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Diferencias Doctrinales

Sunday, October 26, 2008

En el Génesis, materia de fe durante muchos siglos, se hace la siguiente descripción: ‘Hizo Dios dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que presidiese el día; y la lumbrera menor, para que presidiese la noche. E hizo las estrellas. Colocándolas en el firmamento, o extensión del cielo, para que resplandeciesen sobre la tierra.’ Esta concepción de la Tierra, como centro, alrededor del cual giraba el Universo, es el que guió a toda la ciencia, entre cristianos, hasta el Renacimiento europeo. Demostrada su inverosimilitud, se explica, actualmente, su vigencia de verdad revelada, como licencia poética, para adaptarse a la mentalidad y comprensión de las personas a quienes iban dirigidas las narraciones; frutos de una época.

La verdad, no aclarada, es que, ya en tiempos bíblicos, unos trescientos años antes de Cristo, geómetras y astrónomos griegos, habían calculado la distancia de la Tierra a la Luna, el tamaño real de la Tierra, e incluso situado al Sol en el centro de nuestro sistema. Pero, tales conocimientos no trascendieron, debido a los vetos religiosos, que prohibieron su divulgación. Quedando, por tanto, aislados en su momento. Hasta los tiempos de la Grecia clásica, cuando la Edad de la Razón comenzó a inquietar las mentes de los filósofos, seis o siete siglos antes de Cristo, no comenzó a pensarse que la Naturaleza podría estar regida por ciertas leyes predecibles, independientes de caprichos de los dioses.

Los griegos, con el empleo de la lógica, fueron los primeros en sacar del mundo de los misterios, y del dominio de los seres divinos, muchos fenómenos naturales. Aunque ya los astrónomos de Nínive y Babilonia habían hecho cálculos sobre los eclipses, no fueron trasladados a la cultura mediterránea, hasta su predicción por los griegos, unos seiscientos años antes de Cristo. Probablemente, por los estudios de Tales de Mileto.

Tanto Hiparco de Nicea, como Aristarco de Alejandría, llegaron a conclusiones muy próximas a la realidad, en aquella lejana época. Sin embargo, al contradecir estos conocimientos las doctrinas religiosas de la época, fueron ignorados, ocultados, e incluso combatidos. Hizo falta que Magallanes diese la vuelta al mundo, casi dos mil años después, para que se admitiera la redondez de la Tierra, su tamaño, y su dependencia del Sol, entre otras cuestiones, negadas durante siglos por los teólogos europeos, al ser contrarias, según ellos, a las divinas enseñanzas de la Biblia.

Así, lo que se ganó en cohesión religiosa, se perdió en profundización científica, durante muchos siglos. La perfecta labor de ocultación de los descubrimientos antiguos, que pudieran hacer dudar de la autoridad suprema de la doctrina oficial de la Iglesia Romana, llegó al extremo de prohibir, en su continuo cercenamiento, la lectura de la Biblia a sus fieles, hasta tiempos muy recientes. Modernamente, también se ha encontrado evidencia de que en la India, ya en el año quinientos antes de nuestra era, se daba por sentado que la Tierra giraba sobre su eje, aunque esto no fuese aceptado en el ámbito popular.

Posteriormente, en la época de los grandes descubrimientos geográficos, la Cristiandad negó la condición humana de los habitantes de las tierras recién descubiertas. Según la versión oficial de la Iglesia Romana, durante bastante tiempo, los pobladores de América no podían ser descendientes de Adán y Eva. Dando esto como premisa cierta, deducían tomísticamente que, consecuentemente, no pertenecían a la raza humana. Por tanto, (deducción suprema), carecían de alma. Este encadenamiento deductivo, llevó a curiosas consecuencias, como la no-obligación de los cristianos, arribados al Nuevo Continente, de contraer matrimonio con los aborígenes americanos, aunque yacieren con ellos. Esto se consideraba algo así como un pecado de zoofilia, y, aunque lo confesara, no se le podía imponer a un cristiano viejo la penitencia de casarse con un animal. La prohibición desapareció, pero, sus consecuencias racistas históricas, aún perduran.