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Sexo y Castidad

Sunday, April 13, 2008

No hay religión que no se haya ocupado del sexo. Unas pocas para ensalzarlo, en algunos aspectos, y, las más actuales en el mundo occidental, de origen bíblico, para denostarlo.

Hay demasiado primitivismo en las raíces religiosas de los pueblos. Son las voces antiguas, que no se extinguen. Sus ecos no dejan oír la voz de la razón, que vibra entre el cúmulo de conocimientos que la Humanidad acumula. El humano tiene dos caminos a recorrer: volver al pasado, reviviendo dogmas, venganzas y guerras de creencias, o situarse en el camino del desarrollo, oyendo a los científicos, a todos. La raza humana no necesita tener miedo a su futuro, si hiciera más caso a su inteligencia y menos a sus instintos y miedos ancestrales.

En el Budismo, cuando se le pide al creyente que no haga mal uso de los sentidos, no se le está exigiendo castidad, ni abstención total, sino que no use sus instintos de forma abusiva, o para hacer daño a nadie. El acto sexual lícito, en el Budismo, requiere, como condición previa, el respeto y consentimiento mutuo. Sin necesidad de imponer condicionamientos sociales, tales como el matrimonio, para que su práctica alcance legitimidad moral. Sólo se exige que el ser humano no ejerza el mal, aprenda a hacer el bien y purifique su mente. Esto, en todos los campos de la vida. Dar amor, y entregarse a él, no puede ser malo en sí mismo, ya que no sólo incluye la propia satisfacción, sino la actitud de transferir bienestar a otros, rompiendo con ello las barreras entre uno mismo y el resto de la Humanidad. El ejercicio del amor a los otros, implica, más que caridad, compasión, misericordia, empatía. Ningún rito, o ceremonia, puede reemplazar a las buenas intenciones. Desde luego, se recomienda no llevar una vida licenciosa; entendiendo como tal la que pueda perjudicar a uno mismo, a la familia, o a un tercero.

Dentro del Judaísmo clásico, la poligamia no sólo estaba permitida, sino que era la regla. Cristo nunca condenó expresamente esta práctica, que, originariamente, estaba basada en la necesidad de multiplicarse al máximo, para defenderse, cuidar los rebaños y cultivar la tierra. De forma que, un crecido número de hijos, era una forma de riqueza. Puesto que todos colaboraban, con su trabajo, al bienestar del clan familiar. En el Judaísmo europeo, la poligamia fue admitida hasta aproximadamente el siglo X. Entre los judíos orientales, asentados en países donde la poligamia es aún regla, esta costumbre fue más tolerada, con bastante posterioridad. Dado que la Biblia admite la poligamia, el adoptar modernamente la monogamia ha sido más una conveniencia civil que un mandamiento religioso. Adaptación paulatina a la vida social.

En la antigüedad clásica mediterránea, se pedía voto de castidad a las sacerdotisas de algunos templos, tal como hoy se les exige a monjas y religiosos. También era habitual, entre algunos pueblos, que sus militares no realizaran prácticas sexuales durante los períodos de guerra. Sobre todo cuando los guerreros se preparaban para un combate. Esto, que pudo tener su origen en el deseo de almacenar toda la energía posible para la lucha, quedó plasmado en diferentes reglamentaciones, a las que se les asignaban fundamentos mágico - religiosos.

La exaltación de la castidad, como medio de alcanzar el cielo, se cultiva, especialmente, en las llamadas religiones de salvación, que fomentan la práctica del ascetismo. Especialmente en las religiones del Libro: Cristianismo, Judaísmo, Islamismo. Esto se explica, claramente, por la vinculación que, en ellas, se hace del sexo con el Pecado Original, como acto de desobediencia directa a las órdenes de Dios.

Al convertir la prudencia física en obligación moral, se transporta el acto físico al mundo de lo religioso, convirtiéndolo en ofensa para la divinidad. Esto, para quienes, por sus convicciones y profesión, se
vean obligados a vivir en castidad permanente, puede transformarse en una obsesión enfermiza por el sexo. Viendo pecado en cuanto pudiese tener una relación mínima con el objeto del deseo. Nadie puede prescindir de su naturaleza, si no es mediante la autodestrucción. Aquí tendríamos que afirmar todos: “Soy el que soy”. Aceptando las propias limitaciones, estaríamos dentro de lo natural y del amor a nosotros mismos, que nos debemos. No es bueno despreciarse.

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