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Diluvios ¿Universales?

Thursday, November 13, 2008

El relato sobre el Diluvio Universal, que se recoge en la Biblia, quedó protagonizado, en ésta, por Noé. Afirmando que fue el resultado de un castigo divino, para eliminar a los impíos. Pero, el mismo fenómeno se repite, con variantes, en diversas culturas, todas vecinas entre sí. En la época babilónica, dos mil quinientos años antes de Cristo y, por tanto, casi mil años antes de que Moisés comenzara a pergeñar la Biblia, ya existía un poema épico, en el que se relata el Diluvio.

Posteriormente, dicho poema fue recogido en la épica de Guilgames, rey de Uruk y héroe divinizado en su cultura. Citado en la épica de Acadia y Sumeria. El escrito que sirve de testigo, se encontró en Nínive (Alta Mesopotamia), durante unas excavaciones arqueológicas. Se calcula que su producción data de una fecha en torno al año setecientos antes de Cristo.

Aunque haya más referencias, de la antigua mitología de Mesopotamia, se puede también entresacar el relato que vincula el Diluvio a la diosa Istar o Astarté, diosa madre de Mesopotamia, del amor y de la fecundidad. Se cuenta que la intensa lluvia fue producto de su llanto, por la muerte de su amante, Tammuz (prototipo de Adonis). Debido a la lluvia de primavera, Adonis resucita cada año, vivificando la naturaleza.

Esta diosa, como tantas otras de la antigüedad, admitía a su servicio prostitutas, que hacían méritos ante ella, ofreciendo sus favores en los aledaños del templo. Los regalos recibidos por las hetairas, eran aportados al patrimonio de la diosa.

En los textos sagrados de la India, se relata la hazaña de Manu, el primer humano, según los Vedas, al que algunos convierten en una encarnación de Visnú. Se dice que éste, avisado del inminente comienzo del Diluvio, salvó en un enorme barco a hombres, plantas y animales. Posteriormente, transmitió las leyes divinas a los hombres.

En El Corán, se relata cómo el Arca de Noé se posó, tras el Diluvio, sobre el Monte Chudí, al norte de Mosul, cerca de las ruinas de Nínive, en el actual Irak. Tal montaña es de unos cuatro mil metros de altura, por lo que deducen que éste fue, al menos, el nivel que alcanzaron las aguas. El Monte Ararat, que se cita en la Biblia como punto de anclaje del Arca, se halla al este de la actual Turquía. Tiene una altura de cinco mil metros. De paso, respecto a este inusual fenómeno, podemos citar que, según este relato, en su versión bíblica, el Arco Iris fue creado por Dios, expresamente, el día en que dejó de llover, como señal de alianza entre el cielo y la tierra.

En fin, si crees que algo ha sucedido, sucedió en verdad, al menos en tu mente. Para afirmar, con veracidad, que alguien hace milagros, lo primero y principal es creer en la existencia de los milagros, y, después, creer que tal persona puede hacerlos. Para completar el proceso, sólo hace falta fe ciega. Ayuda a conseguirlo, el que la persona a la cual se atribuye la facultad milagrera, sea alguien de recia personalidad y fuertes creencias. La transmisión de la convicción se hace por empatía, o bien por complementariedad. La fe se renueva constantemente y se refuerza con la presencia de otros creyentes.

La vida es apariencia, ilusión, creencias, ‘maya’. Esta afirmación oriental, muy ligada a las religiones indias, tanto hinduistas como budistas, no está muy lejos de la afirmación de Jesucristo, sobre la fe que mueve montañas. Él afirma: ‘Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis obtenido y se os concederá.’ Podríamos adquirir una lección, de algunos hechos narrados como veraces, en distintas religiones: Lo importante no es lo que otros consideren como realidad, sino lo que nosotros mismos creamos. Al parecer, todo es relativo y moldeable. En el Budismo, por ejemplo, la verdad no se alcanza por medio de la revelación y la fe, sino mediante la meditación, el perfeccionamiento cotidiano y la elevación constante de miras. Cada hombre ha de seguir su propia experiencia, y buscar la verdad por sí mismo, sin tener la obligación de creer en dogmas y verdades, que le sean presentadas por otros, como artículos de fe indiscutibles. A la iluminación individual, se llega por el propio camino.

Todo cambia, constantemente, lo único eterno es la continuidad del cambio. La evolución nunca es aislada. Cuando algo cambia, afecta a cuanto se relacione con el objeto del cambio. No pretendamos entes invariables, porque, al cambiar algo su entorno, cambia el centro y su mensaje. Lo perfecto hoy, puede ser obsoleto mañana.

La fe surge, y se mueve, en el terreno de los sentimientos. Se siente o no se siente. Pero, ni su ausencia, ni su presencia, cambian la esencia de lo creído. El hombre no deja de ser humano, profesando una fe distinta. Al contrario, hace honor a su humanidad, cambiando, evolucionando. Cuantos más cambios y mezclas, más evolución, más humanos somos. La pureza de raza es la permanencia en el origen. El estancamiento, el quedarse atrás. Si algo ha hecho que la Humanidad, en su conjunto, evolucione, ha sido su capacidad de adaptación, de mezcla, de ensamblaje. En ello nos va la existencia. No sólo física.

También intelectualmente necesitamos mezclas continuas, para no permanecer en desventaja, en lo primitivo. Las mezclas favorecen el cambio, la evolución, la búsqueda de la perfección. El Universo cambia, en su conjunto, constantemente, y así lo hace el humano. La fe, al relacionarse con los sentimientos, pertenece, por completo, al mundo interior del individuo. No es mensurable, ni homologable.

Generalmente, no vemos, oímos o percibimos directamente, a través de nuestros sentidos, sino que hacemos una interpretación conjunta de la percepción, filtrándola a través de nuestro cerebro. Lo que puede conducirnos a error, en algunos casos. Tenemos tanta mezcla de genes en nuestro árbol genealógico, que, a veces, se puede comprender que alguien reaccione con la frialdad de un ofidio, o el salvajismo de una fiera. No somos mejores ni peores, sino distintos, y distantes de nuestros orígenes.

Hasta ahora, sólo vuela nuestra imaginación, seguimos, afortunadamente, pegados a la tierra. Quienes se crean cercanos a los dioses, que vayan perdiendo toda esperanza. Somos humanos, ya es suficiente, en evolución incierta, pero constante. En el fondo, late el anhelo del conocimiento de lo eterno, de lo absoluto, del acercamiento a lo infinito, de identificación con lo divino. Sólo que ese viaje a lo desconocido se realiza en el interior de nuestro cerebro, no en el espacio. Los caminos recorridos siempre son desiguales para cada individuo. La fe pretende abarcar el Todo en sí misma. No aceptando como verdadero lo que de ella se salga.

Los viajes de la razón son más cortos. Nos acercan a la verdad paso a paso. Pero tienen la ventaja de ser más comprobables y comprensibles. Nos aproximan a verdades inmediatas, no menos importantes. Toda verdad es básica. Aunque la ignoremos, no deja de existir. La sencillez es lo más grande. Es el principio de donde todo nace, la madre que todo lo alumbra.

El hombre, como ser pensante y moral, ha de someterse a sus propias leyes. No puede pretender regir el mundo, haciendo acatar códigos hechos a la medida de los dioses. Las normas de conducta han de ser, en primer lugar, humanas. Las leyes celestes, dejémoslas para seres celestiales.