Go to content Go to menu

Como dioses

Tuesday, April 7, 2009

La creencia es la antítesis de la ciencia. Si, quienes predican la verdad única, la que ellos representan, logran meterte en la botella inexistente de sus límites, los que ellos fijan, estás atrapado. No pensarás más. A la mosca encerrada en la trampa, no se le muestra la salida de la botella, porque, realmente, está encerrada en sí misma. La botella, es decir, el límite exterior, el de sus conocimientos, no existe. La persona es lo que es, como suma y resumen de todo lo que ha sido. Las restricciones a su vuelo, le vienen dadas por la propia limitación de sus fuerzas. La formación marca el camino. Moralmente, se te permite volar sólo en espacios acotados, si formas parte de una sociedad dominada por creencias.

Con límites a la expansión del espíritu y la adquisición de conocimientos, no tendremos nunca la tentación de ‘querer ser como dioses’. Pretender avanzar, querer saber siempre algo más, es considerado, por los dictadores morales, un pecado de soberbia, de vanidad,…la tentación de Belfegor. El vanidoso demonio que, dicen, inspira a los científicos, para hacerles creer que pueden ser como dioses: creadores. Con lo que la creación científica se convierte en objeto de pecado. Realmente, el peligro lo ven en el espíritu mismo de la ciencia. En ciencia no se cree, se investiga, se disiente, se prueba, se demuestra. Hasta llegar al estado más cercano a la verdad, que pueda percibirse. Para retomar el progreso científico continuado, es decisivo desligar, totalmente, la ciencia de la religión. Para que no se tema, topar con la justicia de sus ministros religiosos, cada vez que se pretende avanzar en los estudios humanos.

En toda religión, encontramos teorías de clara evolución y otras que han permanecido cerca de sus orígenes. El creyente admite cuanto le viene dado, en el tiempo que le es proveído. Si le surgiesen dudas, las achacaría a su falta de fe, no a fallos doctrinales. Un motivo más para aumentar su sentido de culpabilidad. Sin embargo, odas las religiones modernas han surgido de creencias anteriores, que han ido evolucionando. Ninguna surgió de la nada. En el Hinduismo, religión la más prolífica entre todas, se llegó a admitir la existencia de trescientos treinta millones de dioses. La inclinación actual destaca la importancia de algunos de ellos, declarando a los demás como dioses menores, o semidioses. Donde se ha llegado al monoteísmo, se han ido concentrando todos los atributos divinos en uno solo de ellos. Prescindiendo de los demás.

La vuelta a la ortodoxia tradicionalista, protagonizada por rebrotes integristas, las reafirma como organizaciones de poder, cuya principal arma no sólo es el miedo a lo desconocido, sino la inmediatez añadida de terribles castigos corporales. Tales como diversas mutilaciones, o la muerte. Que fueron sentenciadas en todas las religiones derivadas de la Biblia. Como aún es práctica en algunas corrientes islámicas. Tal como lo fue en todos los países europeos de creencias cristianas. La Inquisición dejó vestigios imborrables en nuestra historia. Recordemos, de paso, que el único país europeo, donde está vigente la pena de muerte, es en el muy cristiano y diminuto Estado Vaticano. Los principios de dominio siguen teniendo su base en el miedo, que suele derivar en terror. Las verdades absolutas son el mayor enemigo de la Humanidad, pues no admiten la duda. Son el freno de todo pensamiento disidente.

Todo cambia, todo avanza, todo se descompone, vive. Toda verdad, para ser efectiva, ha de adaptarse al nivel de conocimientos de quien la recibe.

Al leer textos antiguos, debemos tener en cuenta, siempre, que las afirmaciones hechas hace miles, o cientos, de años, no tienen una traducción inmediata y equivalente en nuestro tiempo e idioma. Los conceptos varían su valor, con la acumulación de conocimientos. Así, no podemos caer en el frecuente error de establecer escalas de valores, por comparación con nuestros esquemas actuales.

Elemental es, considerar que ninguna religión, al menos que conozcamos, nació como sistema cerrado. Todas han ido evolucionando, dando nuevo significado a verdades que dejaron, con el tiempo, de serlo.
La mayoría de los términos usados actualmente en religión, era desconocida a sus fundadores.

Simplemente, porque aún no se habían acuñado. El pensamiento abstracto no es propio del hombre primitivo. Y, por tanto, el valor que damos hoy a palabras y frases usadas en una época lejana de la Humanidad, está teñido, totalmente, de nuestros conocimientos, apreciaciones y mentalidad actuales. Con lo que, al interpretarlas con nuestra mentalidad actual, falseamos la evaluación original de su significado.

Los dioses cambiaron, con las condiciones de vida. El hombre primitivo no podía concebir que los rayos, truenos, tormentas y cualquier otra fuerza, energía, o función natural, actuasen por causas físicas. Las actividades más elementales, las atribuía a la acción de los espíritus internos de las cosas. En un estado más avanzado de pensamiento religioso, se asignó a la voluntad de un ser poderoso, que dominaba la parcela de naturaleza afectada. Así nacieron los dioses de los elementos. Thor, el dios escandinavo. Zeus, desde el Olimpo griego, Indra, en Persia y la India. O Júpiter entre los romanos, arrojaban rayos a sus enemigos. El mismo Jehová aparece rodeado de rayos y truenos en el Sinaí. Es del todo normal que, en una época en que el hombre vivía en íntimo contacto con la Naturaleza, los dioses fueran los señores de ésta.

Tal como es natural que, en la era espacial, los nuevos místicos hablen de extraterrestres, naves interplanetarias, lejanas galaxias y abducciones. Tales transportes serían el equivalente moderno del arrobo místico o éxtasis.

Las actitudes personales, pueden ser idénticas, ante doctrinas diferentes. Los fariseos de los tiempos bíblicos, equivalen a los fundamentalistas, tradicionalistas, conservadores, ortodoxos, integristas o intransigentes, de la actualidad. Observadores totales de los ritos, las formas, las ceremonias, las apariencias, la tradición y la ley. Se distinguen también por su intolerancia hacia quienes intentan actualizar las doctrinas, adaptándolas a los cambios sociales. Es decir, pretenden que sólo sea válida la verdad que ellos representan, considerándola inmutable. Hasta que ellos crean conveniente matizarla, en suma, cambiarla. Quienes ostentan el poder, lo que pretenden es que no cambie de manos, para seguir siendo ellos sus administradores. Esa es la fuente de su poder, que pretenden conservar. En fin, algo muy humano: Egoísmos personales, escondidos tras grandilocuentes y vacuas teorías justificadoras,