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Rusia y la Democracia Orgánica

Wednesday, April 16, 2008

Rusia, todavía, tiene una democracia embrionaria, que no acaba de desplegar sus alas. Se encuentra en su estado de crisálida vulnerable. La democracia jerarquizada, con demasiadas rigideces heredadas, no alcanza al pueblo. Las libertades quedan reservadas para los altos cargos, que son quienes elaboran las reglas. La cabeza del estado decide qué libertades quiere otorgar y a quién. No hay un derecho a la libertad, generalizado y aceptado por todos. Perduran demasiados miedos a quienes ostentan el poder. A pesar de los numerosos años que perduró la dictadura comunista, casi todo el siglo veinte, la Iglesia ortodoxa no perdió sus raíces. Protegiendo su existencia sometida, los gobiernos ateos del partido comunista, pudieron afianzar, aún más, su poder. No dejaron desaparecer las raíces religiosas del pueblo ruso, porque, dominando a las organizaciones religiosas, dominaban a sus creyentes. Eso sigue sensiblemente igual.

El temor a lo desconocido, uno de los miedos más primitivos del ser humano, da base firme al temor religioso, a los seres celestes e infernales, peana de la obediencia religiosa. Los zares, como todas las grandes monarquías, se mantuvieron en el poder durante siglos, arropados por las jerarquías religiosas.

Lo que funciona actualmente en Rusia, es algo parecido a una democracia orgánica. Al estilo de la que se montó en España, durante la dictadura franquista. Pero multiplicada por cien, como corresponde a la inmensidad y riqueza del país. Un solo partido ha sido capaz de superar todas las barreras políticas. Aquel en el que milita el presidente de la nación.

Desde el exterior, no podemos tener un conocimiento cierto de cuanto pasa en Rusia, Pero ése es sólo uno más de los componentes singulares de esta democracia especial. La inseguridad jurídica que parece respirarse en la actual inmensa nación rusa, es una singularidad más, entre muchas.

Las organizaciones policiales han cambiado de nombre, Pero, sus jefes principales, tienen raíces profundas en el pasado imperial soviético. Rusia no ha dejado de ser un imperio, nación de naciones. Y su jefe del estado tiene un sinuoso pasado de continuidad ininterrumpida en la policía estatal. Cuyo esquema orgánico, marcadamente efectivo, se ha reproducido, al servicio del gobierno, más que al servicio de los ciudadanos.

En el mundo hay muchas clases de policía. Las hay que obedecen directamente a la jefatura del estado. Otras están bajo el mando de un ministro, al servicio del gobierno de turno, por último, las hay que sienten su profesión como un servicio al pueblo al que pertenecen. Esta es la que tengo más cerca de mis sentimientos. La primera vez que sentí que la policía estaba allí como amiga, para proteger a los ciudadanos, fue en Suecia, cuando vivía allí, hace muchos años. Sentí su sonrisa amiga, que me inspiró confianza, y sus ganas de ayudar. Mi experiencia, hasta entonces, había sido que, si buscabas apoyo en la policía, podías salir del puesto de guardia escaldado. El mejor policía era el que estaba ausente.

En la actualidad, efectos de la democracia, parece que el índice de confianza mutuo sigue subiendo. Todos vamos a prendiendo a vivir respetándonos. Sin miedos, sin traumas, sin privilegios.

Quienes crean que pueden mantener la mente humana congelada, sin pensar, se equivocan. Los obedientes piensan, sólo que no actúan según sus pensamientos, sino siguiendo las órdenes recibidas. Quienes basan su poder en la ceguera mental cultivada entre sus seguidores, sí que tienen la mente fría. En el punto de congelación, conservan sólo una raíz, la del poder, alimentada por el miedo ancestral a lo desconocido. Que inculcan en la mente de sus obedientes subordinados. Condenar la curiosidad y el libre albedrío, es matar la ciencia. Quienes dan prioridad absoluta al principio de obediencia debida, no pueden ser adalides de la libertad. Obedeciendo órdenes, se aprende a vivir sin protestar, en sociedades monolíticas, con un solo señor. No mucho más.

Cultivar mentes planas, obedientes, es una labor que han perfeccionado, magistralmente, durante siglos, distintos sistemas de creencias. Labor ardua, larga, de equipo, siempre inacabada. El secreto de su continuidad. Quien busca la universalización de su verdad, es que no acepta la validez de las demás verdades.

Para llegar a estos fines, se empezó hace muchos siglos a borrar cuanto vestigio de racionalidad pudieran encontrar en su mundo. Siguieron, hace miles de años, el rastro dejado por los emperadores chinos y los reyes de Mesopotamia, que rescribían la historia en cada reinado, para atribuirse más méritos que sus antecesores. Y el de los escritores de la Biblia, que se escribió y rescribió, durante siglos, validando, o declarando apócrifos, libros que anteriormente habían sido considerados en sentido contrario. El pueblo estaba para callar y obedecer. En esta línea se ha trabajado siempre, como se pretende continuar. Adaptando la historia a la conveniencia del momento. Se quitan méritos a unos, para añadirlos a quien interese exaltar.

Una forma eficaz de hacer desaparecer el pasado, era borrarlo. Antiguamente, presentaba menos complicaciones que en la actualidad. Los libros, escritos a mano, no se reproducían por millones. Con formar una hoguera, desaparecían los de una ciudad. Es curioso y providencial que, algunos escritos de la antigüedad clásica, se hayan salvado de la destrucción total, por su ocultación, mediante aprovechamiento del soporte. Bajo numerosos pergaminos medievales, se han encontrado las huellas de textos griegos o latinos, que habían sido borrados, para volver a escribir sobre ellos. Son los famosos palimpsestos. Que ahora revelan, involuntariamente, sus intestinos ocultos. Los místicos monjes de la Edad Media, a quienes no interesaban las fórmulas matemáticas de los sabios griegos y menos su filosofía racionalista, decoloraban los escritos primitivos con zumo de limón o vinagre. Una vez borrado el texto primitivo, “reciclaban” el pergamino. Usándolo para copiar textos religiosos. Nunca pudieron figurarse que, en el presente siglo, debido a su cicatería, pudiésemos leer de nuevo el antiguo texto desaparecido, sin borrar el nuevo. Mediante el uso de luz ultravioleta y otros métodos de laboratorio, se vislumbran nuevamente escritos de Aristóteles, o Arquímedes. Un milagro técnico. Los miles de textos que fueron quemados por la Inquisición, antecesores, sucesores y adláteres, no podrán recuperarse, lástima. Pero, al menos, cabe la esperanza de que, bajo tanto libro de oración preservado, resurja parte de la cultura anterior ocultada. Más avanzada que la de quienes habían pretendido exterminarla. Cuando no se siguen las órdenes dadas, de refrenar la curiosidad, como se le mandó a la mujer de Lot, pueden pasar cosas dispares: Ella se convirtió en estatua de sal, según cuentan, Madame Curie se trocó en una científica excepcional. Todo depende de escoger el camino adecuado, se mire a donde se mire. Las reglas religiosas, no pueden convertirse en cárceles de la mente.

La base de la felicidad, de la creación, del progreso, es la libertad. Sin ella, el ser humano no es nada. Como un mono en una jaula. Cuando se carece de libertad, el deseo de alcanzarla consume todos los esfuerzos. Teniéndola, cada persona es responsable de sí mismo, su cuidador y mejor amigo.
Cada cual se realiza, llevando a la práctica sus tendencias naturales. El individuo, en libertad, consigue la felicidad, ejerciendo la armonía de su propia naturaleza. La identificación armoniosa del individuo con el Universo, es lo que le confiere libertad y felicidad.

Dada la relativa eternidad atemporal del Universo, y su continua metamorfosis, puede considerarse que la evolución es casi como una creación evolutivamente constante. En la que nada es lo que era, ni será lo que fue. Donde, la vida y muerte de los individuos, carecen de importancia, en el conjunto del Universo; pues son sólo un paso más, en el proceso de transformación. El tránsito mortal, es una continuidad, absoluta, de la vida. O sea, tanto la muerte es una consecuencia de la vida, como la vida lo es de la muerte. Una sucesión de estados, etapas de un mismo camino, a las que se va llegando, sin interrumpir el viaje. No hay principio ni fin definidos.

Hasta tiempos muy recientes, la libertad de pensamiento, estuvo proscrita religiosamente. La libertad individual, no es, precisamente, un término promovido por las organizaciones religiosas. Incluso se admitió y justificó, religiosamente, la esclavitud.

En la Biblia, se llega a recomendar no ser duros o injustos con los esclavos. Ahí se detiene el principio justiciero para con ellos. La esclavitud en sí, no se condena. Fueron necesarios los movimientos, políticos y filosóficos, derivados del Renacimiento y la Revolución Francesa, así como sus consecuencias posteriores, que desembocaron en los avances sociales del siglo XX, para remover los cimientos básicos del esclavismo. Del que aún quedan no pocos ejemplos, justificados religiosamente, durante siglos, como protección a los pueblos indígenas.

Desde las esferas religiosas de todo el mundo, se ha hecho siempre más hincapié sobre el sometimiento, la obediencia, la fe ciega, el respeto a las tradiciones, que en el avance de los pueblos, la libertad del individuo, o la independencia de pensamiento. Aún queda quien pretenda justificar hechos, como las separaciones de clases sociales y razas, o el vasallaje, blandiendo escritos religiosos de otros tiempos. La verdad es que la esclavitud, fruto de una época y sus circunstancias, no es ni siquiera discutida como ilegítima, en las páginas bíblicas o coránicas, sino, más bien, justificada. En cuanto al racismo y la estratificación de la sociedad humana, la impresión general que captamos es que los dioses fueron creados para su pueblo elegido, en cada caso, por encima de cualquier otra consideración. Sólo las doctrinas que, con posterioridad, modernamente, pretendieron universalizarse, para conseguirlo, debieron hacer el gesto de eliminar barreras entre los hombres.

Por otra parte, sabemos que, en modo alguno, podemos eludir el formar parte del género humano. Del reino animal, de la Tierra, del sistema solar, del Universo. Pero, también tenemos el poder de imaginarnos que somos independientes de todas nuestras limitaciones. El pensamiento sí es libre, puede fantasear cuanto quiera. Aunque eso no cambie la realidad. Con esto quiero decir que, por mucha libertad de pensamiento que podamos arrogarnos, siempre estaremos condicionados por nuestra naturaleza y entorno. Un conjunto del que formamos parte, y con el que nos movemos.

Queramos o no. Es decir, gozamos de libertad dentro de unos límites. Siempre arrastrando la carga de nuestros condicionantes. Casi podríamos concluir diciendo que el libre albedrío resulta ser una utopía limitada. Libres, pero menos. Y eso no es malo. Seguimos siendo humanos.

Quienes creen, combaten en la senda de Dios. Quienes no creen, combaten en la senda del Diablo. Esta convicción domina la mente de todos los fieles creyentes; en cualquier religión.

La guerra de quienes se consideran buenos, la de los creyentes, ha sido siempre peor, más obstinada y fanática que la de los malos, los menos creyentes. Pues los buenos creen llevar razón en su porfía, al considerarse a sí mismos defensores de los poderes celestiales, de quienes esperan, a su vez, ayuda. Por eso, no cejan hasta aniquilar al enemigo, o ser aniquilados. El no creyente, en cambio, cuando se ve sobrepasado, abandona la lucha, porque sabe que sus fuerzas están agotadas. Su fe llega hasta donde resiste su ímpetu. El creyente en seres celestiales, que acudirán en su ayuda, tiene confianza ciega en su propia bondad. Que convierte en obsesiva, pudiendo resultar la más persistente y funesta de las armas. La obsesión irracional, si no acaba con la persona, acaba con la tarea impuesta.

Cuando calificamos una guerra de santa, debemos tener en cuenta que las palabras “santo”o “santa”, de origen sánscrito, no significan en este idioma más que “devoto”, alguien que cumple con el culto de un dios. La clasificación de los humanos, desde un punto de vista religioso, pone en el más alto nivel a aquellos que cumplan los preceptos religiosos, y crean, incondicionalmente, cuanto se les presente con el sello de la fe. Los demás, los condicionados, razonadores, fríos, indiferentes o descreídos, ciudadanos que confían en la convivencia social, ocupan, en su escala, los más bajos niveles de consideración. Así, la disciplina, la obediencia, la fe, la aceptación de la autoridad, todo, en el fondo, lo mismo: la negación de sí mismo, la anulación de la individualidad, parece ocupar el más alto rango de las virtudes. Algo no muy alejado del concepto militarista de la vida. El jefe siempre tiene la razón.

Bueno es, según esta regla, quien acata todo sin chistar. Malos, todos los demás. Claro que, quien es justo desde el punto de vista de una religión, puede ser el mismísimo demonio, mirado desde otro credo, civil o religioso. Que todo es relativo, es la verdad más firme a la que podemos asirnos. La certeza final sólo puede ser una; aunque varíe la forma de acercarse a ella.

Esto no obstante, se insiste en la prioridad del principio de ley y orden, respeto a los escritos sagrados y cumplimiento estricto de las tradiciones. Olvidando que, hace siglos, fueron actuales. Por otra parte, tales deberes son comunes a todas las religiones, ya que, en su fiel acatamiento, cifran su existencia. Debido a esto, lo tradicional es encontrar mancomunadas a las jerarquías religiosas, con las militares y sociales. Estando, como está, basada, la pervivencia de todas ellas, en los mismos principios conservadores. El poder temporal y el espiritual, colaboran y se identifican frecuentemente, trastocando medios y fines.

Las actitudes personales pueden ser idénticas, ante doctrinas diferentes. Los fariseos de los tiempos bíblicos, equivalen a los fundamentalistas, tradicionalistas, conservadores, ortodoxos intrínsecos, integristas o intransigentes, de la actualidad. Observadores totales de los ritos, las formas, la tradición y la ley. Jesús los definió como “Sepulcros blanqueados”. Se distinguen también por su intolerancia hacia quienes intentan actualizar las leyes y doctrinas, adaptándolas a los cambios sociales. Es decir, pretenden que sólo sea válida la verdad que ellos representan, considerándola inmutable. Quienes ostentan el poder, no quieren que el poder cambie de manos.

Si algo hubiese antinatural en la Naturaleza, sería un contrasentido. Lo más natural lo considerado antinatural por nosotros.

Para quienes quieren creer, la orientación general continuada de las ideas es hacia el Sincretismo, la unión de credos, donde cada cual mezcla, a su manera, ritos, dogmas y creencias de diversa procedencia, dando como resultado un nuevo producto religioso, con el desarrollo del pensamiento organizado.

El resultado que tenemos, en la actualidad, es una progresión, o regreso imparable, del Animismo africano. Que subyace en doctrinas actuales, pretendidamente ortodoxas. Oímos que, en algunas religiones orientales, para progresar, se hace indispensable seguir el camino trazado por un maestro, del que no se puede prescindir, si se quiere llegar a buen término. Pero, sin libertad no hay progreso. Los guías, más bien, estrechan el camino. En el Budismo ortodoxo, no se afirma o niega la existencia de Dios. Sencillamente, se prescinde de su evaluación. En él, se llega al estado de redención o iluminación, por el esfuerzo propio y el avance añadido de la progresión espiritual. Se traspasa el saber, no la sabiduría. Seguramente, los hombres sabios de otras épocas, forzados a mantener su reputación, hablaron por encima de su sabiduría, aportando datos que ellos mismos desconocían.
Decir que la Tierra gira alrededor del Sol, verdad ya sabida hace dos mil quinientos años en Grecia, Persia, Babilonia o Egipto, contradecía la interpretación de la Biblia, que sitúa a la Tierra en el centro del Universo. Los sucesivos concilios habían dado esta versión como válida. Expresar algo contrario al pensamiento oficial de la Iglesia, en aquella época, era aniquilarse. Miguel Servet, descubridor del pequeño sistema de circulación de la sangre, Galileo Galilei, Nicolás Copérnico y tantos otros científicos, conocieron lo que es enmudecer o morir, ante el poder constituido. Ahora, el Papa actual ha resucitado la existencia eterna del infierno. Creencia que fue borrada del catecismo, tras el Concilio Vaticano II. Vuelven las cadenas medievales.

La apostasía, desviación o renuncia de la doctrina oficial propia, fue condenada, durante siglos, con la muerte, por las iglesias cristianas. Tal pena, fue reflejada en las leyes coránicas, donde aún existe. La ley coránica se aplica aún de forma extremadamente severa, en cuestiones de fe. Todavía se pena con cárcel o ejecución al hombre que, sin ser musulmán, case con mujer mahometana, sin haber abjurado antes de su fe. Y, por supuesto, el matrimonio se declara nulo.

Las buenas costumbres han de establecerse por el ejemplo y la práctica de los dirigentes, no mediante castigos, temores, e imposiciones. Las leyes represoras, son menos necesarias cuanto mejores sean los gobernantes. Igualmente en la familia. La bondad es el amor a los humanos, la sabiduría su conocimiento. Y nadie es perfecto.

Confucio, que vivió numerosas dificultades, en tiempos difíciles, dedujo que, si todo estuviese bien como está, debido a la sabiduría de los Cielos, como aseguraban los taoístas, no habría que cambiar nada en el mundo; pero es evidente que no es así. La disposición mental, implica el propósito de entrenamiento continuo de la mente, para llegar al conocimiento profundo del ser humano; ordenadamente, constructivamente, pero sin límites preconcebidos.

La duda siempre es fecunda. Produce certezas, o más dudas. Las creencias no se buscan, se encuentran. El espíritu personal va evolucionando a través de los conocimientos adquiridos. Y, ostensiblemente, de forma acelerada en las sociedades más cultas. La acumulación de conocimientos produce, consecuentemente, acopio de avances. La mente nunca es estática. Consciente o inconscientemente, cada vez hay menos diferencias nacionales en la formación y aspecto de las personas, a través del mundo. La movilidad produce cambios, diferencias, y nuevas mezclas. Siempre en busca de la perfección. Y esto, debido, de forma clara, a la intensificada comunicación entre los pueblos, a todos los niveles. Bienvenidos sean los cambios y mezclas, eso es evolución en marcha.

Al cambiar los sistemas, cambian los hombres y viceversa. El mundo funciona con ideas, quien expanda las suyas, hace predominar sus propios valores. Lo que hace parecer que algo sea perfecto es sólo su exactitud, su armonía, su sencillez, su naturalidad. Lo perfecto no evoluciona. Pero, ¿qué es perfecto? Lo natural marca la pauta. Pero lo natural no es estático. Lo natural en la Naturaleza es su cambio continuado. Si analizamos, para que el hombre haya llegado al concepto abstracto de dios, ánima, o espíritu, ha de haber pasado mucho tiempo pensando, teniendo muchas dudas e infinitos cambios de conceptos. Lo que indica la imperfección de lo concebido. Lo perfecto es lo más simple. El Hombre, antes de llegar a la imaginación de seres incorpóreos, inmateriales, independientes de la materia, abstractos, tuvo que alcanzar un cierto desarrollo intelectual. Usamos aquello que nos es útil. Pero el mismo concepto de lo útil, cambia. Según las personas y los tiempos.

Que el hombre se haya aficionado a la cercanía de los animales, tiene una raíz egoísta. Se sirve de ellos. Como protectores inconscientes de la salud y el bienestar humanos, no está mal que sean, a su vez, protegidos, cuidados, alimentados. Porque, con ello el hombre busca mayor bienestar para sí mismo. La ecología es la sublimación de lo útil.

No amamos todo lo natural. A los animales que nos son útiles, los transmutamos, buscando una mayor utilidad. A los animales poco amables, poco útiles, el hombre no sólo los aleja de sí, sino que los extermina, si puede. Y, en las religiones antiguas, se los relaciona con espíritus malvados. Que se han de exterminar. Se parte de lo próximo, para llegar a lo lejano. Para pueblos que vivieron en desiertos africanos, se comprende que las serpientes sean consideradas malignas. La serpiente, en la Biblia, es el animal maldito, representa a Satanás, se peca al tocarla. A la serpiente se la condiciona como maldita por Dios, describiéndosela como el más astuto de cuantos animales había hecho el Señor sobre la Tierra. Aún cuando, biológicamente, los pobres, repelentes reptiles, apenas si tienen el cerebro suficiente como para reproducirse y mantenerse con vida. Poca masa gris les queda libre para ocuparla en astucias y enredos. Y están en la base de nuestra genética. Muy alejados, por millones de procesos evolutivos, pero ahí siguen. Son nuestras raíces. Toda su astucia y supuesta malignidad, es lo que necesitan emplear para procurarse alimento. Y defenderse de sus enemigos. Eso es todo. Ahí acaban sus intrigas y malicias. Al final, el animal más maligno es el hombre. La volución sorprendente de nuestro cerebro, ha magnificado tanto nuestros instintos egoístas, como las buenas tendencias que podamos haber desarrollado. En el principio existencial sólo hay egoísmo, supervivencia.

La clasificación, puramente moral, no natural, de las serpientes, las ha convertido en objeto de numerosas leyendas de maldad. Y esto ya a partir de los primeros momentos de convivencia cercana.

Significan el pasado, lo que hemos dejado atrás, lo que no deseamos ser. Por eso no las queremos

No podemos estudiar magia o religión sin tener en cuenta sus conexiones. No son elementos contradictorios, sino complementarios.

Tanto la magia como la religión, son expresiones distintas de un mismo sentimiento: La creencia del Hombre en fuerzas suprahumanas y en la posibilidad de manipularlas a su favor.

Magia y Religión deberían estudiarse de forma conectada, por su origen común. No buscamos en ellas verdad, sino confirmación de nuestras creencias.

Ambos sistemas, participan de numerosos elementos tradicionales. Pues, en muchos casos, si no son la misma cosa, pudieran superponerse, hasta confundirse. Aunque resulte difícil de comprender, los mitos antiguos se vuelven a poner de actualidad. No hace falta razonar, sólo creer.

Cuando busquemos magia, procuremos no confundirla con la alquimia. Como se ha hecho asiduamente. Los alquimistas, más que magos, eran precientíficos. La mezcla de ambos conceptos, consecuencia inducida de persecuciones religiosas, dio lugar a muchos equívocos funestos.

La alquimia era una ciencia en pañales. Investigaban, experimentaban, sin desligarse de creencias preconcebidas. Los alquimistas, que representaban la práctica de una filosofía unitaria de la Naturaleza, no estaban tan equivocados en sus principios. Erraron más en sus métodos de investigación.

Su capacidad científica y doctrinal falló, al pretender unificar no sólo el cielo y la tierra, sino el espíritu y la materia. Basando sus razonamientos en creencias previas, buscaron soluciones materiales, a problemas del espíritu y al contrario. Se metieron en un callejón sin salida.

Algo parecido sucede, cuando, algunos líderes religiosos actuales, pretenden controlar la ciencia. Como pasa, actualmente, en los estados sureños de Norteamérica. Las escuelas han sido forzadas, en estos estados, a reintroducir el concepto creacionista para explicar la presencia del ser humano en la Tierra. Arrinconando en el cuarto oscuro de los despropósitos a Darwin y sus teorías evolucionistas. Parece que no estemos en el siglo XXI, sino de regreso en la Edad Media Europea. Las persecuciones religiosas contribuyeron a la confusión, en su tiempo, tanto como las nuevas preferencias de los obcecados actuales, frenan la evolución científica en el presente. Al identificar a los científicos, como discípulos de Belfegor; el vanidoso demonio que, dicen, inspira a los científicos, para hacerles creer que pueden ser como dioses creadores. Con lo convierten la creación científica en objeto de pecado.

Las transmutaciones de elementos, con las que soñaban los alquimistas son, en la actualidad, perfectamente posibles. Han sido llevadas a cabo, modernamente, casi en su totalidad. Sólo que partiendo de un mayor conocimiento de las estructuras atómicas de los compuestos terráqueos y la actual evolución hacia medios técnicos más poderosos. Pero, como sus anotaciones fueron condenadas a la hoguera, el resultado de sus experimentos quedó olvidado durante siglos. Su conocimiento fue declarado perjudicial para los creyentes.

Para retomar el progreso científico, en los últimos siglos, fue decisivo poder desligar la ciencia de la religión. Para que no se temiera ofender a Dios, y topar con la justicia de sus ministros, cada vez que se pretendiese avanzar un paso en los estudios humanos.
En toda religión, encontramos teorías evolucionadas y otras que han permanecido cerca de sus orígenes. El creyente no suele ser crítico, se lo prohíben sus propias reglas. Así, admite cuanto le viene dado. Si le surgiesen dudas, las achacaría a su falta de fe, no a fallos doctrinales. Un motivo más para aumentar su sentido de culpabilidad. Fomentado por algunas organizaciones religiosas entre sus adeptos, como arma de poder.

En el viejo Egipto, se decía que nada toma ser, si antes no recibió nombre. Con ello se quería expresar el convencimiento de que la palabra es el origen de las cosas. Esta doctrina está bien representada en todas las religiones animistas y espiritistas africanas. En ellas, es fundamental el poder de la palabra. Según los antiguos egipcios, Atom, dios creador egipcio, conocía todas las palabras que definen las cosas, desde la eternidad. Nombrándolas, las creó. La misma Biblia continúa esta doctrina. Yahvé nombraba las cosas antes de crearlas. Y Alá siguió la misma tendencia en el Corán.

En algunas doctrinas, no sólo se piensa que la palabra, por sí, tiene un poder determinado, sino que su misma grafía o sonido, aún careciendo de significado concreto, puede convocar poderes. Así se entiende en el Tíbet, donde existen sonidos sagrados. El poder de las palabras sagradas puede ser incrementado, o disminuido, según quien pronuncie el sonido mágico y en qué circunstancias se haga. En el Animismo, se considera también que toda persona transmite, emana, irradia u origina energías. Y una parte de estas energías es transportada y comunicada por sus palabras, por lo que las palabras encierran de medio poderoso.

Incluso existen palabras sagradas, que no se debían enunciar, como los nombres del Señor. Estaba prohibido “invocar el nombre de Dios en vano”. O, por el contrario, se asegura que, ciertas palabras, atraen sobre quien las pronuncia, los efectos deseados, sirviendo de llave al cumplimiento de sus peticiones. Esto último, está claramente conectado a los conjuros mágicos. Recordemos el Abracadabra, abridor de arcanos. Grabada esta palabra, en escala descendente, sobre un ónice, se colocaba sobre los enfermos, para bajarles la fiebre.

En el Hinduismo, los Hare Krishna, una corriente religiosa de moderna creación, y pretendida antigüedad, que ha trascendido las fronteras de la India, creen que, la pronunciación continuada del nombre del Señor Krishna, produce efectos benéficos sobre la persona que lo recita, contribuyendo decididamente a su salvación. La lógica de tal práctica es la siguiente: El nombre del Señor es parte de su mismo ser. Estando, tal nombre sagrado, omnipresente en nuestras mentes, nos encontramos acompañados por el Señor constantemente. En tal compañía, sólo se puede ascender a los reinos celestiales.

Estos nombres divinos, pueden estar incluidos en mantras, frases, letanías, advocaciones, sonidos o expresiones, a las que se atribuye un poder mágico. Es una práctica habitual, el pronunciarlos en situaciones difíciles, para atraernos su protección.

Esta técnica, seguida en la vida más prosaica, es usada, modernamente, en sicología, propaganda y mercadotecnia. La repetición constante de palabras, o consignas, hace que se fijen en la mente individual, influyendo en su pensamiento.

Dentro del Cristianismo, la repetición de letanías, jaculatorias u oraciones, también se invoca como medio de acercarse a Dios, hacerse perdonar pecados o acumular méritos, para alcanzar un objetivo. En el Islamismo, se confeccionan talismanes, con frases sacadas del Corán, portándolas al cuello, encerradas en pequeños estuches. Estas expresiones sagradas han de proteger al creyente, contra toda clase de contingencias, o malos deseos y maldiciones de sus enemigos. Su efectividad reside en el principio mágico de que el poder está encerrado en la palabra. Las jaculatorias, invocaciones a la divinidad, se repiten, desgranando las cuentas de una sarta de bolas, que ayuda a concentrar el pensamiento en el Ser Divino. Tales instrumentos contables son usados en numerosas religiones, desde la más remota antigüedad.

En las religiones antiguas se observaban numerosas disposiciones, en las que se enumeraban, de forma precisa, los precios a pagar por los distintos servicios de los sacerdotes. En el gran templo de Jerusalén, todos los perdones tenían un precio establecido. Ello es un remanente claro de la costumbre universal de los magos, de poner precio a sus ceremonias. Quien administra el uso de la magia a favor, o en detrimento, de otros, es el ‘dueño de la palabra’. En general, esto implica una unción. Que se suele obtener por herencia, transmisión o iniciación. La aplicación de fórmulas, casi siempre secretas, y el pretendido contacto del mago con los espíritus o fuerzas que invoca, son la base de su poder. Frecuentemente, los magos se refieren a sus artes como de origen ancestral. Pretendiendo derivarlas de los antiguos egipcios, mayas, iranios, celtas, o cualquier otro pueblo de la más remota antigüedad.

Recordemos el caso de Simón el Mago, en tiempos de los Apóstoles. Se dice de él, en los Evangelios, que ejercía la magia en Samaria, arrogándose la facultad de aplicar el poder de Dios. Consecuente con la práctica mercantilista de su oficio, ofreció dinero a los Apóstoles, si le conferían el poder de transmitir la gracia del Espíritu Santo. Se ve que el principio, predicado por Buda, cinco siglos A.C., de ‘actuar rectamente, sin esperar recompensa por ello’, no le era aún conocido. Aún cuando ya hubiese oído decir a los Apóstoles que, el interés de las buenas acciones, se cobra en el Cielo.

Cuando rezamos, aunque no sepamos con certeza si algún dios nos estará escuchando, al menos nos consolamos suponiéndolo. Lo que nos ayuda a mantener la fe. Nuestra fe nos apaga la angustia. Pues, nosotros, sí oímos nuestra plegaria. Puede que eso nos ayude a reunir el ánimo, tiempo e información que necesitamos, para llegar a conseguir nuestro deseo. Todo junto, puede lograr que actuemos con la fuerza de un pequeño dios privado, un numen, que nos lleve más allá de nuestros límites conocidos. Algunos milagros perceptibles podrían explicarse así.

En cuestiones mágicas y religiosas, siempre hay un interés por la tradición, por la vuelta atrás, por el conservadurismo. Pero todo conservadurismo, aunque no lo perciban así sus adeptos, es evolucionista, de forma selectiva. Pues, basan su constante doctrinal en algo cambiante, fluido, como son las ideas expresadas, las palabras.

Las organizaciones religiosas siempre han tendido a la acumulación de poderes.

Las más antiguas referencias, documentadas, que nos han llegado sobre magos - sacerdotes, quizá sean las concernientes a las religiones mágicas de Mesopotamia.

La derivación más clara fue la identificación del poder religioso con el temporal.

Era el poder de lo esotérico. La astronomía, la meteorología, la geología, la sicología, la química, se enseñaban sólo a personas escogidas, que debían jurar mantener sus conocimientos en secreto, bajo amenaza de muerte, por traición. Así se explica el que Moisés, por su educación entre sacerdotes cortesanos egipcios, conociera perfectamente las fechas de las inundaciones del Nilo. Mientras los soldados que lo persiguieron no habían sido informados de ello. Lo que condujo a su ahogamiento, bajo las aguas desbordadas del Nilo, no en el Mar Rojo. El secreto es el poder de los tiranos.

Si hacer política es pretender el gobierno de lo posible, hacer de la religión una forma de política, es presionar con el dominio de lo imposible.

El mundo de la realidad y el de la fantasía son complementarios y paralelos.

La ventaja de especular con entes intangibles, invisibles, remotos e incorpóreos, es que se puede dar rienda suelta a la imaginación. La fantasía lo transforma todo.

Dentro de los fines inmediatos que, habitualmente, busca la magia, destaca el de la transformación de unos elementos en otros. La paja en oro, las ranas verdes en príncipes azules, la indiferencia en amor, o el amor en odio. Se busca lo que convenga, en el momento deseado.

La magia en que se basaban las religiones antiguas, no ha dejado de estar presente en las raíces de las actuales, suministrándoles su savia, extraída de los temores eternos del ser humano, debido a su inseguridad existencial. El creyente ideal es el inseguro total, cuanto más ignorante y temeroso, mejor, más manejable es, por los expertos en lavados de cerebros.

La vuelta a la ortodoxia tradicionalista, protagonizada por el rebrote de los movimientos integristas, las reafirma como organizaciones de poder, cuya principal arma no sólo es el miedo a lo desconocido, sino la inmediatez añadida de amenazas con terribles castigos corporales. Tales como diversas mutilaciones, o la muerte por lapidación. Como aún es práctica habitual en algunas corrientes islámicas. Y lo fue en todos los países europeos de creencias cristianas. Sólo que los cristianos usaban el fuego, como paso previo a la eternidad. Una antesala del infierno prometido a los infieles. Las leyes con trasfondo religioso, suelen ser duras, inflexibles.

Los principios de dominio, siguen teniendo su base en el miedo, que puede derivar en terror. No olvidemos que, los períodos de rigor ideológico, coinciden con los de la búsqueda de enemigos. Cuando uno se crea en posesión de toda la verdad, no podrá admitir que otros impongan una verdad diferente. Las verdades absolutas son el mayor enemigo de la Humanidad, pues no admiten la duda. Son el freno de todo pensamiento disidente. La condena del razonamiento. La tumba de todo progreso.

Cuando esas verdades absolutas van cambiando con el tiempo, cabe la duda sobre la legitimidad de su clasificación como dogmas de fe. La creación, olvido, negación y recreación del limbo, el purgatorio o el infierno, a los que distintos papas han prestado, o retirado, su credibilidad real o simbólica, son cuestiones de poder. Posibilidades de poder, a ejercer sobre la mente de los creyentes y el control de sus vidas y bienes. A más horrores augurados, más dominio efectivo sobre la mente de los ingenuos. Si ha habido oscilaciones dudosas sobre la existencia real de los lugares de castigo, también cabría dudar, al menos doctrinalmente, sobre la realidad del paraíso prometido. Sin ambos extremos, la moral religiosa estaría falta de sustento. Sería una balanza defectuosa, a la que falta un brazo. Tendríamos que descender a la tierra, y basarnos en la moral natural, humana, terrenal. Que también existe, con independencia de las creencias en premios y castigos postergados a una vida futura, post-mortem.

En la magia africana, los hechiceros son aún referidos como los dueños o “señores de la palabra”. Es decir, son quienes, a través de la palabra, sirviéndose de ella, realizan el hechizo. Por ello, mantienen en secreto sus palabras mágicas. Creen que, el recitado de las salmodias mágicas, puede traspasar su poder, a la persona que conozca la invocación. Todos pretenden lo mismo: la posesión exclusiva de la verdad última.

La forma más habitual adoptada por los creyentes, en sus respectivas iglesias, es la de considerar a sacerdotes y oficiantes como seres especiales. Intermediarios entre el hombre normal y la divinidad, o fuerzas telúricas.

Para el devoto, los oficiantes no son simples mortales dedicados al culto religioso, como profesión escogida, sino seres que hablan en nombre de la divinidad.

Se les atribuyen poderes sobrenaturales, tales como perdonar los pecados, o expulsar demonios, pronunciando el %u2018Vade retro%u2019 y abrir las puertas del cielo al creyente. ¡Qué maravilla!