Go to content Go to menu

Corazones Poliédricos

Tuesday, April 15, 2008

La Biblia no es pacífica. Como no lo es el Corán. Quienes quieran ser pacifistas, deberían obviar su lectura. En sus páginas milenarias, se pueden encontrar perdidos. Tanto uno como otro, son el libro de cabecera de una cantidad sorprendente de generales. Que viven y han vivido de, por y para la guerra. Cada uno de ellos, defendiendo sus propias creencias. Tras su lectura, duermen tranquilos, adormeciendo sus conciencias. En ellos, se justifican todas las batallas. Siempre que se hagan en defensa de su palabra sagrada. Las tres grandes religiones del Libro: Judaísmo, Cristianismo e Islamismo, hunden sus raíces en la Biblia, con sus diferentes versiones y derivados. Los conflictos bélicos de quienes se inspiran en sus relatos, son los más sangrientos, repetidos y sostenidos del orbe. Conflictos entre ellos y, a partir de ellos, con el resto de la Humanidad.

¿Cómo es posible llamar Dios del Amor, a quien, al tiempo, es el Dios de los Ejércitos? ¿Que recomienda luchas, destrucción, invasiones, muerte y aconseja no tener misericordia con los enemigos? Enemigos que, en muchos casos, se limitan a ser distintos. A tener pensamientos divergentes. Con estos principios bien asimilados, se comprende que puedan dormir tranquilos, quienes arrasan poblaciones, ocupan países que no son suyos, y destruyen civilizaciones, enraizadas en los principios de la cultura humana. Están trabajando, según sus pétreas conciencias, para su Dios del Amor. Idéntico Dios para todos, en las palabras del Libro, pero tan distinto, una vez alojado en los corazones poliédricos de sus defensores. La fuente es la misma, pero sus manantiales se han contaminado en tierras distintas. Cada uno lo refleja e interpreta según esté montado el filtro de su propia mente. El resultado es de una diversidad infinita. El dios personal es, siempre, un reflejo del individuo que lo aloja.

Quien duda sobre la certeza de sus razones, no matará a su contrario. Cuando la fe lo convenza de su propia razón, le parecerá de justicia el hacerlo. Matan más los buenos creyentes, porque saben que no les atormentará la conciencia. Lo hacen por una “buena causa”, su causa. Lo vemos en los asesinos suicidas. Ellos se sienten cumplidores de un deber. Hay que temer a los señores de la mentira. A quienes se presentan, falsamente, como dueños de la verdad. Porque, a partir de ellos, verdad y mentira serán la misma cosa: un instrumento de poder.

Hay que temer a los intolerantes, a los fanáticos, a quienes no admiten otra verdad que la predicada por ellos mismos. A esos que se creen únicos interlocutores válidos del Creador. A quienes piensan de sí mismos que son demasiado importantes para ceder un ápice de su autoestima. Como si el Dios del Universo no pudiera estar, simultáneamente, en todos y cada uno de nosotros. Es demasiado grande para concentrarse, de forma exclusiva, en una sola persona. Para que, así, nadie más hable en su nombre. Erigiéndose en dueño e intérprete irreemplazable de la verdad divina. Tal persona albergaría tanta vanidad, que no cabría nada más en su mente. Un globo hinchado, que puede vaciarse al menor pinchazo. la propia vanidosa de su importancia, es lo que los sostiene, inflados e intolerantes. Hay que enseñarles que son seres humanos, ni más, ni menos. Suficiente. Como todos nosotros. Sin privilegios divinos exclusivos. Cuando la vanidad y el fanatismo no los hincha, están a nuestra altura, a la de todos los componentes del género humano, sobre la Tierra. A quienes pretendan actuar en nombre del cielo, les pediría que se consideren humanos. Que ya es bastante. Y procuren dar amor a sus hermanos. Sin impartir órdenes extremas, desde un supuesto trono celestial, en la Tierra. No hay semidioses. Sólo gente que pretende serlo. Quienes pisan las cabezas de sus hermanos, para destacar a mayor altura, merecerían ser la alfombra de todos.

Añadir comentario

Fill out the form below to add your own comments

Datos de usuario





Añadir tu comentario