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Crueldad Fanática

Monday, July 27, 2009

La crueldad circunstancial de los clasificados como ‘buenos ciudadanos’ puede ser infinita. Quien, en sus actos crueles, se sienta respaldado por su fe en una doctrina que lo impele a ellos, puede actuar como un demonio de maldad, impulsado por su deseo de difundir su creencia.

Cuando en los pueblos del Medio Oriente se quiso representar el símbolo de la Casa de Dios, se optó por hacerlo con una cabaña o jaima de lona, símbolo apropiado a su condición de pueblos pastoriles errantes.

Los hebreos la identificaron con el tabernáculo, haciendo que representara la residencia sagrada de Iahvé. En la religión católica se convierte en el Sagrario. Pero este símbolo descendía de la cabaña del cruel dios Moloch. A cuyo culto estuvo dedicada gran parte de los lugares que, en la evolución de Palestina, posteriormente, fueron consagrados a Iahvé.

Los fanatismos siempre son crueles. Si algo queda de irracionalidad en la sociedad humana, es todo lo que se refiere a las antiguas creencias institucionalizadas. Las leyes actuales no pueden ser irracionales. Han de estar adaptadas a la medida de todos los ciudadanos, creyentes y no creyentes. Las leyes no pueden primar a unos sobre otros. Porque los ciudadanos actuales son todos iguales ante la ley. Los derechos, que defienda la ley, han de ser universales.

Las leyes de la pervivencia no son democráticas. El fuerte sobrevive, el débil perece. La bondad lleva más al sacrificio que a la gloria. O sea, es más probable que sobrevivan los más fuertes y malintencionados, sobre los mejores. Con posterioridad, la fuerza interior, capacidad de formación e inteligencia, que el individuo sea capaz de reunir, es la única capaz de mejorar sus condiciones de vida.

En estos días, algunos moralistas con pretensiones de exquisitez doctrinal, se han permitido dudar de la moralidad de injertar una parte importante del rostro a una joven que había sido mordida brutalmente en la cara por un perro. La base teórica para no mejorarla es que podría cambiarle la percepción de su personalidad, puesto que, al tener aspecto distinto, podría no identificarse con el nuevo rostro. ¿Sería mejor que se acostumbrase a reconocerse sin mentón, sin nariz, sin labios? ¿Alguno de estos moralistas tiene hijas? Seguro que no, sus discursos parecen infrahumanos. La crueldad de algunos pretendidos moralistas puede llegar a ser infinita. Esa lógica retorcida sólo conduce a la glorificación del dolor y a la negación de toda alegría vital. ¿Es más pecaminoso el placer que el dolor? Así se justificaban, durante siglos, los tormentos de la Santa Inquisición. Dios tenga en su seno a quienes así piensan. Pero, preferentemente, que los coloque, a todos ellos, bien lejos de la Humanidad alegre, contenta, buscadora de placeres, belleza y bienestar. ¿Es pecado buscar la felicidad? Creo que no. Sobre todo, si no se consigue causando, intencionadamente, la infelicidad de otros. La conclusión, en todo caso, es que, si los progresos científicos mejoran la calidad de vida humana, deben aceptarse.