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Muertos Redividos

Thursday, April 17, 2008

La magia en que se basaban las religiones antiguas, no ha dejado de estar presente en los cimientos de las actuales; sobre todo con la vuelta a la ortodoxia tradicionalista, protagonizada por el rebrote de los movimientos integristas, que las reafirma como organizaciones de poder, cuya principal arma es el miedo a lo desconocido. Las leyes con trasfondo religioso, suelen ser duras, inflexibles. Los principios de dominio siguen teniendo su base en el miedo, que puede derivar en terror. Sólo la forma exterior adquiere refinamientos, necesarios para su adaptación a la sociedad actual. Aunque los ungidos prefieran volver al Medievo y los tiempos oscuros.

El traspaso de estructuras antiguas a organizaciones modernas, no es infrecuente. La iglesia Romana sustituyó la divinidad directa de los emperadores romanos, por el mantenimiento de la autoridad divina, función encomendada al Papado. Los papas se convirtieron en vicarios de Cristo, delegados de Dios en la Tierra. Fue, como se ha visto tantas veces en la Historia, la sustitución de un poder por otro. Cambiando sólo algunas ideas, se conservó la estructura piramidal, aristocrática, del mando, tanto en Roma como en Bizancio. Se montó un imperio tras el imperio. Pieza a pieza. Con una organización calcada, en muchos elementos, de la usada para la administración de las provincias romanas. Se recogió y cultivó el latín como idioma unificador del imperio, e incluso se copió la administración territorial y dirigente. Las divisiones en provincias, mandatos de las distintas diócesis, coincidieron, desde un principio, con los nombres y divisiones del imperio. Algo que había sido efectivo, mientras duró, se copió como modelo. La organización pagana sigue siendo eficaz en lo clerical.

En la actualidad, existen movimientos, para volver a creencias antiguas, que, al explicar, a quien lo quiera oír, la aparición de santos y seres celestiales a personas devotas, incluso admiten el fenómeno llamado ectoplasma. O reconstrucción visual de la imagen de personas ausentes, casi siempre difuntas. Es decir, la revivificación del espiritismo más clásico y oscurantista, dentro de los movimientos ocultistas que movilizaban multitudes en tiempos pasados. Explican que la mente es personal, asentada en la materialidad del cuerpo, pero, a su vez, participando de las cualidades del espíritu, al que acompaña. Consideran que la mente del difunto, guiada por su espíritu, es la que puede comunicarse con los humanos, una vez traspasada la frontera de la muerte. O sea, tras haber abandonado el cuerpo material. La fantasía lo transforma todo. Si no flaquea la fe.

Tratan de explicar, racionalmente, en apariencia, lo más irracional. Después, consideran que el dilema, no solucionado, de creer o no creer en la posible existencia del alma, o de esa fuerza vital, de forma independiente y posterior a la muerte del individuo como tal, es algo especulativo, o accidental. Una perspectiva más, entre muchas.

En el Espiritismo clásico, la muerte no existe, los muertos no existen. Esta sentencia, clave del Espiritismo, podría ser interpretada en el sentido natural de la existencia. Es decir, lo que ha muerto ha dejado de existir como entidad unitaria. Ha dejado de ser la unidad que era. Sin desaparecer. Sin que el cambio habido anule su vivencia potencial, energética, pues la desintegración no significa desaparición, sino el pase a encontrarse descompuesta y reincorporada, separada y parcialmente, a distintas identidades, sin conservar la propia. Al morir la persona, se disocian sus componentes. En lo futuro, llevarán una existencia separada y no interdependiente. Bien, esta disociación, total o parcial, es también admitida, en religión y magia, en los estados de éxtasis. Dando como cierta la posibilidad de que el espíritu personal pueda ausentarse, temporalmente, de su residencia corporal, sin causar la muerte del cuerpo. Realmente, mi mente no alcanza a tanto. No penetro en la oscuridad deliberada.