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La indiferencia no existe

Sunday, July 5, 2009

La clasificación religiosa de los humanos, sitúa en el más alto nivel a quienes cumplan los preceptos religiosos, y crean, incondicionalmente, cuanto se les presente bajo el sello de la fe. Los demás, los condicionados, razonadores, fríos, indiferentes o descreídos, ocupan los más bajos niveles de consideración.

Así, la disciplina, la obediencia, la fe, la aceptación de la autoridad, todo, en el fondo, producto de un mismo acto de sumisión, parecen ocupar un rango superior entre las virtudes religiosas. Algo no muy alejado del concepto militar de disciplina. La obediencia debida. Pensar por sí mismo, queda prohibido. Claro que, ejércitos hay muchos. Y todos con los mismos principios: Defender lo suyo. Ese es el fin con el que fueron creados, indudablemente. Pero, que esa sea la única posibilidad de posicionarse por la justicia, cae dentro de los límites de lo, legítimamente, dudoso.

Temamos a quienes dicen hablar en nombre del Bien. Porque dejan implícito que, quien los contradiga, lo hace en nombre del Mal.

Todos los imperios aducen razones morales, religiosas, justicieras, para excusar sus guerras aniquiladoras. Realmente encaminadas a expandir su propio caudillaje. Tales razonamientos se han mostrado repetidamente erróneos, a lo largo de la historia. Los tiempos no han cambiado tanto. En los nuevos mensajes, oímos ecos de misiones anteriores. Sólo que el tono monocorde acaba adormeciendo la sensibilidad de los sentidos. Palestina y Líbano llevaban siglos de relativa tranquilidad, hasta la llegada masiva de los exiliados europeos, especialmente hacia la primera mitad del siglo veinte. Tras siglos de ausencia. Actualmente, los realmente expulsados de su país ancestral son los libaneses y palestinos. Hay ya millones esparcidos por el mundo. Se les niega el derecho a vivir en las tierras de sus ancestros. Se les han quitado los terrenos fértiles. Se les impide construir en sus ciudades. Se bombardean sus escuelas. Se construyen nuevos asentamientos en medio de sus huertos. Estos hechos nunca son justificables, aunque se hayan repetido, en distintas épocas, a lo largo de la historia. Las matanzas en Palestina también merecen ser calificadas de ‘crimen contra la Humanidad’. No sólo las de judíos. Tantos años de amargura, producen lágrimas suficientes como para ahogar los buenos sentimientos de todo un pueblo.

Nada es bueno o mejor por sí solo. Comparativamente, los conceptos adquieren su valor real. Cambiando el momento y las circunstancias, el mismo hecho puede recibir signo contrario. Las cosas son, siempre, algo más que lo apreciado de ellas.

Dejar hacer, permitir el libre curso de los acontecimientos, no intervenir en lo que, de todas formas, sucederá. Esa actitud quietista, puede derivar en indiferencia ante la vida y una aceptación fatalista del decurso de los hechos. Su mensaje de fondo es pensar que, si algún desarreglo surge en la Naturaleza, o en la vida de los hombres, la falta de armonía sería debida a la intervención humana. Por tanto, mejor no tocar, dejar hacer. Esto, en la práctica, no funciona. Y menos aún en un mundo superpoblado. Mediar es necesario.