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Primitivismos

Friday, August 14, 2009

Al igual que el hombre es, cada día, un ser diferente, según sea su vida y experiencias, las religiones, a pesar de sus pretendidos valores eternos, van evolucionando, lentamente, mientras están vivas.

Absorbiendo ideas, transformándolas en su interior y excretando otras: los residuos inservibles, que son abandonados, olvidados en el pasado. Ningún concepto permanece indemne.

Podríamos afirmar que las religiones no se crean o destruyen, se transforman y ramifican. Si tomásemos las enseñanzas de Cristo tal como fueron expuestas, podríamos deducir, claramente, que no quiso crear una nueva religión, sino purificar y reavivar la enseñanza existente en su pueblo, el judío.

Tras la muerte de Cristo, la primitiva iglesia cristiana asamblearia, pasó pronto al acatamiento y creación de autoridades, dentro y fuera de su cuerpo doctrinal.

La organización ha sido plenamente jerarquizada, aún con más fuerza que cualquier sociedad civil. El principio de autoridad es unívoco.

Por ello, no puede sorprender la tendencia a santificar, de forma proporcionalmente injustificada, a quienes alcanzaron altas posiciones sociales. No hay ninguna razón lógica para presuponer mayor santidad a un obispo, rey o Papa, que la demostrada a diario por cualquier monja misionera, dedicada con toda su alma a su labor ignorada.

Generalmente, no suelen coincidir los hombres buenos con los más destacados socialmente. Para escalar puestos, en toda sociedad humana, hay que intrigar; eso no se hace derrochando virtudes. Para llegar al papado, hay que ser más político que santo.

La creencia cristiana, relacionada con la resurrección de los muertos y el rescate de las almas del Purgatorio, parece una transposición evangélica del mito egipcio primitivo, que hallamos en todas las religiones circundantes del Medio Oriente.

La creencia en seres resucitados, no es exclusiva de ninguna religión. No hay grandes diferencias, entre relatos similares, correspondientes a diferentes religiones de origen emparentado.

La Menorah, candelabro de siete brazos(o ramas) usado en el culto judaico y que ha llegado a convertirse en el símbolo del estado de Israel, tiene su origen como representación de la unión de los siete dioses, correspondientes a cada uno de los planetas, que dan su nombre a los días de la semana babilonia. El tronco que une estas ramas de poderes planetarios, era llamado El-Ohim, cuyo significado es ‘unión de fuerzas’. Con el tiempo, tras la prolongada estancia de gran parte del pueblo hebreo en Babilonia, llegó a transformarse en el nombre y símbolo primitivo del Dios de los hebreos. Que se cita con este apelativo en los libros más antiguos de la Biblia. En el Génesis se puede apreciar cómo Elohim habla de sí mismo en plural. Puesto que su concepto básico era el de ‘unión de poderes’, actuando bajo una sola personalidad.

Los primeros lugares de oración conocidos, fueron señalados con piedras. También, en toda religión y sistema mágico de la antigüedad, se atribuyeron poderes especiales a ciertas piedras singulares.
Bien por suponer que en ellas vivía algún dios, o por creer que eran el medio necesario para llegar hasta él. Donde todo comienza, todo acaba.