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Nombres Divinos

Wednesday, April 16, 2008

Como simple referencia, no olvidemos que, uno de los primeros nombres dados en la Biblia a Yahvé es el de El-Ohim, identidad divina preexistente en Babilonia, cuya traducción literal es: “Unión de fuerzas”, o “Unión de Espíritus”. Lo que evidencia la idea primitiva de que el poder excepcional de Yahvé residía en el hecho de estar constituido por una asociación de fuerzas complementarias.

Su nombre tiene mucho que ver con La Menorah, candelabro de siete brazos(o ramas) usado en el culto judaico y que ha llegado a convertirse en el símbolo del estado de Israel. Este candelabro singular, tiene su origen en la religión mágico-astral de Mesopotamia. Era representación de la unión de los siete dioses, correspondientes a cada uno de los planetas, conocidos en aquel tiempo, que daban su nombre a los días de la semana babilona.

El apelativo que, dicho candelabro, recibía entre los babilonios, era el de 2árbol de la luz”. El tronco que une estas siete ramas o luces, representando cada una a un poder planetario, era llamado El-Ohim, cuyo significado es ‘unión de fuerzas’, o “unión de espíritus”. Es decir, en el tronco del “árbol de la luz” se concentraban todas las fuerzas de sus siete ramas. Con el tiempo, tras la prolongada estancia de gran parte del pueblo hebreo en Babilonia, llegó a transformarse en el nombre y símbolo primitivo del Dios de los hebreos. Que se cita con este apelativo en los libros más antiguos de la Biblia. En el Génesis, se puede apreciar cómo Elohim habla de sí mismo en plural. Y, es que, el nombre, en sí, es un plural. El sufijo “-im” lo indica. Puesto que su concepto básico era el de “unión de poderes”, actuando bajo una sola personalidad.

Ese es el primer concepto de Dios que nos refleja la Biblia. En el comienzo era el caos.

La costumbre de referirse a un mismo personaje, con distintos nombres, para proteger, u ocultar, unos nombres con otros, no es actual. En la Biblia, se dan a Dios distintos nombres: Elohim, Yahvé, Él. No olvidemos que también se llamaba “El” a Baal, el dios creador de los fenicios. En el Corán, también Alá tiene muchos apelativos.

En las civilizaciones del Índico, esta costumbre se ha practicado desde que existe memoria. El uso, de poner varios patronímicos a los recién nacidos, viene justificado, no sólo por el deseo de mantener alguno de ellos oculto, el verdadero, el más poderoso, para que no pudiese ser maldecido, sino que es debido, por acumulación, a la suma de poderes mágicos, que emana de cada nombre, en singular. La agregación de estos poderes, sirve de protección añadida. A nadie, que no fuese de la más íntima familia, se le podían dar a conocer todos los apelativos del recién nacido. La justificación es básica: Para que un hechizo, o maldición, adquiera completa eficacia, se ha de conocer el nombre cabal del maldito y recitarlo junto al conjuro. Esto nos sigue recordando que ‘el poder reside en la palabra’. En el Libro Egipcio de los Muertos, dice el dios supremo: ‘Yo soy Atom, el gato divino de Heliópolis, que, con los poderes mágicos de todos mis nombres, he creado la bóveda celeste y la divina materia que la compone. No olvidemos el largo período, de siglos, que el pueblo hebreo hubo de vivir en Egipto.

Muchas de las ideas básicas, sobre el mundo de ultratumba, vertidas en la Biblia, coinciden, en un muy alto porcentaje, con las aceptadas en el sistema religioso egipcio de la época.

Ninguna religión nació completa y terminada. Todas han ido construyendo su edificio con una parte de materiales prestados por sus vecinos. Se pulen los más preciados, conservándolos y luciéndolos como gemas. Otros, con el tiempo, se desechan, quedando enterrados, ocultos en los cimientos del conglomerado ideológico.