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En Nombre de Dios

Sunday, April 13, 2008

Los textos bíblicos, recopilados y reescritos a lo largo de casi dos mil quinientos años, como reflejo, en muchos casos, de relatos exteriores a la tradición judaica, son más un compendio histórico - literario - religioso, de orígenes diversos, que la obra de una sola mentalidad continuada. Aunque la homogeneización de textos haya sido máxima, tras la intervención rabínica, en los primeros siglos de nuestra era, se hace inevitable, con los nuevos conocimientos de escritos contemporáneos y anteriores, la comparación textual.

Finalmente, el texto masorético de la Biblia hebrea es el que ha sido admitido como definitivo. Quedando como oficial hasta nuestros días, dentro del Judaísmo. El Talmud, en sus diferentes versiones, fue compilado entre los siglos segundo y quinto de nuestra era, con algunas modificaciones en el séptimo. Pero, al haberse terminado de fijar los cambios tan tardíamente como en el siglo XII, después de Cristo, en plena Edad Media europea, nos encontramos, hacia atrás, con dos milenios de cohabitación de varios textos divergentes. Esto, indudablemente, ha conducido a frecuentes desacuerdos sobre la autenticidad o preterición de unos y otros.

Tanto las ceremonias religiosas como las sociales, si se sitúan fuera de su ambiente natural y de la conexión directa con las creencias, costumbres y contexto del pueblo que las sustenta, pierden su significado, quedando en vacíos gestos externos. No sucede lo mismo, cuando, quienes participan en la ceremonia, creen en su justificación y efectividad.

La extensión del Cristianismo en América, a través de la conquista, es un caso que no necesita explicación. Allá donde llegaron los ingleses, impusieron su visión religiosa de la vida, al servicio de la corona británica. Igual que hicieran los españoles en las tierras conquistadas por ellos con anterioridad. Otro tanto impusieron franceses, portugueses, holandeses, y cuantos llegaron. Al servicio de los distintos reyes y de sus correspondientes iglesias nacionales. No hubo excepción a la regla; la cruz y la espada fueron siempre compañeras. En esto, no se diferencian las distintas iglesias cristianas.

El Tratado de Tordesillas, (en 1494), repartiendo el Mundo en dos mitades, a beneficio de las muy católicas majestades de España y Portugal, es una vergüenza humanitaria histórica, apoyada y legitimada por la Iglesia Romana, de la que todavía no se ha repuesto la Humanidad. En principio, se alentó incluso la duda de que los oriundos del Nuevo Mundo pudieran pertenecer a la raza humana. Negando que tuvieran alma. Con lo que carecerían de derechos. Se intentó demostrar la imposibilidad de que, a tal distancia, pudieran ser descendientes de Adán y Eva. Eso liberaría a los conquistadores de las obligaciones debidas a los seres humanos. Ejemplos como el de Fray Bartolomé de las Casas, que, aún siendo el mejor, también tuvo esclavos, no abundaron. Desde el punto de vista legal de la época, era casi como tener un perro, se cotizaban según las razas. Por cierto, el de Fray Bartolomé era negro.

Las doctrinas, unas en el pasado y otras en el presente, han justificado siempre los sacrificios que pudieran hacerse a la mayor gloria de sus respectivos credos. Al parecer, si se mata en nombre de Dios, la muerte está justificada. Eso lo estamos viviendo en la actualidad, en varios credos, distintos y enfrentados, pero con raíces comunes. Mahoma también conoció la Biblia, interpretándola a su manera. Siguió en vigor la licencia para matar, en defensa de la fe.

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