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Condenas Eternas

Wednesday, February 10, 2010

Para condenarse eternamente, hay que creer en la condena inextinguible. Uno mismo es juez y reo. La España actual es un país con historia propia, descendiente y mezcla de otros pueblos históricos, y generador fértil de otras culturas. Ni más ni menos que muchos otros países europeos, con los que nos identificamos.

Todos los imperios, a lo largo de la historia, adujeron razones morales, religiosas, justicieras, para excusar las conquistas que su potencial les proporcionaba. Los tiempos no han cambiado; oímos ecos de aquellos viejos mensajes. El Índice, lista de escritos, de conocimiento prohibido a cualquier católico, sigue siendo arma importante, para mantener a posibles lectores dentro de la ortodoxia. Su lectura implica la comisión de pecado mortal. Y su publicación, suponía un delito.

Dinero, armas y convicciones, dominan el mundo. Están tras cada sistema de poder organizado.
Imbuir en la educación temprana del individuo el temor a lo desconocido, mientras se infiere que, el comunicador, posee las llaves del Paraíso, es la atadura más fuerte. Usada metódicamente por las sucesivas civilizaciones que en el mundo han sido. Nadie se libra totalmente de ellas. El temor a lo desconocido, y a una condena eterna, por ignorarlo, es capaz de aflojar los cordones de cualquier bolsa. Con fe, ideas y dinero, se arman ejércitos fanáticos. Donde la teología tiene preeminencia, desaparece la ciencia.

En las circunstancias sociales que vivimos, con imposición de ‘verdades’ inventadas, en las que habremos de creer, so pena de ser condenados a las tinieblas exteriores del aislamiento social, la lógica profana, pierde su valor. Se ordena permanecer en la ignorancia, no investigar. Para rematar lo razonado de la orden, identifica la Biblia la palabra ‘conocer’ con la de fornicar. Así, no es de extrañar que, religión y ciencia, hayan mantenido relaciones tan poco cordiales a lo largo de milenios.

La idiotez no ha muerto. Cualquier ley innovadora, que favorezca avances en la ciencia, o en la convivencia humana, es rechazada por estos espíritus quietos, que pretenden sobrevivir, en su estado de hibernación, eternamente. Al final, todo se reduce a una prosaica lucha de poder, con dos componentes, potencia y resistencia. ¿Cuántas veces han sido condenados notables científicos a largas exclusiones de la sociedad, o la muerte, por sentirse más humanos que fieles creyentes? Los dictadores del espíritu son implacables.

Pretendiendo hablar en nombre de Dios, de su dios único, cual si fuese un terrible dictador. La maldad innata que la Biblia atribuye a la raza humana, la derivan del primer pecado, el de la curiosidad de Eva.

Pura pedagogía: La mujer no debe indagar. Sólo obedecer y callar. La curiosidad es condenable, según los escritos sagrados. De ahí la histórica oposición eclesial a los avances científicos. Impidiendo que el conocimiento lleve a terrenos no autorizados por los dogmas, se conserva el fin último de todo mandatario: el mantenimiento del poder. La mujer de Lot, condenada por’ querer saber’, es su última palabra.

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