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Misoginia Atávica

Sunday, November 8, 2009

El idealismo no excluye al pragmatismo. Si nos atenemos a nuestra civilización, con raíces en la Biblia, vemos que, ya en el momento de nacer, la hembra es minusvalorada. Mientras, al nacer un varón, la madre se transforma en intocable, durante cuarenta días, el alumbramiento de una hembra hace que la parturienta sea considerada impura, religiosamente, durante ochenta días. Debiendo mantenerse, madre e hija, aisladas y apartadas del varón, en esa doble cuarentena.

La ausencia de mujeres en los centros de decisión religiosa, sobre todo en la cúpula sacerdotal, donde su acceso es vetado, ha propiciado la evolución de reglas, en las que la mujer sale siempre perjudicada. Esto se refleja en los códigos civiles, a consecuencia. No puede sorprendernos que, las corrientes dirigidas hacia la liberación de la mujer, raramente hayan sido inspiradas por estamentos religiosos. Al contrario, la incipiente liberación femenina y su incorporación a la sociedad, hasta tiempos muy recientes, se ha ido consiguiendo, con la constante oposición de las jerarquías religiosas, en las principales confesiones. ¡Dios las guíe, porque han errado el camino!

Toda actuación desata consecuencias. De forma irreversible. No cabe arrepentirse de lo actuado. Si matas a alguien, cuando te arrepientes, ya es demasiado tarde. El derecho consuetudinario de los pueblos, tiene sus raíces en los posos restantes de las distintas religiones, que tuvieron asiento en el territorio. Las costumbres de la comunidad actual, guardan las huellas del pasado. Por tanto, influyen en las leyes. No entienden de igual forma los derechos del individuo quienes hayan sido educados en distintos credos. Una vez se implante una corriente religiosa cualquiera en una sociedad, su ética impregna todas las instituciones. Las leyes, las costumbres, las enseñanzas, la sociedad, en suma, cambian, cuando se alteran las creencias. No es lo mismo vivir en una sociedad libre, de ciudadanos racionales, sin dogmas ni obediencias ciegas, que hacerlo en una dominada por creencias irracionales y doctrinas integristas. Para no atacar a alguien que sea más débil, se necesita valor. Para hacerlo, sabiéndome el más fuerte, no necesitamos valor. Sino cobardía y desprecio por el más débil.

Para zanjar diferencias, siempre se puede hablar. Una vez más. Indagar las razones del oponente. Conocer qué lo mantiene en lo que consideramos su sinrazón. Y recapacitar si lo asiste algún derecho. Atacar, cuando se está seguro de la propia victoria, no es de valientes. El fuerte, ha de serlo en sus razones. Razonar más, cuanto más fuerte se sea. Para que no quepa duda de la fuerza de la razón. Las reglas de conducta que, en algunas religiones, admiten el maltrato y supeditación de la mujer, dejan ver, que los legisladores son, siempre, hombres, Con mentes primitivas. La cobardía está en la búsqueda de la impunidad.

Las cosas de este mundo, entre las que contamos la convivencia entre hombres y mujeres, han de ser regidas por la razón. Con ayuda de los conocimientos y de la propia conciencia. No por las creencias.