Sentimientos y Conocimientos

Los códigos morales, basados en la idealización de lo imposible, no pueden conducir más que a la hipocresía y el masoquismo.

Una cosa es tender a la perfección de lo humano, y otra, muy diferente, hacer que la vida sea una continua persecución de lo imposible. Forzando al humano a prescindir de sus instintos básicos, deshumanizándolo. La perfección del humano está en su humanización completa. Mejorando todo lo humano, sin renunciar a su esencia perfectible.

La perfección, no consiste en renunciar a parte de su humanidad, sino en la culminación de una humanización total, sumando sentimientos y conocimientos. Quien más siente, conoce mejor. Aunque no se pueda sentir plenamente. Sentimiento y conocimiento se complementan. Sin antes conocer, plenamente, no se puede sentir, perfectamente. El humano dejaría de serlo, si no fuese aceptado en su complejidad. No somos seres perfectos, sino perfectibles, de forma continuada. Lo humano, más que un logro constatable, es un proceso en formación. Unos sentimientos y conocimientos conducen a otros. Lo más profundo del humano está en su raíz. A partir de la raíz y su sustrato, obtenemos el conocimiento del resultado. No somos ángeles, espíritus puros, sino materia sublimada. La idealización de nuestro origen y composición, conduce a falsedades. No somos hijos de los dioses, sino materia con pretensiones.

Conocer es la base del saber. No se puede pretender conocer, realmente, nuestro ser, si comenzamos falseando la realidad material de nuestro origen. Hay que estar inmerso en la realidad, para conocerla, y absorberla mejor. A quien pretenda conocer el mar, sin sumergirse en él, siempre le faltará experiencia, para sentirlo. A los moralistas, que pontifican, desde el encierro de sus cuatro paredes, siempre les faltará experiencia de la realidad. Permanecerán en el mundo exterior, ignorando que no son maestros, sino ni tan siquiera aprendices. Porque siguen en su propio mundo, aislados de la realidad. Los sentimientos no se pueden regular por leyes. Amar o no amar, se agrandan sintiendo, no legislando.

Por encima de las creencias están las ciencias. Verdades probadas y comprobadas. No podemos llegar al núcleo de las verdades sólo fantaseando. Necesitamos conocimientos. Y esos no se adquieren ignorando, deliberadamente, la realidad. Quienes así actúan, pretendiendo transmitir verdades, a través de una elaborada sarta de fantasías, sencillamente, engañan. Perjudicando el conocimiento y recto pensar de quienes en ellos confían. Con ello, no pretenden enseñar, sino adueñarse de voluntades. Tales personas, no actúan noblemente. No podemos asistir impasibles a la anulación del libre pensamiento de las personas, a favor de organizaciones internacionales, expertas en dominar mentes y torcer voluntades. Cuyo fin principal es la acumulación de poder. Lo que consiguen, magistralmente, a través de sus técnicas de torcimiento de voluntades, probadas durante siglos.

Temamos a quien dice hablar en nombre del Bien. Porque deja implícito que, quienes le contradigan, lo hacen en nombre del Mal. Son expertos en captar voluntades, en su propio beneficio.

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Soberbia Avara

La ignorancia, el odio y el egoísmo, son las raíces de casi todos los males que nos afectan. Y no hay mayor generador de odios que el pretender ignorar la legitimidad de otras creencias. Quien pretenda estar en posesión de la única verdad, es el más equivocado. Sólo que su egoísmo y autocomplacencia le impiden ver. No en vano, la soberbia fue el primer pecado considerado en la Biblia, y sigue siéndolo entre quienes se creen elegidos.

Desde el momento en que se destroza el equilibrio, muere la democracia. No se puede pretender ser demócrata y dominador, simultáneamente. Quien ensaye conjugar ambos vocablos, de forma simultánea, isócrona, o miente, o se engaña intencionadamente. En todo caso, es un farsante, que se sirve de la democracia como pedestal, para levantarse sobre ella, pisándola. Quien lo pretende todo, no puede ser justo.

Avaricia y soberbia, cuando trabajan juntas, unidas en la misma persona, se justifican mutuamente; aún más cuando se basan en oportunas creencias religiosas. Con ellas, el autor de las tropelías, se siente justificado. Quiere ser más rico, más grande, más poderoso, más respetado para, según dice, poder así ensalzar mejor a su Dios.

Los políticos con ínfulas de Abraham, dispuestos para sacrificar a sus primogénitos, para hacer méritos ante su Dios implacable, deberían ser retirados del poder. Viven fuera del mundo y de su tiempo; flotan entre las páginas de relatos legendarios, que les proporcionan ejemplos rancios. Los objetivos actuales son distintos: Buscar la felicidad terrenal del mayor número de personas posible. No la satisfacción de una divinidad, utópica y exigente, que se recrea en el sacrificio y sufrimiento de sus adoradores. Vivimos en un mundo donde se considera importante la felicidad de los humanos, pasando a un segundo plano la dicha de los seres celestes. Ellos ya están en la Gloria.

Cree quien quiere creer. Quien busca la fe, es que ya la ha encontrado. Nada se crea, si no hay una semilla previa. La duda es, como la semilla, creativa. La certeza es petrificante. No tiene evolución. Sembrar dudas de forma creativa, para mejorar lo existente, no busca la destrucción de lo creado, sino la evolución y mejora de lo que merece evolucionar hacia algo mejor. Si nuestro único sentimiento, hacia lo ya existente, fuese de respeto conservador, la evolución de todo lo creado estría por venir.

Cualquier cosa creada, puede evolucionar hacia algo mejor. O, al menos, podríamos intentarlo. Si no fuese así, estaríamos al principio de la Creación. Es indudable que la evolución, además de estar basada en hechos y condiciones preexistentes, va siendo ayudada en su marcha por los mismos seres evolucionados, que han aprendido a cambiar sus condiciones de vida y cambiarse ellos mismos. Lo que puede cambiar, evoluciona, hacia algo, mejor o peor, pero distinto. Nada es eterno, en el sentido absoluto de la palabra. Y, si algo hubiere que lo fuese, no estaríamos aquí los humanos para contarlo. Seríamos algo diferente.

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Necesidad de Saber

Al no permitir dudar, el pensamiento dogmático se convierte en el triunfo del no pensar. Parálisis del intelecto. Lo contrario de la esencia humana, que requiere evolución, desarrollo, concreción de las ideas.

Creer es el estado más primitivo del pensamiento humano. Los principios morales y sociales, que obligan a actuar de una determinada forma, crean más deberes que afectos. Lo que pudo presentarse como deber cumplido, se convierte en trabajo, impuesto para respetar las reglas establecidas.

El peligro de los grandes conflictos actuales es, que están dirigidos por hombres de fe. Creyentes de su propia verdad. Por tanto, negadores de la verdad ajena. Quien decide excluir del paraíso a quienes no tengan sus mismas creencias, es un sectario. Los odios de quienes se creen buenos, son más intensos, duraderos y destructivos. Porque, sus dirigentes, les hacen creer que sólo ellos luchan en el lado del Bien. Lo exterior es maldad. Realmente, la propia verdad, que surge de nuestro interior, es la válida para cada individuo.

Cualquier rama científica, que aporte conocimientos nuevos, está cambiando la vida del humano. Por muy alejadas que estas aportaciones parezcan, del día a día cotidiano. En ciencia no hay nada intocable. Todo se revisa, constantemente. En ella, las verdades no son eternas, tienen siempre algo de provisional. Se mantienen como certezas, hasta que se encuentra algo mejor. El conocimiento se revisa.

Los depredadores por designación divina, procuran sentirse como administradores de Dios sobre la Tierra. A quienes toda propiedad les fue dada por el Creador. Según sus cultivadas convicciones. Resulta, al menos, retorcida, la interpretación real que los hombres de fe hacen de sus oportunas convicciones. Utilizan el credo como si fuera el título de propiedad de cuanto se pone a su alcance. Debería enseñarse más ciencia en las escuelas, desde una edad temprana, para que los espíritus infantiles lograran anclarse en el discurso de la razón. Si no, viviremos pronto en un mundo irracional de dispersas fantasías místicas, que buscan sólo el predominio de un número limitado de líderes carismáticos, sobre millones de ingenuos creyentes. La fe es manipulable. La creencia es el triunfo del no pensar.

No siempre la madurez acerca a la sabiduría. Es más común la consolidación de mentes dispuestas a creer que ya saben cuanto necesitan. Las posiciones dogmáticas sobran. Son causa de casi todos los conflictos insolubles. Los soldados, para luchar con espíritu de victoria, necesitan tener convicciones, sentir dentro la justicia de los fines que defienden y creer que no luchan contra sus hermanos, favoreciendo a extraños.

Los políticos no son nada, sin el pueblo que los sostiene. Las ideas pueden estar dormidas, inactivas, hasta que despiertan, manifestándose. Ciencia y creencias pueden coexistir, siempre que no se pretenda destruir la ciencia, por temor a perder poder y hegemonía de las creencias. Los científicos no buscan enemigos, sólo ampliar sus conocimientos, para el beneficio de todos. El cultivo de las creencias suele conducir al incremento de la ignorancia.

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Razón en Marcha

El bien común no debe implicar la anulación de los derechos individuales. El Bien y el Mal no son valores absolutos, ni pertenecen a nadie. Las mismas acciones, al ser puestas en marcha en ocasiones diferentes, o por personas distintas, no suelen tener el mismo efecto, ni estar motivadas por los mismos sentimientos.

Moralmente, cuenta más la intención que el resultado. Pero, en la vida real, ¿cómo podemos penetrar en la conciencia de la gente? La libertad no es un hecho, sino un sentimiento. Quien tenga su pensamiento condicionado, no es libre. Y, ¿quién no está condicionado? Cuando la razón se pone en marcha, el conocimiento se amplía. Constantemente. La razón siempre está en movimiento. Revisando, completando, recolocando los conocimientos de cada uno, para que todo encuentre su lugar adecuado. Hay que temer a los manipuladores de la mentira. A quienes se presentan, falsamente, como dueños de la verdad, para obtener ventajas. Donde reina la hipocresía, todos pretenden ser amantes de la verdad. Si los aceptas, sin razonar, a partir de ese momento, verdad y mentira serán la misma cosa: simples instrumentos de poder. Mezclados, de forma tal, que te será difícil librarte de la maraña en que se han convertido simples hechos, reinterpretados fantasiosamente por miles de mentes, oscurecidas por la ignorancia.

Quienes viven del respeto ajeno, han de presentarse como intachables. Y eso raramente existe. Si el individuo perfecto existiera, habría cesado la evolución. Es más común que, los pretendidamente intachables, vivan inmersos en el mundo de la hipocresía. Para zanjar diferencias, siempre se puede hablar.

No es justo usar la libertad de expresión, por consenso democrático, para imponer pensamientos únicos, rígidos y controlados, conducentes a la dictadura de los ya poderosos. La mayor parte de las ideologías institucionalizadas, que implican el uso de valores morales, caen en la manipulación de tales valores, para asignarles intenciones benéficas o maléficas, según convenga al juzgador.

La esencia puede permanecer, mientras las circunstancias cambian. A veces, las razones que más se ocultan, son las que afloran con mayor nitidez. La hipocresía en la intención, puede ser más punible que el hecho en sí. Nunca el temor fue creativo. La creación es función del amor. Las sociedades cambian cuando se alteran sus creencias. Cuando uno se cree escogido por los dioses, para cambiar las creencias del mundo, debería visitar a un siquiatra, antes de ponerse en marcha. La tragedia del mundo actual, es que hay demasiados gobiernos en manos de fanáticos. No se razona, sencillamente se trata de anular la creencia diferente. Faltan científicos razonadores, con poder en los puestos de mando y sobran hombres de fe. Sin mentir, no dicen la verdad, la ocultan; son los hipócritas. Entre la verdad y la mentira se encuentra la hipocresía. Participa de sus colaterales, sin igualarse a ninguna de ellas. Su característica es ser, siempre, algo distinto de lo que aparenta. Las leyes, las costumbres, las enseñanzas, la sociedad, en suma, cambian cuando se alteran las creencias.

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Culto a la Muerte

Quienes pueden pontificar sobre normas de conducta, las adaptan a los tiempos en que vivan. Es injusto plantearse, inhumanamente, que la vida o muerte de pueblos enteros puedan someterse a las expectativas de unas elecciones, de las que puedan salir triunfantes unos u otros. Aunque sea eso lo que suceda realmente. Elegir a un político u otro, siempre cambia el futuro de alguien. Los inflexibles prefieren que la gente muera, antes que cambiar su palabra, o sus designios. Los asuntos de dignidad personal suelen ser decisivos para los políticos. El amor a sí mismos puede más que su amor a la Humanidad. Las preferencias, sobre todo las políticas, suelen funcionar como las obras de teatro; poniendo el decorado apropiado, se monta una escena semejante, con variaciones, para hacer el desarrollo creíble.

En un mundo donde la idea del pacifismo progresa, parece fuera de tiempo la institucionalización de la muerte violenta, como justificable a los ojos de Dios. Quienes trafican con armas, guardan los beneficios, siempre situados a salvo, en la distancia. Parecen creer que todos morirán, menos ellos.

Somos lo que pensamos. Desconfiemos de quienes se proclaman dueños de la verdad. Porque no estarán dispuestos a consentir más verdad que la suya. Una vez cambiado el camino, nadie puede volver a su origen. El agua que salía ayer de una fuente, no es la misma que sale ahora. El mal que se escondía en el proyecto original, no parece el mismo que late en la obra finalizada. El arrepentimiento no influye en el pasado, sólo se traslada al futuro, cuando el mal ya fue hecho. Cualquier creencia es limitadora. No se pueden sobrepasar sus fronteras teóricas, cuando, en la práctica, cada creencia es la obra conjunta y cambiante de los sucesivos continuadores de una idea, heredera de sí misma, que cambia al continuarse. El punto de partida y el camino recorrido, forman parte de la meta.

Cuando el conocimiento se amplía, constantemente, la razón se pone en marcha, para permanecer en movimiento. Revisando, completando, recolocando cada cosa, hasta encontrarle su lugar adecuado. No creo, no puedo creer, en lo inamovible, lo estático, lo perenne, lo eterno. Necesito saber que todo cambia, o, al menos, que todo puede cambiar.

Pienso, discurro, razono, deduzco, y, entonces, cuando creo saber, descubro más dudas, tras las primeras afirmaciones. Nunca se está ante la Verdad Total. Sino ante verdades parciales, que te indican el camino hacia otras porciones de verdad. Deberíamos curarnos de esas pretensiones visionarias, que nos conducen a creer haber alcanzado el núcleo de la Verdad.

Vamos sabiendo más, cada día, sí, pero, cuanto más sabemos, más conscientes somos de lo mucho que ignoramos. Sólo un iluso, o un mentiroso, pueden afirmar conocer la verdad absoluta de algo. Llegamos a intuir pequeñas verdades parciales, que van formando un conjunto, tan inmenso, que ninguna vida bastaría para abarcar su desarrollo. Tras de una verdad, siempre hay otras.

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Condenas Eternas

Para condenarse eternamente, hay que creer en la condena inextinguible. Uno mismo es juez y reo. La España actual es un país con historia propia, descendiente y mezcla de otros pueblos históricos, y generador fértil de otras culturas. Ni más ni menos que muchos otros países europeos, con los que nos identificamos.

Todos los imperios, a lo largo de la historia, adujeron razones morales, religiosas, justicieras, para excusar las conquistas que su potencial les proporcionaba. Los tiempos no han cambiado; oímos ecos de aquellos viejos mensajes. El Índice, lista de escritos, de conocimiento prohibido a cualquier católico, sigue siendo arma importante, para mantener a posibles lectores dentro de la ortodoxia. Su lectura implica la comisión de pecado mortal. Y su publicación, suponía un delito.

Dinero, armas y convicciones, dominan el mundo. Están tras cada sistema de poder organizado.
Imbuir en la educación temprana del individuo el temor a lo desconocido, mientras se infiere que, el comunicador, posee las llaves del Paraíso, es la atadura más fuerte. Usada metódicamente por las sucesivas civilizaciones que en el mundo han sido. Nadie se libra totalmente de ellas. El temor a lo desconocido, y a una condena eterna, por ignorarlo, es capaz de aflojar los cordones de cualquier bolsa. Con fe, ideas y dinero, se arman ejércitos fanáticos. Donde la teología tiene preeminencia, desaparece la ciencia.

En las circunstancias sociales que vivimos, con imposición de ‘verdades’ inventadas, en las que habremos de creer, so pena de ser condenados a las tinieblas exteriores del aislamiento social, la lógica profana, pierde su valor. Se ordena permanecer en la ignorancia, no investigar. Para rematar lo razonado de la orden, identifica la Biblia la palabra ‘conocer’ con la de fornicar. Así, no es de extrañar que, religión y ciencia, hayan mantenido relaciones tan poco cordiales a lo largo de milenios.

La idiotez no ha muerto. Cualquier ley innovadora, que favorezca avances en la ciencia, o en la convivencia humana, es rechazada por estos espíritus quietos, que pretenden sobrevivir, en su estado de hibernación, eternamente. Al final, todo se reduce a una prosaica lucha de poder, con dos componentes, potencia y resistencia. ¿Cuántas veces han sido condenados notables científicos a largas exclusiones de la sociedad, o la muerte, por sentirse más humanos que fieles creyentes? Los dictadores del espíritu son implacables.

Pretendiendo hablar en nombre de Dios, de su dios único, cual si fuese un terrible dictador. La maldad innata que la Biblia atribuye a la raza humana, la derivan del primer pecado, el de la curiosidad de Eva.

Pura pedagogía: La mujer no debe indagar. Sólo obedecer y callar. La curiosidad es condenable, según los escritos sagrados. De ahí la histórica oposición eclesial a los avances científicos. Impidiendo que el conocimiento lleve a terrenos no autorizados por los dogmas, se conserva el fin último de todo mandatario: el mantenimiento del poder. La mujer de Lot, condenada por’ querer saber’, es su última palabra.

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Adoctrinando

Quienes se consideran dueños del alma de sus adoctrinados, no quisieran compartirla con otros. No hay libre albedrío sin libertad previa, una base económica y cohesión social bien arraigada. En los grupos de fanáticos, por encima de los discípulos, siempre hay maestros. Consideran que no se perjudica a un sacrificado, por enviarlo al reino de los cielos. Pues, quien muera luchando en defensa de sus creencias, conquista la posición de mártir. Las ovejas no pueden ser guiadas más que por ellos, sus pastores.

Lo que es moral o amoral para el hombre de la calle, tiene distintos valores, de puertas adentro. Donde la sumisión es total ante los adoctrinadores. Mientras haya doctrina que enseñar, habrá maestros que la divulguen entre sus discípulos. Permanece la obra, no el obrero. ¿Siguen siendo mártires quienes mueren matando? Este adoctrinamiento, puede conducir a cimentar el fascismo más feroz. A quienes se llaman idealistas, se les puede y debe exigir que procuren conquistar el derecho a poner en práctica sus ideales, sin, para ello, matar o reprimir a nadie. Fomentar la capacidad crítica de los individuos, sería la mejor ayuda que podría prestarse a su desarrollo humano. Las mentes adoctrinadas pierden la facultad de ejercer el libre albedrío. Los monstruos carniceros, deben quedar relegados a las cavernas.

Con iguales elementos que las abejas fabrican su miel, componen el veneno, para cargar su aguijón. Vida y muerte. Es posible que debamos aprender a separar ciencia y creencia, para buscar aprendizaje en lo pequeño, más que en lo grande, que nos sobrepasa. Los secretos de la vida están más en lo pequeño, dentro de nuestro alcance. Avanzar es posterior. Antiguamente, los conocimientos, ya fuesen científicos o mágicos, debían permanecer en secreto. Sólo las autoridades superiores tenían la potestad de recabar explicaciones sobre la solución de algún problema. Esta práctica fue común en las antiguas civilizaciones.

Siendo el origen de enormes pérdidas de conocimientos. Los conocimientos se percibían de los maestros, bajo estricto juramento de silencio. La base de la preeminencia era, la ocultación de lo aprendido. La divulgación de lo secreto, se penaba con la muerte. Así, el secretismo de las sociedades excluyentes, provocó el estancamiento de los conocimientos humanos. Que eran tratados como secretos estancos, privilegio de cada profesión, con disciplinas cerradas, de estudios aislados y exclusivos. Con esa mentalidad, preservar la ignorancia ajena, llega a ser más importante que cultivar el aprendizaje propio.

Si no queremos retroceder a un mundo cada vez más lleno de tiranos e intolerantes, debemos convertir en un deber la comunicación de nuestros conocimientos. Para no trocar la sociedad humana en un mundo de compartimientos estancos. Aprender y enseñar, deben ser actividades generosamente complementarias.
En la Historia, de los traidores se olvida todo, excepto su traición. Europa, como centro emisor de bienestar y cultura, existe. Sólo hace falta pegar más firmemente los trozos en que la Historia nos ha dividido. La unidad europea debe permanecer como valor prioritario de nuestra esencia.

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Creación y Creencias

Los fanáticos, de cualquier creencia, son la negación de la vida. Actúan como predadores, exterminadores de todo aquello que no consideren su igual. Quien proceda, en sus acciones, dando prioridad a las creencias, antes que al razonamiento, no puede sorprenderse si encuentra dificultades en la realización de sus proyectos. La vida es un encadenamiento de hechos lógicos.

Los razonadores crean, los creyentes, ignoran. Para ser querido, se ha de amar. Quien albergue odios, rencores, envidias, no puede ser feliz. Las mismas ondas que emitimos, las recibimos rebotadas desde nuestro entorno. Las teorías, para demostrar su validez práctica, han de ser usadas. El proceso histórico es el que demuestra a dónde llevan. Si se tiene el poder y los medios suficientes para imponer la paz, no debería hacerse a través de la guerra. Creando odios, donde sólo existía indiferencia. Quien no pueda deshacerse de sus rencores en soledad, consigo mismo, no debería asumir una responsabilidad que le permita rociar con su bilis a toda la Humanidad.

Quienes temen al Dios juzgador que conciben, no pueden amarlo. Para ellos, es más un lejano juez, propenso a la destrucción, que un padre creador. Casa uno lleva dentro al dios que le corresponde. El cielo es de los creyentes. De quienes creen en él. Igual que el infierno. Quien crea que se lo merece, lo tendrá. Lo creamos los humanos, en nuestra mente. Aquello en que se cree, se realiza. Por eso los creyentes son, también, temerosos. Pretender gobernar el mundo con sentimientos viscerales y egoístas, crearía un futuro lleno de rencores.

Quien, teniendo el poder y los medios suficientes para imponer la paz, quiera hacerlo a través de la violencia, para demostrar su fuerza, creará odios, donde, posiblemente, sólo existiera indiferencia, o rivalidad. Para ser querido, se ha de amar. Los hombres religiosos que utilizan la religión para medrar en política, contradicen sus principios. A no ser que consideren la religión como una forma de hacer política. Lo estamos viendo, fehacientemente, en Iraq, Irán, y todo Oriente Medio. Pero es también una forma de alcanzar puestos de poder. Todos los contendientes usan su propia religión, para cohesionar a los suyos, como un arma más contra los que son diferentes. Cuando, de lo que realmente se trata, es de ganar territorios y privilegios ambicionados. Los hipócritas conocen el valor de sus armas.

El monoteísmo, en cualquiera de sus variantes, produce el mayor porcentaje de intolerantes. Reales o de conveniencia. Pretendiendo forzar reglas propias en vidas ajenas. Cuando, nadie es respetable por encima de nadie. Es decir, todos deben merecer el mismo respeto, crean lo que crean. Las guerras contra los herejes, durante la Edad Moderna, no son hechos muy distintos, ni distantes en su génesis. El resultado era la incautación de sus bienes y la expulsión del territorio. Como solución, buscada, aunque nunca declarada, de la aplicación de la intolerancia. Tales hechos se basan, jurídicamente, en querer forzar reglas propias en vidas ajenas.

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Amor, Realidades, Sueños

Venganza, más que amor, es el motivo que impulsa a la Humanidad. Egoísmo y no generosidad. Queremos proteger lo nuestro, aunque sea quemando lo ajeno. Amor, es necesario, y no terror. El amor construye. El terror aniquila. Creer, creer, siempre creer, para conservar y repetir el pasado. Es lo que nuestros instructores nos piden. Pero, necesitamos amor; amar y amarnos, para construir el futuro. No odios enquistados. Recordar las hogueras medievales y el olor a carne humana quemada, por los verdugos inquisidores de turno, es lo que nos hace falta, para reconocer el camino recorrido.. Perdonar, sin olvidar. Conscientemente racionales. Quienes quisieran borrarnos la racionalidad de nuestros cerebros, pretenden hacernos regresar en la evolución humana, unos cuantos millones de años.

Jugar a construir el futuro, sobre bases inventadas, fuera de la realidad, es lo que nos hace estar, siempre, en el aire. Quien ama, también odia. ¿Qué regalaremos esta vez a nuestro antiguo enemigo interesado? Quien quiera ser amado, debe saber cultivar, y dar, amor. Torturando y humillando a los pueblos, no se conquista su amor. Sólo se los engaña. La bondad es, siempre, fruto del amor. No del temor ni del odio. El futuro nos pertenece a todos, no sólo a los poderosos. Ante lo diferente nos sentimos inseguros. Se busca lo que convenga, en el momento deseado. Ayudando a un ser humano, se ayuda a toda la Humanidad. El sincretismo actual es perfecto, no sienten la necesidad de cambiar.

Quien lo crease todo, debería tener el mismo amor a toda su creación. Si es que los hombres religiosos tuviesen razón en sus creencias tendenciosas. Quienes rijan la administración de un pueblo, han de amarlo, al menos tanto como se aman a sí mismos, obrando en consecuencia; dándole a su población lo mejor de ellos mismos. Al final, estar y sentirse bien, es cuestión de amor. De los salvapatrias, líbranos Señor. Sus palabras me suenan tan huecas como el retumbar de los tambores. Pero mueven multitudes y son peligrosos A los fanáticos, les falla la lógica. Ellos solos se excluyen del mundo real, construyendo fantasías.

Si, quienes dicen moverse por amor al prójimo, pretenden la búsqueda del camino hacia la perfección, el mejor indicador a seguir los conduciría a su mente. Donde encontrarán la parte de Universo que contenemos. Desde allí nos podemos expandir, hasta confundirnos con el Todo. La diferencia entre caridad y amor, no es evidente, pero sí esencial. La caridad da a otro lo propio. El amor es un regalo a uno mismo; porque el ‘otro’ forma parte de uno. Quien odia al diferente, en cambio, hasta sus amores los tiñe de odio.

Lo que es moral o amoral para el hombre de la calle, tiene distintos valores, de puertas adentro. La hipocresía y el cinismo deberían ser pecados capitales, como lo es su madre, la falsedad. Las doctrinas totalitarias, no han dejado nunca una herencia de respeto y protección del individuo, sino la consagración de la prioridad comunitaria ante éste.

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