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Humanidad con Ideas

Tuesday, November 3, 2009

Sin hombres, no hay ideas. Primero es la Humanidad, luego las ideas. Las ideas que carezcan de humanidad, no merecen ser puestas en práctica. El hombre, lo humano, lo humanitario, debe estar por encima de sus ideas. Las ideas deben existir para servir a los humanos, no al contrario.

La irracionalidad de algunas creencias no puede conducir sino a callejones sin salida. Tenemos la mente deformada. O somos místicos, o científicos. No se pueden mezclar ambas cosas. Quien cree, no razona. Al menos, no razona libremente; porque sus creencias le limitan hasta donde pueda dejar de creer.

Cuando las ideas se convierten en dogmas ineludibles, esclavizan el pensamiento, impidiendo su desarrollo. Cada vez que surge algún político con ínfulas mesiánicas, hay una legión de descerebrados dispuestos a seguirlo. Parecen resucitados de entre los muertos, dispuestos a conquistar, nuevamente, tierras de infieles.

Cuando lo común, entre los políticos, es que cambien de opinión según las circunstancias, la gente de ideas fijas permanece fiel a su obsesión. Creen que las ideas han de ser defendidas contra todo cambio. Como grabadas en el más duro granito del Sinaí. Piensan que, las alteraciones producidas por la evolución, se deben a perversiones del sistema. Así, pretenden que todo permanezca tal como fue creado. Como si la Humanidad fuera idéntica a sí misma, a través de los milenios. En el apogeo del poder de las creencias, durante la fatídica Edad Media europea, casi lo consiguen. Dedicaron siglos de esfuerzos a borrar, con la espada y la ignorancia, todo el saber humano. Cortando cabezas de filósofos, quemando científicos y destruyendo cuantos escritos no fueran una servil aceptación de sus afirmaciones irreales.

Dedicaron siglos a borrar el saber acumulado durante milenios. Hasta hacer desaparecer incluso la higiene corporal y la medicina griega, árabe o persa. Las termas romanas y los baños turcos fueron destruidos, como centros de concupiscencia y cultivo del cuerpo carnal. Las grandes pestes asolaron Europa. Nunca olió tan mal y fue tan insana la humanidad. Así se hicieron imprescindibles los enormes botafumeiros, incensarios y braseros, alimentados con hierbas aromáticas. En lugar de lavarse, escondían el hedor corporal bajo el humo de las yerbas olorosas. Una sociedad convertida en pura metáfora de sus hipocresías.

Quien pretenda regir el mundo con ideas milenarias, está frenando la marcha de la Humanidad. No se puede congelar el progreso. No hay cosa más lógica que la evolución del pensamiento, cuando se pone en marcha. Las ideas estáticas pueden servir para regir conventos de clausura. No el mundo. Las ideas vivas, alimentan el progreso, las estáticas, el fanatismo. Bondad humana y bondad social son dos cosas distintas. No siempre lo que es bueno para el individuo lo es para la sociedad. La rigidez frustra más vidas que la libertad. Regir una nación con reglas de convento, nos puede retornar a una nueva Edad Media. Los nostálgicos del pasado, convocan nuevas cruzadas, cuando les apetece. Nunca quise creer en zombies y fantasmas, quizá estaba equivocado. Porque, existir, existen.

La voluntad del hombre puede determinar el curso de su vida. La suma de todas sus acciones, presentes y pasadas, buenas y malas, define el desarrollo posterior. Antes de iniciar una acción, debemos prever sus consecuencias. Y, ese es, también, el camino de la realización, encauzar los deseos propios por la senda de lo que consideremos el bien.

La disposición mental, implica el propósito de entrenamiento continuo de la mente, para llegar al conocimiento profundo del ser humano; ordenadamente, constructivamente, pero sin límites preconcebidos.

Hacer el bien, no es nada triste ni doloroso. Ha de hacerse con alegría, puesto que, buscando proporcionar felicidad a otros, nos realizamos, alcanzando la nuestra. Cualquier cosa que sea hoy, es consecuencia de lo que fue ayer.

Las ideologías asumidas condicionan al hombre. La ignorancia, el odio y el egoísmo, son las raíces de casi todos los males que nos afectan. Estos se combaten con generosidad, compasión y comprensión.

Para liberarse, cada cual ha de andar su propio camino. Nadie puede hacerlo por otro. No esperemos que alguien lo haga por nosotros. El camino que otros recorren, les adelanta el viaje a ellos, no acortan el tuyo.

Todo ser vivo, tiene un punto de luz, que ha de encontrar. De él mismo depende, que su luz se avive, siendo un todo de luz, o se apague, quedando en tinieblas. Cada acto generoso, nos hace avanzar en nuestra marcha; toda acción egoísta, nos añade peso en el camino.

Quien se aferra a lo material, sufre. Constantemente, por temor a perder aquello que se esfuerza en retener. Siendo lo material inestable, cambiante, aferrarse a ello es como querer parar el tiempo. Pretender vivir el mismo segundo eternamente. Un imposible doloroso, que, en el mismo deseo, lleva su fracaso. Se vive el instante presente, no el que pasó, ni el que vendrá.

Sólo alcanza la felicidad, quien no siente deseos de más. La transitoriedad engendra insatisfacción. La posesión, dolor. El amor a sí mismo, esclavitud. El sufrimiento es el mayor mal de la Humanidad, que se ha de erradicar, para llegar a la plenitud.

Una mente que sufre, no puede ser libre, está atada a su dolor. Para liberarse, se ha de eliminar primero el dolor. Ha de centrarse la mente en lo trascendente, olvidando lo transitorio. Olvidar los deseos de posesión, sin asentar la vida propia en la autosatisfacción.

Buda prescindió de los ritos, rechazando las ceremonias, las prácticas esotéricas y las divagaciones inútiles, sobre lo que está fuera de nuestra comprensión. Tal como pudiera ser, divagar sobre la esencia de Dios, o la organización de los mundos celestiales.

A pesar de ello, las numerosas sectas que del budismo han ido emergiendo, a través de los milenios, van elaborando unas teorías y prácticas, cada vez más complicadas y esotéricas, que no tienen nada que ver con la doctrina básica de meditación de Buda. Él dijo que, el secretismo y los misterios, distinguen a una doctrina falsa de la auténtica.