Go to content Go to menu

Sangre Religiosa

Sunday, April 13, 2008

Tanto el pueblo hebreo, como otros pueblos semitas del entorno, creían que el espíritu de la vida habitaba en la sangre. De ahí que, ofreciendo la sangre de los animales sacrificados a Dios, les ofreciesen con ella su vida.

Pero, según la Biblia, “quien ofreciere sacrificios a otros dioses, y no sólo al Señor, será muerto”. Añadiendo, para mayor seguridad:”No juréis por el nombre de dioses extranjeros, ni siquiera los mentéis. Lo que podría interpretarse como un doble rasero: no es tan malo matar o jurar, como hacerlo por el dios equivocado. Hay muchos creyentes de todas las religiones, que se ganan el cielo predicando sus propias creencias y trabajando para solucionar problemas a otras personas, cuidando enfermos, enseñando, etc.el campo reservado a las personas de buena voluntad es amplísimo. Pero, no olvidemos el gran número de santos que, matando infieles, conquistaron su santidad; al considerar que los no fieles son enemigos de su religión. “Quien no está conmigo, está contra mí”. San Luís de Francia, o San Fernando de Castilla, junto con el casi canonizado Francisco Franco, podrían servir de ejemplo a este tipo de santos matamoros. ¿Qué otra cosa sino “guerras santas”, calificadas como cruzadas, incluida la Guerra Civil Española de 1936-39, han sido tantas guerras, donde uno de los bandos dijera batallar en defensa de la fe? De su fe.

Tal camino a la santidad, puede también ser recorrido, triunfalmente, dentro del Islamismo, el Sikismo, el Sintoísmo, el Judaísmo, etc., así que, cada uno en lo suyo, cree hacer lo adecuado. ¿Son ellos justos? Podríamos decir que, desde un punto de vista religioso, quien muere luchando en defensa de su religión, al conquistar la condición de mártir, adquiere el derecho a un lugar destacado en el Cielo, en su particular cielo, no importa cuál haya sido su vida, ni, por supuesto, su religión. ¿Habrá fronteras entre los cielos de distintas confesiones?

En una ocasión, me resultó sorprendente oír, en medio de una noticia de guerra, en los Balcanes, la garantía expresada por el obispo ortodoxo de Kosovo, a sus fieles serbios: “Quienes permanezcan en la provincia, defendiéndola, irán directamente al Cielo”. Me causó impresión, no lo he olvidado. Esto implicaba que habían de seguir matando y dejándose matar, hasta la extinción. ¿De dónde habría sacado el Pope información tan confidencial sobre el futuro de las almas de sus fieles? Al parecer, la manipulación mental de los serbios, no fue sólo una exclusiva de Milosevic, o del General Tito. La Iglesia Ortodoxa Serbia, había trabajado junto con los gobiernos del dictador de turno, en la orientación y sumisión del pueblo serbio.

El problema principal de los Balcanes no es, básicamente, que sus habitantes pertenezcan a distintas etnias. Eso, con las actuales tendencias a la mayor porosidad de las fronteras, los matrimonios mixtos, la migración, se soluciona por sí solo, paulatinamente. Pero, si se le suma la pertenencia a diferentes corrientes religiosas, los enfrentamientos son inevitables y perdurables, el fanatismo lo llevan consigo. Las religiones organizadas, en general, parecen preferir cultivar sus cosechas de mártires, antes que permitir la apostasía de sus fieles.

Cualquier guerra, de tipo balcánico, se puede identificar como guerra de religiones. Con añadidos étnicos, territoriales, económicos, o lo que se quiera. Pero con una indudable base de lucha alentada por el poder religioso. Y una decantación clara, de los líderes carismáticos, por aquellos que pertenezcan a su grupo. Sean o no justos. Se tiende a pensar que los correligionarios siempre llevan la razón, al defender sus mismos intereses. Los muertos propios son nombrados mártires: santos camino del cielo. Los ajenos, agentes del Mal, esbirros de las Tinieblas, que se hundirán, por siempre, en las simas infernales.

¿Cuándo aprenderán, algunos líderes religiosos, a servir a la Humanidad, y no a servirse de ella?

Quien ama, ilumina. Quien no ama, está apagado en su interior. Quien odia, destruye. En primer lugar, a sí mismo. Encontrar ´justicia para todos`, es un concepto que, en sí, lleva la confusión. No todos tienen la misma concepción de la justicia, ni sienten con la misma vehemencia, la necesidad de su cumplimiento. Lo normal es que ´una justicia igual para todos` deje más descontentos que satisfechos. La vara de medir los derechos, es desigual, según dónde, cómo y quien la aplique. El concepto de la justicia es, siempre, individual. Cada uno la concibe de forma única, pues cree quien quiera creer.

La Edad Media europea, oscura por tantos motivos, fue prolija en ideas religiosas. Los cabalistas judíos medievales, adoptaron algunos conceptos místicos, entroncados con viejas teorías pitagóricas, aristotélicas y mazdeístas, sobre la magia de los números y las influencias astrales. Las traducciones de Avicena, Averroes y Maimónides dieron paso a la posterior adaptación cristiana del saber judaico, promovida por Tomás de Aquino, en su “Summa Theologica”. También recogieron y adoptaron ideas panenteístas, presentes en las religiones indias, que suponían aceptar la preexistencia de las almas en el seno de Dios, de donde salían y a donde regresaban, tras su breve periplo terrenal.

Si hay un concepto cambiante, en las religiones de todo el mundo, ese es el de la interpretación religiosa de los fenómenos naturales, tales como nacimiento y muerte o el de la Naturaleza misma.

Podemos afirmar que la historia religiosa es un producto de la fantasía humana. Pues, antes de encontrar respuestas científicas a su curiosidad, el hombre rellenó los espacios vacíos de sus preguntas existenciales, con relatos dignos de cuentos infantiles. Que han quedado incrustados en la historia de la humanidad, como si de hechos comprobados se tratase. Seguramente, los hombres sabios de otras épocas, forzados a mantener su reputación, hablaron por encima de su sabiduría, aportando datos que ellos mismos desconocían.

Añadiéndolos a las secas raíces de la historia. Lo cierto es que, sin quitar, ni añadir, certeza a los textos religiosos, se va comprobando el camino recorrido por las convicciones.

Si, en la más remota antigüedad, los ritos de la reproducción y la caza concentraban la casi totalidad de las manifestaciones religiosas, junto a los inherentes a la muerte, después, al desarrollarse las sociedades, pasando de itinerantes a sedentarias, de cazadoras a productoras, y creciendo en importancia la ganadería, la pesca, agricultura, comercio, artes, etc. , pareció, al hombre primitivo, que, cada rama del conocimiento y actividades humanas, debía tener quien, de forma especializada, se cuidase de ella. Un seguro a todo riesgo. Esto, probablemente, dio lugar a la proliferación de dioses menores sectoriales, protectores de parcelas del hogar y la vida diaria, a veces mínimas. Es curioso comprobar cómo, en las religiones posteriores, especialmente en el cristianismo, estas tareas han sido traspasadas al patronazgo de santos tenidos por menores. Que cumplen tareas de protección muy concretas. Un análisis de sus motivaciones, no es lo más apropiado para asuntos tocantes con la fe. Se aceptan o no se aceptan, eso es todo. La gente no lo duda, si cree, les reza a ellos, directamente, esperando su intercesión favorable. Oraciones, y una limosna al santo, siempre ayudan.

El objetivo final de la enseñanza religiosa es crear súbditos, no hermanos. Cuando entendemos el origen de nuestro temor, el miedo tiende a desaparecer. Por eso, quien es maestro temido, procura que no deduzcamos el origen de nuestro sometimiento. Deberíamos permanecer, siempre, como señores de nosotros mismos, sin convertirnos en sombra de quien nos ordena la vida. Si no tememos a la muerte, amaremos la vida.

El fin básico de la religión es el poder. Todas las creencias establecidas, basan el ascendiente sobre sus adeptos, en no permitirles dudar de sus maestros. El análisis queda excluido. So pena de ser castigados por el Dios Todopoderoso propio.

El saber libera. Los conocimientos aportan soluciones. Quizá ello explique por qué las sociedades donde las ciencias más progresan, son aquellas en las que los esoterismos han disminuido su poder.

Las instituciones más conservadoras, coinciden con aquellas cuyo poder está basado en el secreto, lo misterioso, lo oculto, lo vedado. Características propias, también, de sociedades basadas en lo religioso. Teniendo esos criterios como reglas básicas, no pueden evolucionar libremente. Se convierten en pantanos donde se ahoga el progreso. El progreso es luz, lo misterioso, noche y ciénagas. Las sociedades secretas, antiguas y actuales, algunas de ellas con reglas herméticas de carácter religioso, basan su poder en mantener reservados los conocimientos que vayan adquiriendo. Al no compartir con la sociedad exterior los secretos acumulados, a través de sus posiciones privilegiadas, tienen en sus manos el dominio de la sociedad. Los confesores o confidentes de los monarcas y jefes de Estado, siempre han sido sujetos poderosos.

En esos círculos cerrados, el maestro que pasa sus conocimientos al alumno, lo obliga a guardar el secreto, en un círculo muy limitado. Transformando las reglas religiosas en cárceles del espíritu. Muchas de las sociedades esotéricas actuales, tuvieron sus orígenes a la sombra de las catedrales, en ámbitos religiosos muy seleccionados.

Si se pretende crear una sociedad de progreso, los conocimientos han de ser abiertos, de libre disposición. Que el avance de una sociedad, signifique progreso para toda la Humanidad. En las sociedades cristianas, hasta bien entrado el siglo XX, cualquier cuestión científica, por evidente que fuese, quedaba supeditada al criterio lego de teólogos con mente estrecha. Esa forma de pensar subsiste en la actualidad. Se sigue considerando que las ciencias han de estar supeditadas a las creencias. Así se fijó, para la eternidad, en el Concilio Vaticano I., en 1869.

La moral natural no se deriva, necesariamente, del sentimiento religioso, ni necesita participar de él. Ya las sociedades animales observan conductas y pautas morales. La moral es anterior a la religión.

Durante la Edad Media, los conocimientos se acumulaban en los conventos, constituidos en centros de poder. Monopolizando, cicateramente, las ciencias de la antigüedad clásica, condenaron a la ignorancia al resto de la sociedad cristiana. Porque la mayoría de los libros antiguos habían sido destruidos o mutilados, por los clérigos y su lectura prohibida. Era su forma de asegurarse el poder social, en una sociedad donde ya tenían asegurado el exclusivo poder moral.

La ciencia moderna, comenzó a extenderse entre los pueblos, a partir del Renacimiento, con la disminución del poder temporal del papado. Que siempre ha funcionado siguiendo los organigramas del Imperio Romano. Ese es el principio y fin de todas las cosas, la acumulación de poder. Donde el fin es también el principio. Sabiendo que el conocimiento marca el camino de la libertad, han preferido tener pueblos sumisos e ignorantes, que no pudieran volar muy alto. Han querido tener servidores, no señores de sí mismos.

Quien ignora, teme y obedece. La mejor forma de mantener a un pueblo sumiso, es preservar su ignorancia. Saber es el primer paso hacia el sentimiento de libertad espiritual. La tendencia natural de los sistemas de creencias dogmáticas es apoyar gobiernos absolutistas. Aún cuando no coincidan en el credo, apoyan el método. Un ejemplo claro lo vemos en el apoyo de los obispos cristianos norteamericanos en las campañas presidenciales. Apoyan al que se muestre más devoto. Sin importar demasiado que la confesión del candidato coincida con la suya. La primera condición es ser devoto. Estar dispuesto a aceptar la autoridad religiosa. Así funcionó en la última campaña. Incluso los obispos católicos norteamericanos hicieron campaña por el presidente Bush. Sin esa valiosa colaboración, no hubiese éste obtenido el voto mayoritario de millones de latinos e hispanos. Con el mismo criterio, apoyaron, anteriormente, a los generales Pinochet en Chile y Videla en Argentina.

La ciencia religiosa, sencillamente, no existe. La religión, cualquiera que sea, es incompatible con el razonamiento científico. Al menos, con el razonamiento libre, sin trabas. Una persona religiosa siempre tiene fronteras, las que le marque su religión. Distintas en cada creencia. La ciencia pura no puede estar regida por creencias. De hecho, el mayor freno para los avances en ciencias de la salud, especialmente, han sido, siempre, los condicionamientos impuestos por diferentes grupos dogmáticos. Éstos no admiten que la ciencia pueda estar en desacuerdo, o, incluso, en contradicción con las afirmaciones fantasiosas, exhibidas por algunos grupos de creencias, que consideran básica la preservación de sus afirmaciones. Los principales argumentos utilizados, suelen girar alrededor del aval que les otorga la vetustez de sus afirmaciones y la supuesta procedencia divina de sus revelaciones. Olvidan mencionar que una verdad, o una mentira, no se avalan por su antigüedad. Una afirmación, sin pruebas de autenticidad, no cambia su esencia porque sea cotidiana.

La ciencia presupone libertad para llegar a la verdadera raíz de las cosas. Los dogmas, en cambio, son la aceptación indiscutida de cuanto se nos presente como verdades divinas. Sin derecho ni opción de dilucidar cuáles son reales y cuáles pueden ser simples fantasías voluntaristas. Las mayores mentiras pueden urdirse entretejiendo hechos demostradamente históricos, con interpretaciones sesgadas de los mismos. En el viejo Egipto, el aprendizaje y enseñanza de la escritura jeroglífica estaban reservados a los sacerdotes. Siendo el privilegio de su conocimiento uno de los secretos mejor guardados. Enseñarlo a alguien que no fuera de su clase, estaba castigado con la muerte. Sin embargo, Moisés tenía conocimiento de los misterios de la escritura jeroglífica y las ciencias ocultas. Hay que tener en cuenta que , en Egipto, hubo dinastías semitas y que él se crió entre el personal del palacio de los faraones. Probablemente entre sacerdotes, muy cerca del poder. Eso explica sus conocimientos sobre el calendario egipcio, más cercano al gregoriano actual que el lunar, usado por los demás pueblos contemporáneos, y por otros muchos hasta nuestros días. El comienzo del año religioso que fijaba los cultos en Egipto, lo reglaban los sacerdotes de Horus, expertos astrónomos y astrólogos, conocedores de la extrema regularidad de las inundaciones del Nilo. De una a otra siempre transcurrían 365 días. Este descubrimiento, era mantenido secreto entre la clase sacerdotal egipcia. Se explica que Moisés supiera, exactamente, en qué fecha había de iniciar el Éxodo, por su entorno vital. Antes de salir, pidió tres días de ventaja al faraón. Los que necesitaba para quedar a salvo de las tropas perseguidoras. Cuando llegaron al vado prefijado, los soldados encontraron ya la gran crecida. Los conocimientos sacerdotales no habían sido revelados ni a los soldados, ni al faraón que los envió. No hubo tsunami en el Mar Rojo, sino la inundación anual prevista en el río Nilo, sólo conocida por los sacerdotes. No hay misterios, sino ignorancia.

Rusia y los Estados Unidos de Norteamérica, se juegan, nuevamente, su hegemonía mundial, en suelo europeo. Europa debería poder tener su fuerza propia, al servicio de ella misma y de la ONU. Prescindiendo de cualquier otro bloque, con intereses distintos y diferenciados. Ni NATO, ni Pacto de Varsovia. Europa tiene razón de ser, como conjunto.

Sin presentar batalla, Europa ha perdido, por lo pronto, el himno, la bandera y muchas ilusiones. En realidad, esos símbolos, casi intangibles, han representado, todos estos años, la esperanza y el orgullo de sentirnos europeos. Una unión forjada en paz, con amor y convicción de estar en el camino del ideal correcto. Anímicamente, ya hay un orgullo de sentirse europeo. Los que hemos vivido situaciones de eternas guerrasintra-europeas, no quisiéramos volver a escenarios pasados, cuando, cada nación, era un mundo aparte. La desaparición de fronteras debe permanecer y acentuarse. A veces, quitar los símbolos es como matar el espíritu. De eso entendían mucho los iconoclastas antiguos. Roto el símbolo, desaparecía el encanto.
Europa fue, siempre, un continente en guerra, desde el principio de la historia. Hasta la Constitución de la Unión Europea.

Si, ni Norteamérica, ni Rusia, forman parte de la Unión Europea, ¿cómo es posible que operemos bajo su dictado? Polonia y el Reino Unido han actuado, en este caso, como satélites pro-norteamericanos. Han dinamitado, nuevamente, la esperanzadora unión de los europeos. Ya se hizo otro ataque, clarísimo, al naciente espíritu de la fortaleza europea, con la nefasta reunión de las Azores. Bush no sabe construir paz, pero es genial sembrando discordias. La introducción de caballos troyanos es su magistral especialidad. Sabe servirse de los enanos ambiciosos, llenos de rencores.

La cuestión es que, tanto Rusia como los EE.UU, tienen, en este caso, un fin común: destruir la Unión Europea, como sea. Y ese “como sea” podría incluir una guerra que se desarrollase en la Europa Comunitaria. Turquía es un polvorín, conectado íntimamente a Irak. Donde sigue teniendo intereses territoriales. Ha sido introducido artificiosamente en el conjunto europeo, como elemento de discordia, bajo el protectorado de Norteamérica, a través de la OTAN. Estas naciones deberían olvidar sus vivas ansias de seguir expandiéndose. Ellos no hacen las guerras en su país, las llevan donde puedan adquirir poder, sin destruirse. Por lo pronto, los campos de misiles y anti-misiles proyectados por rusos y americanos van a ser, todos, colocados en suelo europeo. Está claro, no quieren más grandes potencias. Y, desde Europa, hay algunos políticos, ambiciosos enanos mentales, que creen engrandecerse al acercarse a los grandes potentados, ricos en arsenales y ejércitos.

Quien se ha hecho grande, acumulando ejércitos, métodos y armas terribles, no busca amigos, sino súbditos. ¡Ojalá!, algún día, alguno de estos enanitos sin Blancanieves, que creen ser amigos del gigante, se den cuenta, antes de ser demasiado tarde, de que su destino puede ser caer bajo alguna bota militar, de esos ejércitos que tanto admiran.

Quien es poderoso, no tiene otra ambición que la de usar su poder, para no sentir el vacío de su destino.

Quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor. ¿Desde cuándo el conocimiento produce dolor? Yo diría que, el conocimiento de las causas, produce consuelo. ¿Debo interpretar la frase bíblica en el sentido de que mientras menos se sepa, más cerca se está de Dios? ¿Es esa la moraleja de la frase bíblica? Hay veces que los escritos bíblicos confunden al lector. Parecen intencionadamente contradictorios, o crípticos. Resulta paradójico que, cuando algún personaje bíblico quiere saber, conocer, reciba un castigo ejemplar, que incluso pueda costarle la vida, especialmente si es mujer. Eva y la mujer de Lot podrían servirnos de ejemplo. ¿Por qué ese elogio de la ignorancia? Parece como si se pretendiese repartir el cielo entre tontos e ignorantes, más que a los inocentes. Inocente no es equivalente a ignorante. Hay muchos inocentes sabios y tontos malvados.

La inmolación de los mártires es, en muchas ocasiones, provocada. Especialmente, por quienes quisieran convencerse del poder que pueden ejercer sobre sus fieles seguidores. Es la forma más directa y efectiva de crear una historia de persecución y santidad súbita. Hay quien es más útil muerto que vivo. El hecho de hacerse matar, o morir por una causa, provoca más adhesiones repentinas que la propia lenta vida de un casto, dedicado al rezo continuado y la prédica exaltada. La sangre buscada por los fanáticos es el mejor fertilizante de sus creencias. La prueba última de su entrega total a la causa. Que atrae al sacrificio a otros con sus mismas tendencias. En las guerras religiosas, todos los muertos son mártires. Sea cual fuere el bando en el que lucharan, murieron por su creencias.

La mayor parte de los gestos ceremoniales, en cualquier fasto, civil, militar, vocacional, o devocional, rozan el punto de lo risible, si, desde fuera, no se entiende el sentido de la ceremonia o no se siente su motivación. Para pensar racionalmente, los hombres de creencias profundas lo tienen difícil. Primero deberían dejar de pensar parcialmente, para entrar en lo universal. Lo parcial es parte de lo universal, pero no lo llena todo, le falta grandiosidad. Cuando se habla de pasar “al seno de Dios”, parece como si se identificase a Dios con el Universo. Todo procede de Dios, todo va a Dios. Nosotros, todos, somos una parte del Universo, pero no somos el Universo. Ni logramos excluirnos de él. No podemos transportarnos fuera de lo existente. Ni podemos crearnos un nuevo Universo a nuestra medida. No somos dioses. Ni siquiera podemos librarnos de nuestra condición natural de seres casi en serie. Lo único que nos puede transportar fuera de la realidad, es nuestro cerebro. Tenemos la potestad de poder poner en marcha la máquina de la fantasía, pero, ella misma no se puede librar de su materialidad. Cualquier fallo circulatorio, o cortocircuito neuronal, avería la máquina, pretendidamente perfecta, de fantasear. Una fantasía puede llegar a todas partes, pero no lo es todo.

Quien basa su comunicación en el misterio, es que no ha entendido nada de lo que pretende explicar, ni le importa que tú lo comprendas. Su actitud está basada en la validez de la ignorancia, para explotarla. Él mismo no pretende saber, sino asombrarse de la magnitud de lo que desconoce. Sensación que intenta traspasarte.

Ser uno mismo es, como ayudar a la naturaleza en su labor de construir una individualidad más definida. Las creencias se inculcan en la niñez, y ahí quedan soterradas, para toda la vida. Para cultivar las ciencias, hace falta madurez mental.

La rutina de seguir la corriente es lo que más puede destruirte. Ni llegas a ser tú mismo, ni te conviertes en otra persona definida. Eres, como máximo, un reflejo de lo ya existente. Quien reduce todas las verdades a una sola, termina por no tener ninguna. Verdades, no sólo hay muchas, sino que varían sus valores relativos, a lo largo de la vida.

No hay religión que no se haya ocupado del sexo. Unas pocas para ensalzarlo, en algunos aspectos, y, las más actuales en el mundo occidental, de origen bíblico, para denostarlo.

Hay demasiado primitivismo en las raíces religiosas de los pueblos. Son las voces antiguas, que no se extinguen. Sus ecos no dejan oír la voz de la razón, que vibra entre el cúmulo de conocimientos que la Humanidad acumula. El humano tiene dos caminos a recorrer: volver al pasado, reviviendo dogmas, venganzas y guerras de creencias, o situarse en el camino del desarrollo, oyendo a los científicos, a todos. La raza humana no necesita tener miedo a su futuro, si hiciera más caso a su inteligencia y menos a sus instintos y miedos ancestrales.

En el Budismo, cuando se le pide al creyente que no haga mal uso de los sentidos, no se le está exigiendo castidad, ni abstención total, sino que no use sus instintos de forma abusiva, o para hacer daño a nadie. El acto sexual lícito, en el Budismo, requiere, como condición previa, el respeto y consentimiento mutuo. Sin necesidad de imponer condicionamientos sociales, tales como el matrimonio, para que su práctica alcance legitimidad moral. Sólo se exige que el ser humano no ejerza el mal, aprenda a hacer el bien y purifique su mente. Esto, en todos los campos de la vida. Dar amor, y entregarse a él, no puede ser malo en sí mismo, ya que no sólo incluye la propia satisfacción, sino la actitud de transferir bienestar a otros, rompiendo con ello las barreras entre uno mismo y el resto de la Humanidad. El ejercicio del amor a los otros, implica, más que caridad, compasión, misericordia, empatía. Ningún rito, o ceremonia, puede reemplazar a las buenas intenciones. Desde luego, se recomienda no llevar una vida licenciosa; entendiendo como tal la que pueda perjudicar a uno mismo, a la familia, o a un tercero.

Dentro del Judaísmo clásico, la poligamia no sólo estaba permitida, sino que era la regla. Cristo nunca condenó expresamente esta práctica, que, originariamente, estaba basada en la necesidad de multiplicarse al máximo, para defenderse, cuidar los rebaños y cultivar la tierra. De forma que, un crecido número de hijos, era una forma de riqueza. Puesto que todos colaboraban, con su trabajo, al bienestar del clan familiar. En el Judaísmo europeo, la poligamia fue admitida hasta aproximadamente el siglo X. Entre los judíos orientales, asentados en países donde la poligamia es aún regla, esta costumbre fue más tolerada, con bastante posterioridad. Dado que la Biblia admite la poligamia, el adoptar modernamente la monogamia ha sido más una conveniencia civil que un mandamiento religioso. Adaptación paulatina a la vida social.

En la antigüedad clásica mediterránea, se pedía voto de castidad a las sacerdotisas de algunos templos, tal como hoy se les exige a monjas y religiosos. También era habitual, entre algunos pueblos, que sus militares no realizaran prácticas sexuales durante los períodos de guerra. Sobre todo cuando los guerreros se preparaban para un combate. Esto, que pudo tener su origen en el deseo de almacenar toda la energía posible para la lucha, quedó plasmado en diferentes reglamentaciones, a las que se les asignaban fundamentos mágico - religiosos.

La exaltación de la castidad, como medio de alcanzar el cielo, se cultiva, especialmente, en las llamadas religiones de salvación, que fomentan la práctica del ascetismo. Especialmente en las religiones del Libro: Cristianismo, Judaísmo, Islamismo. Esto se explica, claramente, por la vinculación que, en ellas, se hace del sexo con el Pecado Original, como acto de desobediencia directa a las órdenes de Dios.

Al convertir la prudencia física en obligación moral, se transporta el acto físico al mundo de lo religioso, convirtiéndolo en ofensa para la divinidad. Esto, para quienes, por sus convicciones y profesión, se
vean obligados a vivir en castidad permanente, puede transformarse en una obsesión enfermiza por el sexo. Viendo pecado en cuanto pudiese tener una relación mínima con el objeto del deseo. Nadie puede prescindir de su naturaleza, si no es mediante la autodestrucción. Aquí tendríamos que afirmar todos: “Soy el que soy”. Aceptando las propias limitaciones, estaríamos dentro de lo natural y del amor a nosotros mismos, que nos debemos. No es bueno despreciarse.

La venganza es un castigo, para quien la ejerce. Una carga que aplasta y condiciona, antes y después de cumplida. Quien siente la venganza como un deber, no puede descansar, hasta que la cumple. Lo peor es, que tampoco es feliz luego del cumplimiento, pues siempre le cabrá la duda sobre la justicia de la misma. El ciclo no se cierra. Ni cumpliendo, ni sin cumplir. La venganza más justa, y menos traumática, es el olvido; el olvido total. La falta de recuerdo debe ser el castigo de quien hizo algo malo, algo tan malo que debe ser olvidado. Los peores enemigos del olvido, son los maestros de creencias. Quien depende de sus creyentes, procura afianzar sus creencias. Cuestión de supervivencia.

Quien hereda creencias de venganza, va aviado. Ya tiene trabajo para toda la vida. Esta tarea no acaba nunca. Es como la marea, tras el flujo, viene el reflujo. Sin pausa. El equilibrio natural lo exige. Quien se convierte en verdugo, deja de ser víctima, pierde sus derechos como tal.

Los más antiguos libros de la Biblia, aceptan perfectamente el concepto de un Dios guerrero y vengativo. Abraham recibió, directamente de Dios, la promesa de que su descendencia poseería las ciudades de sus enemigos. Casi podría deducirse que, cultivar enemigos, puede ser una ocupación rentable. Así les va. Siguen sintiéndose aislados, en medio de la Humanidad. Como si fueran una raza aparte. ¡Qué desgracia! Sentirse solos, entre millones de semejantes.

En el Génesis, después de que Abel hubiese muerto, su hermano Caín dice a Dios: ‘He aquí que tú hoy me arrojas de esta tierra…y andaré fugitivo por el mundo… por tanto, cualquiera que me hallare, me matará.’ Respondiéndole Yahvé: ‘No será así… y le puso una señal, para que ninguno que lo encontrase lo matara. ‘

Teniendo en cuenta que Adán y Eva aún no habían tenido a su tercer hijo, Set, se da, sin embargo, por sentado, que había ya, en aquella época, más gente en el mundo, que podían tomar venganza sobre Caín. Posteriormente, se afirma que Caín marchó a vivir al país que está al Este del Edén, (podría ser Persia), y que allí conoció a su mujer. Por tanto, Adán y Eva son, según estos pasajes, bien claros y explícitos, los progenitores del pueblo judío, no los de la Humanidad en pleno. Puesto que ésta ya existía, al menos en los alrededores del Paraíso.

Esencialmente, el Dios de los musulmanes es el mismo que el de los judíos y cristianos; sólo varían detalles, y, por supuesto, la doctrina sobrevenida. Es totalmente identificable el origen común, a partir de una sola raíz.

Quien haga un mal, ignorando que lo hace, será perdonado. De todas formas, hay un principio, si no dogmático, sí doctrinal, que aboga por la imposibilidad de escapar al destino. Lo que ha de suceder, sucederá. Hagas lo que hagas. Puesto que Dios conoce el pasado, el presente y el futuro, no puedes escapar de Él. Tal doctrina, aceptada cotidianamente en el ámbito popular musulmán, puede conducir, y de hecho conduce, a la aceptación del destino como algo prefijado por la divinidad. Contra lo que no se puede luchar. La extensión de esta creencia es, posiblemente, el mayor motivo del freno actual en el progreso de la civilización musulmana.

El error básico de las guerras actuales es haberlas montado como un negocio en comandita. Donde cada socio recoge su parte de botín, petróleo, oro, uranio, o lo que sea, interviniendo lo menos posible en el conflicto. Todo se reparte en función del capital y el esfuerzo aportados. Cuando se habla de negocios, la moralidad queda aplastada bajo el peso de las ganancias. Así, la supuesta lucha contra el fanatismo, termina siendo una disputa entre fanáticos, enfrentados por el reparto de beneficios.

Las ciencias son la fuente de todo progreso. Las creencias, muros de contención, donde se estanca el conocimiento. Ciencias es igual a futuro, creencias y tradición, puro pasado momificado.

Creencias y tradiciones sólo sirven para adormecer a los pueblos. Haciéndoles rememorar, repetitivamente, sus pretendidas glorias pasadas, que se exageran con el paso del tiempo, olvidan labrarse un presente mejor que todo lo pasado. Para poder planificar un futuro más seguro, a resguardo de los vaivenes del “destino”. El destino somos nosotros, y nuestros conocimientos. Recordar el pasado sólo puede ser útil, para no repetir los mismos errores.

El pueblo hebreo, del cual hemos derivado nuestras creencias, desde sus comienzos como pueblo de pastores nómadas, vivía disperso entre diversos territorios, desde Mesopotamia a Egipto, buscando siempre pastos nuevos. El culto al Becerro de Oro por el pueblo judío, durante el Éxodo, puede tener su explicación en que, hasta entonces, los hebreos habían mantenido una cohesión familiar y tribal, pero no una estricta unión religiosa.

La adoración, en Egipto, al Buey Apis, dios de la renovación, la luz y la fecundidad, es lógico que estuviese, de alguna manera, incorporada a los ritos de un pueblo de pastores. En aquella época, en todo el continente eurasiático y en el norte de África, se veneraban distintos dioses, conectados con el culto al toro. Tanto en la gran Asiría, de donde procedían los judíos, como en Egipto, donde permanecieron más de cuatrocientos años, el toro era un animal sagrado. No es, así, nada raro, espontáneo, o sorprendente, su veneración al Becerro de Oro al pié del Sinaí (o, del Monte Horeb) sino una vuelta a algo ya conocido.

Otra fuente posible de confusión puede haber sido Ammon - Ra , dios supremo del olimpo egipcio, conectado tanto con el toro como con el Sol. Este dios era representado con cabeza de toro, o cuernos de carnero, en su posterior modalidad fenicia, y forma humana, llevando el disco solar entre los cuernos. En la época del Éxodo estaba vigente como dios creador. Hay quien lo considera como el modelo que sirvió para la figuración del Becerro de Oro.

Cuando se describen los materiales que han de servir para formar los utensilios, adornos, vestiduras, o cortinajes del templo, la palabra que más se repite es “oro”. Del cual se emplearon, sólo para el Tabernáculo y accesorios, más de mil kilos, aparte de unos cuatro mil kilos de plata. Parece que, la recogida de joyas del pueblo judío entre los egipcios, no debió ser escasa.

La reiterada insistencia de Moisés sobre los adornos de oro que habían de revestir todo el Templo, denota su inspiración en los templos egipcios del Sol, donde la profusión de dorados era el símbolo de la luz solar. No faltaba, tampoco, el Adonis asirio, dios de la fecundidad y la resurrección. Así, el famoso Templo de Salomón, resultó ser más el Olimpo particular del rey y sus esposas, que una casa de oración dedicada en exclusiva a Yahvé.

La importancia suprema dada a los ritos, adornos y ceremonias, dentro del Judaísmo, puede deducirse de las numerosas páginas dedicadas, en el Libro del Éxodo, a la meticulosa descripción de cada utensilio usado en el culto. Es una constante en los escritos bíblicos, hablar de bienes, dones y prebendas, más que de principios religiosos.

Salomón, para ser consecuente con sus pactos matrimoniales, al haberse casado en repetidas ocasiones con princesas de los reinos vecinos, construyó diversas capillas en su templo, para dar cabida a los cultos de cada una de ellas. Se sabe, por la disposición del edificio y escritos de la época, que en el templo se practicaban los cultos solares y cósmicos de Egipto y Mesopotamia. También los ritos cananeos de Baal y su esposa Aserá, pareja suprema de los dioses cananeos y fenicios, que tuvieron asiento dentro del Templo de Salomón, hasta su primera destrucción, en el año 586 antes de Cristo. El desarrollo de las creencias casi nunca es lineal, sino ramificado.

El relato sobre el Diluvio Universal, que se recoge en la Biblia, quedó protagonizado, en ésta, por Noé. Afirmando que fue el resultado de un castigo divino, para eliminar a los impíos. Pero, el mismo fenómeno se repite, con variantes, en diversas culturas, todas vecinas entre sí. En la época babilónica, dos mil quinientos años antes de Cristo y, por tanto, casi mil años antes de que Moisés comenzara a pergeñar la Biblia, ya existía un poema épico, en el que se relata el Diluvio. Posteriormente, dicho poema fue recogido en la épica de Guilgames, rey de Uruk y héroe divinizado en su cultura. Citado en la épica de Acadia y Sumeria. El escrito que sirve de testigo, se encontró en Nínive (Alta Mesopotamia), durante unas excavaciones arqueológicas. Se calcula que su producción data de una fecha en torno al año setecientos antes de Cristo.

Aunque haya más referencias, de la antigua mitología de Mesopotamia, se puede también entresacar el relato que vincula el Diluvio a la diosa Istar o Astarté, diosa madre de Mesopotamia, del amor y de la fecundidad. Se cuenta que la intensa lluvia fue producto de su llanto, por la muerte de su amante, Tammuz (prototipo de Adonis). Debido a la lluvia de primavera, Adonis resucita cada año, vivificando la naturaleza.

Esta diosa, como tantas otras de la antigüedad, admitía a su servicio prostitutas, que hacían méritos ante ella, ofreciendo sus favores en los aledaños del templo. Los regalos recibidos por las hetairas, eran aportados al patrimonio de la diosa.

En los textos sagrados de la India, se relata la hazaña de Manu, el primer humano, según los Vedas, al que algunos convierten en una encarnación de Visnú. Se dice que éste, avisado del inminente comienzo del Diluvio, salvó en un enorme barco a hombres, plantas y animales. Posteriormente, transmitió las leyes divinas a los hombres.

En El Corán, se relata cómo el Arca de Noé se posó, tras el Diluvio, sobre el Monte Chudí, al norte de Mosul, cerca de las ruinas de Nínive, en el actual Irak. Tal montaña es de unos cuatro mil metros de altura, por lo que deducen que éste fue, al menos, el nivel que alcanzaron las aguas. El Monte Ararat, que se cita en la Biblia como punto de anclaje del Arca, se halla al este de la actual Turquía. Tiene una altura de cinco mil metros. De paso, respecto a este inusual fenómeno, podemos citar que, según este relato, en su versión bíblica, el Arco Iris fue creado por Dios, expresamente, el día en que dejó de llover, como señal de alianza entre el cielo y la tierra.

En fin, si crees que algo ha sucedido, sucedió en verdad, al menos en tu mente. Para afirmar, con veracidad, que alguien hace milagros, lo primero y principal es creer en la existencia de los milagros, y, después, creer que tal persona puede hacerlos. Para completar el proceso, sólo hace falta fe ciega. Ayuda a conseguirlo, el que la persona a la cual se atribuye la facultad milagrera, sea alguien de recia personalidad y fuertes creencias. La transmisión de la convicción se hace por empatía, o bien por complementariedad. La fe se renueva constantemente y se refuerza con la presencia de otros creyentes.

La vida es apariencia, ilusión, creencias, “maya”. Esta afirmación oriental, muy ligada a las religiones indias, tanto hinduistas como budistas, no está muy lejos de la afirmación de Jesucristo, sobre la fe que mueve montañas. Él afirma: “Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis obtenido y se os concederá.” Podríamos adquirir una lección, de algunos hechos narrados como veraces, en distintas religiones: Lo importante no es lo que otros consideren como realidad, sino lo que nosotros mismos creamos. Al parecer, todo es relativo y moldeable. En el Budismo, por ejemplo, la verdad no se alcanza por medio de la revelación y la fe, sino mediante la meditación, el perfeccionamiento cotidiano y la elevación constante de miras. Cada hombre ha de seguir su propia experiencia, y buscar la verdad por sí mismo, sin tener la obligación de creer en dogmas y verdades, que le sean presentadas por otros, como artículos de fe indiscutibles. A la iluminación individual, se llega por el propio camino.