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Credulidad Martirizada

Monday, June 2, 2008

El concepto de mártir, en cualquier religión, no es muy diferente en su esencia: Mártir es el fiel que obedece, sin dudar, los que él considera mandatos divinos. Hasta sus últimas consecuencias, dando su vida. Es la ofrenda de su sacrificio, por la propia víctima; la auto-inmolación.

Una modalidad sofisticada, enmascarada, de la vigencia del sacrificio humano, es el fomento moderno del voluntariado, decidido a ofrecerse como ‘mártires’. Conscientemente enviados a lugares de peligro, a veces no se impide su muerte, para proporcionar posiciones privilegiadas a sus doctrinas. Siguiendo al pié de la letra principios expresados hace miles de años, se consigue, por el camino de la fe, que, personas de firmes convicciones religiosas, consideren su obligación y privilegio el dejarse inmolar por su religión. Aún cuando pudiera evitarse el fatal desenlace, sin menoscabo de las creencias, se escoge el camino del sacrificio. Esto, de forma natural, repercute en un mayor apiñamiento en torno al credo de que se trate. El ejemplo de los muertos, sirve de fertilizante a futuras adhesiones.

En esencia, no deja de ser una herencia del pasado más primitivo, propio de mentes esclavizadas. Todas las sectas del mundo pueden ofrecer ejemplos, entre sus seguidores, de tan extrema abnegación.
Una cosa podemos considerar clara, respecto al derecho consuetudinario de los pueblos, y es que, las religiones que hayan tenido asiento en sus territorios, van dejando huellas en las costumbres de la comunidad. Por tanto, en el derecho y las leyes. No entienden de igual forma los derechos del individuo, quienes hayan sido educados en diferentes credos religiosos. Una vez se implanta, mayoritariamente, una religión cualquiera en una sociedad, impregna con su ética todas las instituciones. Leyes, sociedad, costumbres, enseñanzas, se convierten en vasallos de la religión imperante. Esta envuelve en un halo religioso todos los actos y etapas de la vida, privada y comunitaria, de los sociedades. Los pueblos cazadores piden perdón al animal acosado. Nunca matan más de lo necesario. Cuando sus necesidades de alimento están cubiertas, cesa la cacería. Para no irritar a la Madre Naturaleza y a sus fuerzas coadyuvantes. Nunca saldrán a la caza por el placer de matar. Sólo cuando precisan comer. Es el hombre moderno, desligado de sus raíces naturales, el que usa la caza como diversión.

No hay que buscar en siglos pretéritos para encontrar testimonios. Un estudio somero de la legislación actual de cualquier país, desvela en ésta un reflejo de la sociedad y, consecuentemente, de la religión predominante, que marca la moral oficial. Desde la antigüedad, los grandes legisladores invocaron la inspiración de Dios, para justificar y hacer respetables sus leyes. Curioso es que, ninguno de estos dioses, olvidase colocar, a legisladores y sacerdotes, por encima del pueblo llano. Moisés, Mahoma, Manu, Hammurabi, los césares romanos, los faraones egipcios, los zares rusos, los emperadores – dioses japoneses, o los emperadores europeos, consagrados por los Papas, dan el tipo perfecto del codificador político - religioso, que gobierna por la gracia del Dios Creador y con su ayuda.

Un pequeño indicador, casi anecdótico, que puede señalar la íntima relación entre religión y leyes, en la sociedad occidental, lo tenemos en una curiosa costumbre, arraigada en la Edad Media, para arbitrar pleitos: los llamados ‘juicios de Dios’, u ordalías. Que dejaban al hombre sometido a una total arbitrariedad, a la justicia del azar, que se presentaba como justicia divina. Quien saliese perdedor de una pelea, un duelo, una carrera, o cualquier otra prueba fijada, para deducir culpas, era declarado autor del delito que se achacase a uno de los dos posibles implicados, contendientes por su inocencia. Por supuesto que ganaba siempre el caballero más fuerte y de peores intenciones, o mejor formado en el ejercicio de las armas, pero el fundamento teológico - legislativo de tal práctica era contundente: Si Dios había hecho ganar a uno de los contrincantes, era debido a que la razón asistía al ganador. No se devanaban más los sesos. Dios es justo.