Sunday, September 7, 2008

Sufrimiento inútil

La semana pasada, Chile se conmovió con la muerte de nueve niñas, de entre 15 y 17 años, en un accidente automovilístico. Venían regresando de un viaje de estudios en un camión escolar y, en las difíciles curvas del norte del país, el conductor perdió el control del vehículo. Se estrelló con violencia.

Los principales diarios desplegaron en sus primeras planas dramáticos recuentos y fotos tanto del accidente como de la víctimas (cuando estaban vivas y felices), y todos los sectores expresaron su dolor ante la muerte injusta de las adolescentes.

Se le prestó particular atención a este accidente, además, porque las niñas estudiaban en el exclusivo Colegio Cumbres, que pertenece a los Legionarios de Cristo. Eran nítidas representantes de la elite ultra conservadora chilena. Como bien sabemos, siempre se le presta más atención a la muerte de los ricos y poderosos que de los pobres y débiles, y este caso no fue la excepción. Pero la tragedia es la tragedia, sin importar como te llames.

Con ese suceso resuena la imagen de cientos de niños muertos, enterrados entre los escombros de una escuela en China tras el terremoto de mayo de este año: otra vez, son niños los que han muerto. Estas imágenes que duelen nos obligan a preguntarnos si el sufrimiento de los inocentes tiene alguna utilidad.

Por naturaleza, los humanos tratamos de entender o justificar los hechos que nos rodean. ¿Por qué nos azota un huracán, un tsunami o un terremoto? ¿Por qué mueren inocentes en campos de concentración, en guerras, en accidentes? ¿Por qué nos pasa a nosotros? Porque algo habremos hecho, se piensa. Nuestro instinto nos ruega que le digamos que no sufrimos por o para nada.

La religión suele tratar de encontrarle sentido a estos eventos incomprensibles, a fin de reconfortar a los supervivientes y ganar adeptos. Así, es fácil para los teólogos construir discursos sobre la maldad humana o la necesidad de redimirnos. No es nada nuevo: las religiones llevan 10 mil años —desde las más antiguas creencias africanas— tratando de encontrarle un sentido a la muerte en la tierra.

La reflexión solía ser una entonces y no ha variado mucho: necesitamos sacrificarnos para redimirnos y evitar el castigo divino.

Siempre duele menos pellizcarse a uno mismo que ser pellizcado por otro. Eso es el sacrificio religioso: me privo de algo que deseo o quiero, con la esperanza de que ese sufrimiento me ahorrará un castigo divino, infinitamente más terrible. La idea es que el tormento es inevitable, pero limitado: si me lo causo a mí mismo, los dioses no tendrán por qué inflingírmelo. Así, para apaciguar a los dioses se sacrifica un animal, comida, placeres o incluso una persona, esperando que ese dolor sea suficiente para satisfacer a los dioses. La ley kármika no es distinta: hacer el mal te traerá el mal, hacer el bien te traerá el bien.

Pero en la realidad hacer el bien no trae el bien, sólo la satisfacción de haber hecho lo correcto. Ese es el pago kármiko. En todo caso, se nos dice el pago vendrá en otra vida.

El sacrificio tampoco aplaca la ira de los dioses y el castigo existe independientemente del pecado. La conexión entre ambos factores (castigo-pecado; sacrificio-redención) la creamos de forma arbitraria, con la ilusión de tener control sobre nuestra existencia.

Entonces la pregunta es, ¿por qué los inocentes sufren? ¿En qué nos redime la muerte de miles por un desastre natural o una plaga o una hambruna o un accidente? Los religiosos suelen construir retóricas que siempre terminan en lo mismo: “el Señor trabaja de forma misteriosa” o “hay cosas que están más allá de nuestro entendimiento”.

Ese es, desde mi punto de vista, el gran fracaso de las religiones y una de las razones por las que me es imposible creer en cualquiera de ellas: su incapacidad para explicar el sufrimiento inútil.

No estoy diciendo —y lo señalo antes del río de correos furiosos— que los creyentes estén mal o que vivan en el error. Realmente no estoy emitiendo juicios sobre las convicciones religiosas y supongo que a muchos les hará bien creer.

Lo que estoy diciendo es que en realidad la mayor parte del sufrimiento no es positivo, no es bueno para el alma ni el cuerpo y deja una estela de daño. Es por eso que el principal instinto que une a todos los seres vivos es el deseo de evadir el dolor.

Las niñas muertas en Chile —católicas inmaculadas— y de los niños en China —inocentes perfectos— son ejemplo del azar del sufrimiento. De la profunda fragilidad de la vida.

El reto que como humanos experimentamos, entonces, radica en tener la entereza de aceptar que nos tocará nuestra dosis de tragedia y no debemos desmoronarnos ni rendirnos ante ella. Entender que el sufrimiento suele ser inútil e inmerecido puede ser extrañamente liberador.

Fuente: La Crónica de Hoy (México)
Andrés Pascoe Rippey

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