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Cambios y Tolerancia

Wednesday, April 16, 2008

Quienes creen, combaten en la senda de Dios. Quienes no creen, combaten en la senda del Diablo. Esta convicción domina la mente de todos los fieles creyentes; en cualquier religión.

La guerra de quienes se consideran buenos, la de los creyentes, ha sido siempre peor, más obstinada y fanática que la de los malos, los menos creyentes. Pues los buenos creen llevar razón en su porfía, al considerarse a sí mismos defensores de los poderes celestiales, de quienes esperan, a su vez, ayuda. Por eso, no cejan hasta aniquilar al enemigo, o ser aniquilados. El no creyente, en cambio, cuando se ve sobrepasado, abandona la lucha, porque sabe que sus fuerzas están agotadas. Su fe llega hasta donde resiste su ímpetu. El creyente en seres celestiales, que acudirán en su ayuda, tiene confianza ciega en su propia bondad. Que convierte en obsesiva, pudiendo resultar la más persistente y funesta de las armas. La obsesión irracional, si no acaba con la persona, acaba con la tarea impuesta.

Cuando calificamos una guerra de santa, debemos tener en cuenta que las palabras “santo”o “santa”, de origen sánscrito, no significan en este idioma más que “devoto”, alguien que cumple con el culto de un dios. La clasificación de los humanos, desde un punto de vista religioso, pone en el más alto nivel a aquellos que cumplan los preceptos religiosos, y crean, incondicionalmente, cuanto se les presente con el sello de la fe. Los demás, los condicionados, razonadores, fríos, indiferentes o descreídos, ciudadanos que confían en la convivencia social, ocupan, en su escala, los más bajos niveles de consideración. Así, la disciplina, la obediencia, la fe, la aceptación de la autoridad, todo, en el fondo, lo mismo: la negación de sí mismo, la anulación de la individualidad, parece ocupar el más alto rango de las virtudes. Algo no muy alejado del concepto militarista de la vida. El jefe siempre tiene la razón.

Bueno es, según esta regla, quien acata todo sin chistar. Malos, todos los demás. Claro que, quien es justo desde el punto de vista de una religión, puede ser el mismísimo demonio, mirado desde otro credo, civil o religioso. Que todo es relativo, es la verdad más firme a la que podemos asirnos. La certeza final sólo puede ser una; aunque varíe la forma de acercarse a ella.

Esto no obstante, se insiste en la prioridad del principio de ley y orden, respeto a los escritos sagrados y cumplimiento estricto de las tradiciones. Olvidando que, hace siglos, fueron actuales. Por otra parte, tales deberes son comunes a todas las religiones, ya que, en su fiel acatamiento, cifran su existencia. Debido a esto, lo tradicional es encontrar mancomunadas a las jerarquías religiosas, con las militares y sociales. Estando, como está, basada, la pervivencia de todas ellas, en los mismos principios conservadores. El poder temporal y el espiritual, colaboran y se identifican frecuentemente, trastocando medios y fines.

Las actitudes personales pueden ser idénticas, ante doctrinas diferentes. Los fariseos de los tiempos bíblicos, equivalen a los fundamentalistas, tradicionalistas, conservadores, ortodoxos intrínsecos, integristas o intransigentes, de la actualidad. Observadores totales de los ritos, las formas, la tradición y la ley. Jesús los definió como “Sepulcros blanqueados”. Se distinguen también por su intolerancia hacia quienes intentan actualizar las leyes y doctrinas, adaptándolas a los cambios sociales. Es decir, pretenden que sólo sea válida la verdad que ellos representan, considerándola inmutable. Quienes ostentan el poder, no quieren que el poder cambie de manos.