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Luchas de Poder

Sunday, April 13, 2008

Cualquier principio religioso, tiene implicaciones sociales. Y al revés; las reglas sociales suelen tener justificaciones religiosas. Pero, en la actualidad, no se puede tratar a la sociedad civil como si de una comunidad religiosa se tratase. Sencillamente, porque eso está muy lejos de la realidad.

Los choques vienen, siempre, entre intolerantes. De uno y otro signo. Sean de la cultura que sean. Pero, quienes amparan sus propias razones bajo una denominación religiosa, utilizan esta palabra como escudo protector, que les exime de razonamientos. Sobre todo, si van en contra de sus intereses. Las razones religiosas se utilizan, en muchos casos, para eternizar derechos, haciéndolos inamovibles. La aplicación de leyes sociales, como si fuesen principios religiosos, participa más de la hipocresía, la ambición y la costumbre que de la justicia. Ciudadanos somos todos, creyentes, una parte. Los choques entre culturas, no son tanto debidos a las diferencias culturales en sí, cuanto a las diferentes mentalidades, formadas en principios religiosos heterogéneos, que, cada cual, siente como propio.

En las comunidades primitivas, la imbricación de ambos principios hace que se confundan. Formando la vida religiosa y la social un núcleo inseparable. Si los condicionantes sociales forman parte del individuo, los religiosos son considerados la esencia misma de su espíritu. Así, cuando unos y otros se confunden, como sucede en toda sociedad ancestral, al ser humano le queda muy poco espacio para maniobrar su libertad: la petrificación social se produce. Porque, quienes se benefician del poder, están más interesados en mantener la tradición que en innovar. Les interesa la continuidad.

Cuando el Papa Inocencio IV creó el Santo Oficio, en el año 1248, el mismo de la conquista de Sevilla por el rey Fernando I de Castilla, el gran matamoros, el poder de los cielos descendió a la tierra. De la amenaza abstracta del fuego eterno en el Infierno, tras el Juicio Final, se pasó a la muy concreta condena a muerte en la hoguera, a la sombra de las catedrales. El veredicto inapelable era emitido por unos monjes, tenidos por justos, sabios, e infalibles, con la supuesta ayuda de Dios. Moriscos, judíos y asimilados se echaron a temblar, con motivo. El precepto de Jesús, ‘ no juzguéis y no seréis juzgados’, pasó, de un plumazo, a la historia. Si hoy nos quejamos de fanatismos religiosos, ajenos a nuestra sociedad, no olvidemos nuestra historia.

Una de las grandes conquistas de este siglo, ha sido el conseguir aplicar, en la vida civil, el principio de libertad religiosa. Es decir, existe no sólo el derecho de ejercer cualquier religión, sino, también y conjuntamente, el de no practicar ninguna. Los principios de convivencia civil son perfectamente válidos para la convivencia humana. Y, en muchos casos, su aplicación destila más justicia que los principios atávicos, llenos de reglas y obligaciones, que fueron concebidos en otros tiempos, para otras sociedades. El desarrollo humano y social de las sociedades actuales, ha sobrepasado los principios religiosos, para convertirlos en derechos humanos, no sólo obligaciones.

La aceptación del diferente, no es más que un acto de buena voluntad, para comprender a los otros. Eso no implica una renuncia, sino una apertura y ampliación de la mente. Sin necesidad de renunciar a la propia ideología. La flexibilidad no es ruptura. La diversidad es variedad necesaria, no contrariedad implacable. El peligro no está tanto en las ideas en sí, como en el grado de inflexibilidad, de fanatismo, en la aceptación de otras creencias. El enfrentamiento entre dos distintas, sólo escribe paréntesis vacíos en la historia. Se rompe la continuidad cultural. Las luchas de poder no crean, sólo destruyen.