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Corbatas Vivas y Muertas

Wednesday, April 16, 2008

Creer, pensar, razonar, son acciones interrelacionadas, e intercambiables. Quien cree, generalmente, no razona. La lógica es, casi siempre, incompatible con las creencias. Cuando no se razona, el pensamiento se deriva hacia la creencia.

La enseñanza razonada no puede estar basada en creencias, del tipo que sean. La mezcla indiscriminada de razones y creencias, conduce al caos. Creer, sin razonar, es la base de los mayores errores. A la luz se llega razonando, no sumiéndose en una irracionalidad esclavizante.

Si se puede saber, ¿por qué se ha de suponer?

Animismo y Panteísmo están entre los sistemas de creencias menos razonados y razonables. Pertenecen al primitivismo más evidente, latente y persistente en la raza humana. ¿Cómo es posible que sigamos creyendo en espíritus que corren por los montes y bosques, alojándose en las cuevas más oscuras, o migrando de una persona a otra?

Incluso, hay quienes creen que, entre animales, también pueden existir los efectos del más dañino animismo. Entre campesinos, aún se oye contar, a venerables ancianos, casos que dicen haber conocido de personas, o animales, que fueron víctimas del mal de ojo. Una maldición formulada por alguna persona malintencionada. De las que afirman tener “poderes”, lo que quiera que eso sea. A los perjudicados, no se les ocurre pensar que pudieran haber sido víctimas de alguna substancia más natural, más habitual, y menos espiritual que una simple maldición. Sin embargo, la gente de pensamiento plano, o nulo razonamiento, tienden a creer en este tipo de maldiciones.

De hecho, en todos los continentes encontramos personas, incluso organizaciones, especializadas en la fabricación y, sobre todo, venta, de remedios contra el mal de ojo, los malos espíritus y las maldiciones de personas que nos quieran mal.

Quizá, el primer antídoto eficiente podría ser el hacernos querer, procurar no hacer daño a nadie, con lo que nos ahorraríamos unas cuantas miradas torcidas y maldiciones, a nosotros dirigidas. El mal lo lleva, cada uno, en su cerebro. Quien sea maligno, no va a recibir cariño. Hace poco, oía a un político, que pretende dirigir una nación, hablar de su “corbata de la suerte”. Se la pone, como talismán, para sus comparecencias difíciles. En fin, hay quien, todavía, cree en cosas así. Si pretende tener suerte, confío en que disponga de algunos remedios más que la corbata. Aún cuando la autosugestión también obre milagros.

A través del mundo, cuando el humano ve que la situación escapa a su control lógico, empieza a pensar que necesita ayuda exterior. Más poderosa que la de sus iguales en saber y poder. Es entonces cuando acude a magos, brujos, sacerdotes, seres divinos y poderes celestiales, o infernales, para que medien en su favor. Restos de estas creencias en medios externos a nosotros, son evidentes, en cuanto se investiga el por qué de algunas costumbres tradicionales. Aún hoy día, las culturas amerindias aportan una gran parte de sus creencias animistas a las modernas religiones espiritistas de América. A su vez, se ha de indicar que, algunos rasgos culturales de la civilización Olmeca, en México, tienen conexión evidente con antecedentes chinos de la dinastía Tchu. Lo que puede ser un indicador más de la migración y pervivencia de las ideas, unidas a los hombres. La mente humana, en sus estadios más primitivos, no puede concentrarse más que en cosas que le atañen, directa e inmediatamente. Ello llevó a esa identidad de criterios que encontramos en todos los pueblos que comparten ideas tradicionales. En las culturas animistas actuales, como las del Pacífico insular, se dice de una figura religiosa que está “viva”, si se cree que el espíritu del dios, al que representa, habita en ella. Si se piensa que el ánima abandonó la figura, oque nunca la habitó, entonces se dice que está “muerta”. Como las corbatas que no dan “suerte”.

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