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Montañas Sagradas

Wednesday, April 16, 2008

No hay región en el mundo, habitada desde la antigüedad, donde no encontremos una montaña sagrada. En tiempos pretéritos, al parecer, los dioses de la época preferían tomar contacto con sus profetas en las cumbres montañosas. Cuanto más elevadas, mejor. Sitios aislados, poco habitados, tranquilos. Apropiados para la meditación trascendental, el retiro y la escritura, se deduce.

En toda Asia, es notable el número de montañas sagradas que, conforme evolucionan las religiones del entorno, mantienen su carácter sagrado, cambiando paulatinamente sólo el nombre de los dioses, que en ellas se manifiestan, o las habitan, como inquilinos sucesivos de una misma residencia. Igualmente, en África y América, los dioses creadores suelen morar en las montañas más altas e inaccesibles. A sus alturas pueden acceder sólo los chamanes, brujos o sacerdotes. Es terreno vedado a los habitantes de las tribus cercanas, especialmente a las mujeres.

Las montañas impresionantes, las mayores, las más escarpadas, las de formas más impactantes, eran el lugar de morada preferido por los dioses. Recordemos a Moisés, en el Monte Horeb o Sinaí, cuando, ante la zarza ardiendo sin quemarse, Dios le ordena que se quite el calzado, porque la tierra que pisa es santa. En casi todas las religiones antiguas, se nota el carácter sagrado que se atribuía a los montes elevados. Para el sacrificio de Isaac, Abraham también escogió la cima de un monte.

Aún sin referencia expresa, las apariciones divinas tienen lugar en la cumbre de las montañas, con gran frecuencia. Así, los profetas antiguos se retiraban a orar a los montes, para estar más cerca de Dios.

Dentro de las religiones que han dejado testimonio escrito de sus creencias, podemos observar, claramente, cómo la evolución siempre ha sido, desde unos ritos más ligados a la Naturaleza, hacia creencias más espirituales, que han ido sumiendo en el olvido su origen y vinculación. Cosa de lo más natural. Si el hombre se intelectualiza, ¿Por qué no los dioses?

El poema más antiguo, de entre los conocidos en la civilización occidental, que canta la epopeya de la Creación, fue redactado en Babilonia, varios siglos antes de comenzar a escribirse la Biblia. El relato, llamado Enuma Elish, es de singular belleza: En él se describe la separación, por el Dios Creador, de las aguas primitivas. Dividiéndolas en aguas de arriba y aguas de abajo, a partir del caos primigenio. Y la posterior Creación del Mundo. En el Génesis, se comienza diciendo que el espíritu de Dios se movía sobre las aguas, en una tierra informe y vacía, entre tinieblas. Después, Dios separó las aguas del firmamento, de las que estaban sobre el firmamento. Coincidencia o absorción, no importa, ambos relatos son igual de bellos y poéticos.

Y, a partir del poema de Guilgamesh, antecedente babilonio del relato bíblico sobre el Paraíso, encontramos también un cierto antecedente del mito de Adán y su caída, a través del pecado, en el relato mesopotámico de Adapa, el primer humano. Habiendo éste desobedecido al dios Aun, su creador, fue perdonado, pero cometió el error de no beber el licor de la vida que el dios le ofreció, en señal de reconciliación. Para su desgracia, la pérfida serpiente, aprovechó un momento de distracción para robárselo. Desde entonces, son los hombres, descendientes de Adapa, mortales.

No es nada raro que, la narración bíblica, haya tenido como antecedentes estos poemas babilonios, dadas las concordancias y el constante contacto, por su proximidad y convivencia, entre ambas culturas. Mientras, las serpientes, siguen renovando su piel todas las primaveras. ¿Será que resucitan?

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