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Guerras Eternas

Tuesday, April 15, 2008

Las guerras santas, o sea, aquellas guerras libradas a favor, o en defensa, de la religión propia, sea ésta cual fuere, no son una modalidad doctrinal exclusiva del mundo musulmán, como, erróneamente, se intenta acentuar en la actualidad. Tanto judíos y cristianos, como las religiones védicas y el Sintoísmo, las dan por válidas y necesarias. Ya que consideran un deber la venganza, llamándola con eufemismos, como, por ejemplo, “defensa de la fe”. Incluso se tienen por inevitables, con unos u otros argumentos. Pero, desde luego, todas consideran santos, o mártires justos, sólo a los caídos en el bando propio. Los otros son, simplemente, infieles, gentiles; enemigos de la religión, de ’su’ religión específica. Gente clasificada como actuantes del lado de las tinieblas. Sujetos indignos siquiera de ser recordados. La imparcialidad no es el fuerte de los hombres religiosos. Esta parcial ceguera religiosa, que les impide ver lo que no les conviene, está totalmente generalizada entre los hombres de fe. Donde toda lógica se estrella contra el firme muro de las creencias. La experiencia repetida, continúa sirviendo para traspasar los conocimientos, pero no la sabiduría.

El mundo de las creencias, si es dirigido por personas excluyentes, fanáticas, puede ser el arma más destructiva de que jamás disponga la Humanidad. No se mata con bombas, sino con ideas. Las ideas Asistimos, día a día, a la radicalización de los minúsculos nacionalismos, servidos como si de doctrinas divinas se tratasen, intangibles y destinadas, presuntamente, a triunfar. Por encima de toda consideración lógica y humana. Si algo hay que pedir a los políticos sensatos que aún nos queden, es que sean, primero, respetuosos con el ser humano y, luego, con las ideas. Las ideas inhumanazas no tienen derecho a existir. La felicidad humana tiene que ser más valorada que el sacrificio de los pueblos, en el altar de las ideas inconmovibles. Falsamente inconmovibles. Hasta que dejan de estar de moda, cuando agotan su ciclo. Si mezclamos convicciones políticas con creencias religiosas, el resultado acabará, siempre, siendo el mejor fertilizante para obtener buenas cosechas en el macabro cultivo de los productivos campos de mártires.

Si alguien, que quiere erigirse como cabeza de una comunidad, pretende estar en comunicación directa con la divinidad, lo prudente sería, al menos, dudar de su veracidad, o de su cordura. Desde la más remota antigüedad, los tiranos se han presentado a sus pueblos como la voz de los dioses. Asociar autoridad civil a la religiosa, debe, cuando menos, suscitar desconfianza. Los gobernantes, cuando se legitiman con razones religiosas, devienen tiranos fanatizados y fanatizadores.

Los intolerantes intransigentes, no tienen más justificación para imponer sus ideas que los fanáticos inamovibles. No se puede dar más valor a ideas, que pueden ser intercambiables, que a las personas que las representan. Si respetamos la libertad de pensamiento, respetemos a quienes piensan de forma distinta a la nuestra.

No se puede extender la democracia, sino ejerciéndola en plenitud. Quien proclame querer extender la democracia, haciendo guerras, miente. Lo que pretende es imponerse con el poder de sus armas. Y eso no es democracia, sino tiranía.

El político que, a través de la guerra, aprovecha para acrecentar su fortuna, no puede representar a su pueblo, se representa a sí mismo. De éstos, hay algunos, bien conocidos.
Quienes ganan con la muerte de otros seres humanos, son, simplemente, carroñeros, sea cual sea la deidad que los ilumine. Los políticos, vendedores de armas y conquistadores de campos petrolíferos, convierten sus intereses prioritarios en una religión propia. Con ello, extienden una nueva paz democrática: la de los muertos que dejan a su paso, es igual para todos.