la privilegiada posición de la religión
en la ley, la educación y los medios de comunicación- a través de la *web*
www.justgiving.com/atheistbus. Su patrocinador más ilustre es el propio
Dawkins. Iniciada el 21 de octubre, se propuso recaudar 5.500 libras (6.500
euros, el coste de un mes de los anuncios en 30 autobuses) y sólo necesitó
dos horas para conseguirlos. En dos días, ya tenían 58.900. La cuenta ya va
por 143.200 euros.

“Los donantes sienten que no tienen voz, que el Gobierno y la sociedad
presta demasiada atención a la religión y a sus líderes, mientras que a los
que no son religiosos se les ignora”, señala desde la capital británica
Hanne Stinson, directora de la British Humanist Association. Al otro lado
del Atlántico, la American Humanist Association ya ha organizado una campaña
similar para los autobuses de Washington con el lema ¿Por qué creer en un
dios? Sé bueno por la propia bondad. Se puso en marcha la semana pasada con
una previsión de 200 autobuses (www.whybelieveinagod.org).

Este nuevo ateísmo también ha irrumpido en las librerías. Una ilustre
alineación de científicos e intelectuales ha emprendido la batalla
dialéctica a gran escala contra la religión. Sus ensayos se han convertido
en superventas. En *El espejismo de Dios* (10.000 ejemplares vendidos en
España), Dawkins expone su hipótesis de que Dios no existe, sostiene que no
necesitamos la religión para ser morales y que podemos explicar las raíces
de la religión y la moralidad en términos no religiosos. El ensayista
Christopher Hitchens argumenta en *Dios no es bueno *(Debate) que la
religión da una explicación errónea del origen del ser humano y del cosmos,
que causa una peligrosa represión sexual y que se basa en ilusiones. Ha
vendido cerca de 150.000 ejemplares en Reino Unido y 12.000 en España. En EE
UU, el filósofo Sam Harris, autor de* The end* *of faith* (W.W. Norton) pone
de vuelta y media a las grandes confesiones: el judaísmo, el cristianismo y
el islam. Las tacha de locuras socialmente aprobadas, cuyos credos son
irracionales, arcaicos y mutuamente incompatibles (200.000 vendidos).

En Italia, el matemático Piergiorgio Odifreddi ha escrito *¿Por qué no
podemos ser cristianos?* (RBA), que ha colocado 200.000 ejemplares en su
país. En Francia, Michael Onfray se situó en 2005 entre los más vendidos con
*Tratado de Ateología* (Anagrama), un alegato a favor del pensamiento
hedonista y contra la religión. Vendió 209.700 ejemplares. Las cifras
parecen indicar que aumenta el interés por la crítica a las religiones.
Odifreddi, aun así, es cauto: “Hay una buena parte de la población que
valora la razón y la ciencia, pero es una minoría sin mucho acceso a los
medios de comunicación”.

La razón de este nuevo movimiento está, irónicamente, en los propios
fundamentalistas religiosos, según sostienen varios especialistas. “La
beligerancia de las religiones lleva a la gente a tocar a rebato”, explica
el teólogo de la Universidad Carlos III Juan José Tamayo. “Las religiones
han despertado de un modo social y culturalmente agresivo, porque reclaman
una presencia en el espacio público; quieren intervenir en la vida privada y
tener un peso político. En definitiva, quieren que los Estados sean
confesionales”. Una idea con la que coincide el filósofo Reyes Mate,
profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC): “La
crítica a la religión resurge cada vez que la religión se quiere convertir
en principio moral de la democracia”.

Cuando se habla de integrismo se suele pensar en los países musulmanes, pero
también se encuentra en el corazón de Occidente. “Pienso en Estados Unidos”,
sigue el teólogo Tamayo. “En la campaña electoral de 2004, entre John Kerry
y George W. Bush, la politización de la religión fue notable: los dos
candidatos recordaban constantemente que creían en Dios”. Es el caso, por
ejemplo, de las escuelas de algunas zonas de Estados Unidos que quieren
introducir en las aulas la enseñanza del creacionismo y del diseño
inteligente (que equivale a la interpretación literal de la Biblia). Los
líderes religiosos occidentales, como el papa Benedicto XVI, o los grupos
evangélicos en EE UU, pretenden influir en la política porque “consideran
que necesita una legitimación religiosa”, señala Tamayo. Además exigen “que
la ética se fundamente en un ser trascendente, ya que no reconocen a los
políticos como guías morales”, e imponen que los textos sagrados, que son
míticos y simbólicos, sean considerados como histórica y científicamente
válidos.

Esa intervención de la religión en la vida privada es la que pidió el
cardenal Antonio María Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal
Española, en octubre en el sínodo de los obispos de Roma. Criticó el
laicismo, es decir, que las personas, la sociedad y, sobre todo, el Estado,
sean independientes de cualquier organización o confesión religiosa. Lo dejó
claro: “El Estado moderno, en su versión laicista radical, desembocó en el
siglo XX en las formas totalitarias del comunismo soviético y del
nacional-socialismo”. Por eso llama a que la Iglesia participe en la vida
privada e incluso en los debates legislativos.

Muchos ciudadanos en España han reaccionado. Las solicitudes de apostasía en
los seis primeros meses de 2008 han sido 529, lo que supera a las de todo
2007 (287) y a las de 2006 (47), según la Agencia Española de Protección de
Datos. El Ayuntamiento de Rivas, en Madrid, abrió en marzo una oficina para
facilitar los trámites de apostasía. En menos de un mes recibió más de 1.100
consultas de toda España. Entre los principales motivos: la reelección de
Rouco como presidente de la Conferencia Episcopal. Y no son sólo las
apostasías. La práctica religiosa también desciende. Si en 1998 los
españoles que se consideraban católicos eran el 83,5%, 10 años después son
el 78%, según el barómetro de enero de 2008 del Centro de Investigaciones
Sociológicas (CIS).

Las cifras, sin embargo, podrían quedarse cortas. “Ese 78% que dice que es
católico, lo es por el bautismo y otros símbolos introducidos en la
infancia”, señala el teólogo Tamayo. “Esa educación puede que continúe o que
se interrumpa y dé lugar a la apostasía o a la indiferencia, que es el
fenómeno mayoritario”, añade. Los datos se elevan entre los jóvenes. El 46%
de los chicos entre 15 y 24 años se consideran agnósticos, ateos o
indiferentes, según un informe de la Fundación Santamaría de 2005 (en 1994,
eran el 22%). El 39% se define como católico no practicante y tan sólo el
10%, como católico practicante. Las razones del descenso: la “impopular”
postura de la Iglesia “en temas como la ley que regula el matrimonio
homosexual, el aborto o la sexualidad”, según uno de los autores del
informe, el sociólogo Juan González-Anleo.

Este nuevo ateísmo lucha contra la religión en la arena dialéctica. “Esa
hostilidad que yo y otros ateos expresamos ocasionalmente contra la religión
está limitada a las palabras. No voy a poner una bomba a nadie, ni a
decapitarlo, ni a lapidarlo, ni a quemarlo en la hoguera ni a crucificarlo
ni a estrellar aviones contra sus rascacielos”, escribe Dawkins. De hecho,
el propio lema del bus ateísta británico se aleja del dogmatismo. El *
probablemente* reconoce que igual que no hay pruebas de la existencia de
Dios, tampoco las hay de lo contrario. “No es necesario mantener una
relación hosca con la religión”, considera el filósofo Jesús Mosterín,
miembro del CSIC. “Se puede conservar sin creérsela pero con curiosidad y
simpatía, como una tradición folclórica más”. Eso sí, aunque dialéctica, es
una batalla sin cuartel.

La crítica a la religión es antigua pero, sobre todo desde el siglo XIX,
cuenta con una aliada crucial: la ciencia. Así lo ha expuesto el premio
Nobel de física estadounidense Steven Weinberg en *The New York Review of
Books*: “Creo que entre la ciencia y la religión existe, si no una
incompatibilidad, por lo menos lo que la filósofa Susan Haack ha llamado una
tensión, que gradualmente ha ido debilitando la creencia religiosa,
especialmente en Occidente, donde la ciencia ha avanzado más”. La ciencia,
enumera el Nobel, explica mejor el funcionamiento del mundo que la religión
y refuta el papel del hombre como protagonista de la creación. Otro de los
físicos más prestigiosos del mundo, Stephen Hawking, lo suscribe: Las leyes
por las que se rige el universo “no dejan mucho espacio para milagros ni
para Dios”.

Ciencia y religión no pueden convivir en paz, añade el matemático Odifreddi.
“La ciencia acepta verdades basadas en confirmaciones empíricas y
deducciones matemáticas y lógicas. La religión, al menos la católica, se
refiere a un libro de hace 2.000 años y a pronunciamientos dogmáticos de
concilios y del Papa. Es difícil imaginar métodos más opuestos”.

Pero ¿podemos vivir sin Dios? La respuesta de los científicos, filósofos y
teólogos no es unánime. El Nobel Weinberg confiesa que no es fácil no creer,
pero está convencido de que la creencia declina inevitablemente en
Occidente. Y añade que aunque las prácticas religiosas se mantengan durante
siglos, no está tan seguro de que la creencia perviva. “Hay que distinguir
la religión, que es construcción social, de la experiencia religiosa, que es
personal”, matiza Tamayo. “Las iglesias son instituciones, con un atractivo
político y social, que incluso hoy pocas veces implican creencias
profundas”, añade Odifreddi, “por lo que pueden sobrevivir aunque la fe
languidezca”. “En el futuro seguiremos creyendo, porque lo llevamos de
fábrica”, argumenta el físico Jorge Wagensberg. “La psicología del
desarrollo, la antropología cognitiva y la neurociencia señalan que
evolutivamente estamos programados para creer”.

Otros están convencidos de que la ciencia es la respuesta. “¡Todos creemos
en algo!”, concede el matemático Odifreddi. “La cuestión es qué debemos
creer; yo creo que la ciencia puede ofrecer incluso una concepción
espiritual del mundo, al mostrar cómo tras el aparente caos del cosmos
descansa un orden profundo”. Su conclusión es clara: “La ciencia es hoy la
religión verdadera, mientras que la vieja religión es sólo superstición. Así
que si alguien quiere *creer en algo,* puede creer en la ciencia y su manera
de ver el mundo”.

Fuente: ElPais.com