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Suicidio de la Razón

Sunday, April 13, 2008

Los científicos no hacen guerras, las investigan. Los creyentes sí. Cuanto mayor sea la obcecación de su creencia, más dispuestos están a matar a quien no piense como ellos. Dado que nunca podrán demostrar que sean los únicos en llevar razón, su salvación más cercana la encuentran, en la extinción del diferente.

Si se quiere paz en el mundo, deberíamos potenciar, al máximo, el estudio de las ciencias y la razón. Dando, a las creencias fanáticas, el lugar que les corresponde en la escala de valores civilizados: el que ocupan los sentimientos surgidos de los estados más primitivos de la mente.

Todos los enfrentamientos bélicos tienen por base al instinto de dominio. El cultivo de la razón y los conocimientos, nos harían más fuertes, más sabios y más justos. Gran parte del dinero que se gasta, excesivamente, en armas, fuera de toda razón lógica, debería destinarse a la mejora de los centros científicos.

Subvencionar las creencias es, básicamente, pagar para borrar todo lo aprendido por la Humanidad, en tantos siglos de enfrentamientos religiosos. Las verdades científicas pueden probarse, las ideológicas quedan siempre en la duda de lo opinable. Aprovecharse de la incertidumbre del ser humano, es exactamente lo contrario de “enseñar al que no sabe”. Pues, quienes prohíben pensar, fomentan la ignorancia, conduciendo a la raza humana al primitivismo eterno. No se ayuda, con ello, a salir de las tinieblas, sino que se fomenta el miedo a caer en una oscuridad mayor, si se abandonase la ignorancia presente.

A la luz se llega a través del conocimiento. Para encontrar un camino mejor, se ha de dudar sobre la rectitud del emprendido. Posiblemente, estemos dando vueltas alrededor de un punto muerto. A los irracionales hay que enseñarlos a pensar, antes de que aprendan a cambiar sus criterios. Cuando se demuestre que su pensamiento actual es mejorable.

Los científicos que pongan sus conocimientos al servicio de causas irracionales, pueden constituir el mayor peligro para la Humanidad en pleno. Y eso parece estar pasando en las grandes potencias mundiales. Que están concentrando todo su potencial científico en la consecución de armas, cada vez más peligrosas, con el solo objetivo de conseguir la preeminencia de un poder indiscutible, por terrible.

Hay un peligro mayor que la irracionalidad total de las creencias desbocadas y es: Que la ciencia se ponga al servicio de la irracionalidad, lo que constituiría el mayor peligro que pueda amenazar al ser humano.

Cuando nos hacemos preguntas, sobre algo que desconocemos, nuestra inquietud intelectual nos lleva a buscar respuestas. Y esto conduce a dos caminos de solución: la fantasía o la investigación. Si nos servimos de la imaginación pura y la inventiva, crearemos una fábula. Más o menos razonada, pero irreal. Estos son los relatos que, sobre el origen del Universo real, y sus dioses de fantasía, encontramos en todos los sistemas de creencias. Tan variados, en sus miles de versiones, como cualquier literatura fantástica infantil. Cuando, en vez de fantasear, tratamos de investigar y razonar, para llegar a la verdad, estamos creando ciencia. Indudablemente, el camino de la ciencia es más difícil, lento y complicado, que el de la fantasía. Cualquier pequeño paso adelante, en el camino de las ciencias, está cimentado sobre el trabajo arduo de anteriores investigadores del conocimiento. El hombre es su propio artífice. En él se hallan el origen, fin y causa de su formación. Todo su ser está, al tiempo, condicionado y es condicionante. Su norma de vida y circunstancias, dan base a la realización como individuo.