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Raíces Mágicas de las Religiones

Wednesday, April 16, 2008

Dentro de los fines inmediatos que, habitualmente, busca la magia, destaca el de la transformación de unos elementos en otros. La paja en oro, las ranas verdes en príncipes azules, la indiferencia en amor, o el amor en odio. Se busca lo que convenga, en el momento deseado.

La magia en que se basaban las religiones antiguas, no ha dejado de estar presente en las raíces de las actuales, suministrándoles su savia, extraída de los temores eternos del ser humano, debido a su inseguridad existencial. El creyente ideal es el inseguro total, cuanto más ignorante y temeroso, mejor, más manejable es, por los expertos en lavados de cerebros.

La vuelta a la ortodoxia tradicionalista, protagonizada por el rebrote de los movimientos integristas, las reafirma como organizaciones de poder, cuya principal arma no sólo es el miedo a lo desconocido, sino la inmediatez añadida de amenazas con terribles castigos corporales. Tales como diversas mutilaciones, o la muerte por lapidación. Como aún es práctica habitual en algunas corrientes islámicas. Y lo fue en todos los países europeos de creencias cristianas. Sólo que los cristianos usaban el fuego, como paso previo a la eternidad. Una antesala del infierno prometido a los infieles. Las leyes con trasfondo religioso, suelen ser duras, inflexibles.

Los principios de dominio, siguen teniendo su base en el miedo, que puede derivar en terror. No olvidemos que, los períodos de rigor ideológico, coinciden con los de la búsqueda de enemigos. Cuando uno se crea en posesión de toda la verdad, no podrá admitir que otros impongan una verdad diferente. Las verdades absolutas son el mayor enemigo de la Humanidad, pues no admiten la duda. Son el freno de todo pensamiento disidente. La condena del razonamiento. La tumba de todo progreso.

Cuando esas verdades absolutas van cambiando con el tiempo, cabe la duda sobre la legitimidad de su clasificación como dogmas de fe. La creación, olvido, negación y recreación del limbo, el purgatorio o el infierno, a los que distintos papas han prestado, o retirado, su credibilidad real o simbólica, son cuestiones de poder. Posibilidades de poder, a ejercer sobre la mente de los creyentes y el control de sus vidas y bienes. A más horrores augurados, más dominio efectivo sobre la mente de los ingenuos. Si ha habido oscilaciones dudosas sobre la existencia real de los lugares de castigo, también cabría dudar, al menos doctrinalmente, sobre la realidad del paraíso prometido. Sin ambos extremos, la moral religiosa estaría falta de sustento. Sería una balanza defectuosa, a la que falta un brazo. Tendríamos que descender a la tierra, y basarnos en la moral natural, humana, terrenal. Que también existe, con independencia de las creencias en premios y castigos postergados a una vida futura, post-mortem.

En la magia africana, los hechiceros son aún referidos como los dueños o “señores de la palabra”. Es decir, son quienes, a través de la palabra, sirviéndose de ella, realizan el hechizo. Por ello, mantienen en secreto sus palabras mágicas. Creen que, el recitado de las salmodias mágicas, puede traspasar su poder, a la persona que conozca la invocación. Todos pretenden lo mismo: la posesión exclusiva de la verdad última.

La forma más habitual adoptada por los creyentes, en sus respectivas iglesias, es la de considerar a sacerdotes y oficiantes como seres especiales. Intermediarios entre el hombre normal y la divinidad, o fuerzas telúricas.

Para el devoto, los oficiantes no son simples mortales dedicados al culto religioso, como profesión escogida, sino seres que hablan en nombre de la divinidad.

Se les atribuyen poderes sobrenaturales, tales como perdonar los pecados, o expulsar demonios, pronunciando el %u2018Vade retro%u2019 y abrir las puertas del cielo al creyente. ¡Qué maravilla!