Saturday, August 16, 2008

La Iglesia y la democracia

Para la Iglesia siempre fue difícil aceptar la democracia republicana. Inspirada en el dogma de que todo poder viene de Dios y que los únicos gobiernos legítimos eran aquellos consagrados por el Papa, se opuso a los gobiernos republicanos surgidos de la independencia. Para ella, la teoría liberal de que la soberanía radicaba en el pueblo era simplemente una barbaridad, propia de herejes. Y por eso se negó a reconocer a los gobiernos independientes de España, a los que consideraba ilegítimos.

El primer enfrentamiento de la cúpula eclesiástica con el poder republicano se dio en nuestro país a los pocos meses de la batalla de Pichincha. Gobernaba entonces el general Antonio José de Sucre, en calidad de Jefe Superior del Sur de Colombia, quien debió enfrentar los ataques que desde el púlpito le hacía el Obispo de Quito Leonardo Santander y Villavicencio. Ese obispo, al igual que el actual arzobispo de Guayaquil, había nacido en España y creía que el gobierno republicano debía someterse a su autoridad. También vociferaba diariamente contra la independencia y a favor del rey Fernando VII. Un buen día, al manso y tolerante Sucre se le acabó la paciencia y dispuso que el obispo fuera capturado y devuelto a su país de origen. En nombre del “patronato republicano”, Sucre nombró en reemplazo del obispo defenestrado al patriota canónigo Calixto Miranda.

Un nuevo enfrentamiento hubo en tiempos de Rocafuerte. Lo provocaron los curas cuencanos Andrés Villamagán, Julián Alvarez y Vicente Solano, quienes dictaron excomunión contra unos periodistas guayaquileños que habían criticado los abusos de la Iglesia. El presidente consideró que esa excomunión atentaba contra la libertad de prensa, consagrada por la Constitución, por lo que ordenó el apresamiento y destierro del vicario capitular del Azuay, que creía estar todavía en tiempos de la colonia.

Villamagán, un activo político conservador, llegó a ser más tarde uno de esos curas–diputados que combatían en el Congreso contra cualquier asomo de liberalismo y cualquier idea que no fuera del gusto de la Iglesia. Pero quien más se distinguió en este campo fue el canónigo Julio María Matovelle, que en tiempos de García Moreno fuera senador y líder del bando conservador.

Tiempo después, ya muerto el Gran Tirano e instaurado el gobierno democrático del liberal–católico Antonio Borrero, Matovelle seguía clamando contra la libertad y haciendo loas a la tiranía. Escribió en su opúsculo “El catolicismo y la libertad”:
“La libertad nos fastidia, el despotismo nos hace falta: quien quiera implantar entre nosotros un sistema verdaderamente republicano, será la burla de todos; será considerado como un idiota, como un gobernante débil y apocado. Si nos dan la libertad, la arrojamos al fango del libertinaje: nuestras tradiciones, nuestros hábitos, nuestra poca cultura, nuestra falta de carácter, todo reclama la vara del despotismo.”

Hoy, más de un siglo después de esos hechos, el poder eclesiástico vuelve a enfrentarse al poder soberano del pueblo, en busca de imponer al país entero, a católicos y no católicos, una anticuada y absolutista visión del mundo. ¿Cuál será el desenlace?

Autor: Jorge Núñez Sánchez

Fuente: ElTelégrafo.ec (Ecuador)

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