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Obedientes Fanáticos

Friday, September 11, 2009

Fanáticos y extremistas no tienen émulos o adversarios, sólo enemigos y clones. Los enemigos están para ser aniquilados y los clones para engrosar la masa. No se admite la disidencia. Sus verdades son dogmas, que han de imponerse. Todos los dictadores, procuran que se confunda al propio país con ellos mismos.

Cuando hablan de sus enemigos personales, de sus opositores, siempre generalizan. Tratan de hacerlos pasar por enemigos de su país, y, con ello, de todos sus compatriotas. Lo malo es que hay gente que lo cree. Sin embargo, el peor enemigo de un pueblo subyugado es, siempre, el dictador de turno que lo subyuga. Quien obedece ciegamente, cumple el fin para el que ha sido reclutado: engrosar las filas de seguidores incondicionales. Obligar a los adeptos a seguir una línea de pensamiento única, es un acto de sometimiento, de humillación, como ante un confesor todopoderoso, que pretende poder abrir las puertas del cielo, siempre que se sigan sus indicaciones.

Nada se puede juzgar aisladamente, sino embutido en sus propios antecedentes y consecuentes. La acción, en sí, tiene tanta importancia como pueda tenerla la oportunidad y propiedad de lo actuado. En la cultura china, incluso la desobediencia a los suegros, es un motivo de repudio, para la mujer casada. Así, la sociedad se mantiene inamovible. La unidad de criterio, como bien supremo a conseguir, es un cementerio de ideas. La anulación del pensamiento, progresista y progresivo. El camino de creación de las dictaduras está empedrado con cabezas de ‘disidentes’: Aquellos que osaron pensar por sí mismos.

Los partidos políticos no son iglesias, con dogmas inamovibles. Han de adaptarse al correr de los tiempos y a las necesidades de los ciudadanos. Un partido político, no puede estar concebido como un ejército disciplinado, con el general en jefe a la cabeza. Eso puede derivar, solamente, en la constitución de dictaduras anquilosadas. Donde la disciplina, la obediencia, el acatamiento, se convierten en leyes supremas, petrificantes de la sociedad. En ese ambiente, muere la creatividad y se agosta la felicidad individual, base de toda sociedad equilibrada. No puede construirse una sociedad feliz, si se oprime a sus componentes, los individuos. El resultado final, siempre es la suma de sus integrantes.

El pastor-dirigente sabe crear en sus fieles-corderos una serie de obligaciones morales, difíciles de cumplir; pues exigen la autoinmolación de todo pensamiento disidente. Esto conduce al sumiso a un mar de dudas sobre su propio valor, haciéndole sentir la sensación continuada de estar siempre fallando. Lo que implica una deuda creciente con la organización a la que pertenece y sus santones. Una vez se haya enraizado este sentimiento, tales organizaciones se esmeran en cultivarlo, como medio esencial para mantener al adepto siempre sometido.

El fundamento mágico–religioso–psicológico de la admisión del error, parece ser el de tratar de borrar, con el poder de la palabra expresada, las transgresiones lamentadas. Posteriormente, mediante la vuelta al redil, el premio es: permanecer sumisamente junto al pastor.