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Psicología Fanatizada

Thursday, November 20, 2008

Gran hombre es, quien ha logrado superar su propia pequeñez. Cuando aprendemos a pensar por nosotros mismos, trazamos nuestro camino. No seguimos, matemáticamente, las huellas de quienes nos precedieron. No somos mejores, ni peores. Sólo distintos. El progreso está en la individualización de lo colectivo. Quien piensa por sí mismo, progresa y destaca, quien cifra sus aspiraciones en ser parte del grupo, desaparece en la masa. Los preceptos están para romperlos. Todas las reglas pueden ser alteradas, cuando las circunstancias, para las que fueron concebidas, cambian.

Quien se desborda, hasta inundar con sus irradiaciones a quienes lo admiran, crea escuela. La voluntad unida de muchos, forma la gran voluntad común. El gran hombre, sabe servir de centro aglutinante. Captar vibraciones de diversas fuentes, que luego sean emitidas en un solo pensamiento concentrado, sincrético, resumen y extracto de lo percibido. La unión de saberes de diversa procedencia, prescindiendo de lo accesorio, da como resultado un nuevo sistema.

La psicología de masas, que tan bien dominan los grupos de poder, crea, y mantiene en su sitio, sirviéndose de ellos, a los grupos de opinión uniformes, sustentadores de sus enseñanzas. Los grupos de poder, todos aquellos que convierten sus afirmaciones en dogmas ineludibles, dominan el uso de la psicología como arma. Adueñándose, en exclusiva, de la verdad universal, arrojan a los demás al pozo de las tinieblas. La humillación religiosa sistemática sirve para la anulación de la personalidad, crear incertidumbres y presentar la propia verdad como la única aceptable. Lo que conduce a la obediencia ciega y la apropiación de la mente de los seguidores. El poder de las creencias, anula la racionalidad, impidiendo el desarrollo fluido y natural de las ciencias. La sociedad humana, condicionada por las creencias previas, queda mutilada. La evolución social nunca está aislada de las creencias en las que se basa, o a las que sirve.

El fanatismo se inculca en la niñez. Eso lo saben bien los responsables de propaganda doctrinal de las organizaciones de poder milenarias, dedicadas a crear adeptos, atemorizados de por vida. Los miedos ancestrales, las dudas ante la eternidad de los castigos anunciados, la limitación de nuestros conocimientos, la sensación de pequeñez, ante la inmensidad del Universo, nos aplasta. Ese conjunto de sensaciones dudosas, forma el campo ideal, donde cultivan las teorías, que dan base al fanatismo fomentado, reverdecido, direccionado, exigente, de leyes limitadoras, esclavizantes, que apuntan, todas, en la misma dirección: la inculcación, de por vida, de los miedos ancestrales, que incluyen, principalmente, el deber jerárquico de obediencia y la aceptación, indiscutida e indiscutible, de la autoridad máxima del jefe del grupo. El objetivo no es más que uno: la creación de robots humanos, fieles. Que han sido formados, principalmente, para no pensar por sí mismos. Su misión principal es la obediencia. La inteligencia individual deriva en uniformidad colectiva. Dedicada, en su conjunto, a la búsqueda del triunfo del colectivo al que se pertenece.

La inteligencia racional, crea futuro. La fe, desde la irracionalidad, eterniza el pasado.

No hay religión que no se haya ocupado del sexo. Unas veces para ensalzarlo, en algunos aspectos, y, las más, para denostarlo. La represión de los instintos, es el arma más eficaz de todo código religioso.

En la antigua Mesopotamia, el rito de la fecundidad se celebraba, durante la noche del año nuevo. En su transcurso, yacía el rey con la sacerdotisa de Astarté, diosa de la Tierra. También protectora de la fecundidad, el amor, y la maternidad. Su propósito era engendrar al futuro rey. Con ello, se conjuraba a las energías naturales, en favor del país. El rey lo hacía en representación del dios Tammuz, la sacerdotisa, como personificación de la diosa.

En el Budismo, cuando se pide al creyente que no haga mal uso de los sentidos, no se le está exigiendo castidad, ni la abstención total del uso de sus sentidos, sino que no los use de forma abusiva, o para hacer daño a nadie.

Para que el sexo sea lícito, en el Budismo, se requiere, como condición previa, el respeto mutuo. Sin necesidad de imponer para ello condicionamientos sociales, tales como el matrimonio. Para su legitimidad moral, sólo se pide que el ser humano deje de hacer el mal, aprenda a hacer el bien y purifique su mente. Esto, en todos los campos de la vida. Dar amor, y entregarse a él, no puede ser malo en sí mismo, ya que no sólo incluye la propia satisfacción, sino la actitud de transferir bienestar a otros, rompiendo con ello las barreras entre uno mismo y el resto de la Humanidad.

El ejercicio del amor a los otros, implica, más que caridad, compasión, misericordia, respeto. Ningún rito, o ceremonia, puede reemplazar a las buenas intenciones. Se recomienda no llevar una vida licenciosa, entendiendo como tal la que pueda perjudicar a uno mismo, a la familia, o a un tercero. Se pide que todos nuestros actos partan de una actitud generosa, moral, paciente, voluntariosa, meditada y sabia.

Los textos cristianos sobre el sexo, difieren. Se admite el acto sexual, sólo dentro del matrimonio, exclusivamente para procrear. Por supuesto, evitando toda manipulación colateral, que pudiera convertir dicho acto reproductor en algo placentero. Todo lo que se salga de esto, es pecado. La Carta a los Romanos, de San Pablo, en bien explícita sobre el tema, conteniendo los siguientes pasajes. ‘’ A quienes no dieron gloria a Dios como tal Dios, ni le mostraron su gratitud, ‘‘…'’ Dios los entregó a pasiones que envilecen: así, hasta las mujeres cambiaron el uso natural, por el que es contra naturaleza. Igualmente, los hombres también, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en su lascivia, hombres con hombres.
Podría interpretarse que, las llamadas desviaciones sexuales, son un castigo directo impuesto por Dios. Añadiendo:’ como no se dignaron retener el conocimiento cabal de Dios, Dios los entregó a una mentalidad reprobada, a realizar cosas nefandas…'’ “no sólo las hacen ellos mismos, sino que hasta aplauden a quienes las practican.