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Gemas Protectoras

Thursday, April 17, 2008

Entre los amuletos más preciados de la antigüedad, estuvieron siempre las piedras preciosas. Indagando hasta la prehistoria, encontramos que, ininterrumpidamente, fueron ambicionadas. Se les atribuían propiedades tanto mágicas y religiosas como medicinales. Lo que hizo de su posesión un anhelo, pues, supuestamente, representaban un bello escudo contra infinidad de males. No bastaba su belleza, habían de tener virtudes añadidas, tales como conexiones con los dioses y fuerzas de la Naturaleza. Eso las hacía más valiosas. Consecuentemente, entre las primeras materias con las que se comerció, encontramos toda clase de gemas. Los hallazgos de lapislázuli, procedente de Asia Menor, en yacimientos arqueológicos prehistóricos del norte de África y sur de Europa, a miles de kilómetros de su origen, lo atestiguan. Dados los primitivos medios de transporte existentes en la época, y los peligros del camino, eso significaba meses, o años, de recorrido. Es de suponer que tales esfuerzos fueran realizados, para apropiarse de los grandes poderes mágicos que su posesión confería. El lapislázuli, en el Cristianismo, se relacionaba con la Virgen María. Con anterioridad, los griegos conectaron esta piedra con Venus, y los egipcios con Isis, la gran maga. Fue muy apreciado desde la más remota antigüedad. Era la piedra de las mujeres, por excelencia. Se han encontrado adornos de lapislázuli, seguramente amuletos, en cuevas de la Edad de Piedra. También, en tan arcaicas épocas prehistóricas, usaron ya el polvo de lapislázuli, mezclado con grasa, para destacar el contorno de los ojos.

Entre árabes, los ojos de color azul representan el mal, o a personas de las que no puede uno fiarse. Ilustrativa es la referencia coránica al Día de la Resurrección, cuando se distinguirá a los culpables por sus ojos azules. Aunque, ‘quien haya hecho obras de misericordia y sea creyente, no temerá la injusticia.’ Aquí, como en la Biblia, se unen la fe y las buenas obras. Ambas han de ir unidas, para ser válidas ante Dios. Aunque se dé más valor a la fe que a las obras.

La cultura musulmana, tan enemiga de toda representación figurativa, ha conservado, sin embargo, dos amuletos principales, la mano de Fátima y el “ojo bueno”. Protectores poderosísimos, según la tradición. Resulta curioso poder constatar que, en numerosas ocasiones, la figura del “ojo bueno” lleva, como iris, un esmalte o piedra azul, preferentemente turquesa o lapislázuli, con un punto dorado en el centro. Su antiguo origen como “ojo del divino halcón solar”, ha quedado sepultado en el olvido.

El llamado “mal de ojo”, maldición que se suponía transmitida por la mirada de una persona mal intencionada, tiene numerosas referencias históricas, perviviendo su creencia hasta la actualidad. En África y Asia, no es difícil encontrar personas que porten alguna piedra azul, generalmente lapislázuli, turquesa u otra semejante, de pasta vítrea, colgada del cuello. En ella se pretende ver la representación del %u2018ojo bueno’, el Ojo de Dios, con origen en el “Ojo de Horus” egipcio, que libra, a quien lo lleve, del efecto del “ojo malo”, “el ojo del malvado”, o mal de ojo. Los egipcios, ya desde tiempos de las antiguas dinastías, mantuvieron colonias comerciales en Fenicia, donde cambiaban las turquesas del Sinaí, apropiadas para los cultos de Astarté, por maderas del Líbano, para sus templos y palacios.

La Cruz de Caravaca, custodiada por serafines, rechaza las intenciones adversas de nuestros enemigos. Olvidando, convenientemente, que el significado primitivo de la palabra “seraf”, con el sufijo -im, que implica un plural, era el nombre de la “serpiente alada”, adorada por los ofitas, habitantes del desierto del Sinaí; y no ningún ángel.

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