Go to content Go to menu

Parcelas Celestiales

Wednesday, April 16, 2008

Tanto hay culto sin devoción, como devoción sin culto. La fe surge y se mueve en el terreno de los sentimientos. Se siente o no se siente. Pero, ni su ausencia, ni su presencia, deben ser motivo de orgullo o escarnio. El hombre no deja de ser humano, profesando una fe distinta. La fe, al relacionarse con los sentimientos, pertenece por completo al mundo interior del individuo, no es mensurable ni homologable. En el fondo, late el anhelo del conocimiento de lo eterno, de lo absoluto, del acercamiento a lo infinito, de identificación con lo divino. Sólo que ese viaje a lo desconocido se realiza en el interior de nuestro cerebro, no en el espacio. Los caminos recorridos, siempre son distintos para cada individuo. La fe pretende abarcar el Todo en sí misma. No aceptando como verdadero lo que de ella se salga. A partir de ahí, comienza el terreno cenagoso del fanatismo. La no aceptación del diferente.

Desde los primeros tiempos del pensamiento humano, alguien se preguntaría por su procedencia, y, al no encontrar explicaciones plausibles a esto y a todos los demás fenómenos y misterios de la Naturaleza, fue creando un mundo de fantasía, más o menos razonado, en el que adjudicó papeles protagonistas decisorios a todo cuanto le rodeaba. Seres y objetos que fueron adquiriendo virtudes y defectos imaginarios, adjudicados por la mente humana a la esencia de cuanto percibían sus sentidos. Amores y temores se reflejaron en las clasificaciones que hacía de sus descubrimientos. La Naturaleza, y su propia experiencia con ésta, iban enseñándole de qué fuerzas y elementos había de guardarse y de cuáles podía esperar beneficios.

Es lógico que, en el cauce normal de su acumulación de conocimientos, llegase el momento, para el Ser Humano, de pensar que había de agradecer, de alguna forma, los dones que recibía de las plantas, de los árboles, de los animales, de las montañas, de la tierra, lo que de todos obtenía. Comenzando el respeto, el cuidado, el cultivo, el culto, en suma, de los principios considerados benéficos, para cosechar sus dones. Pura ecología primigenia. La inteligencia de que ha sido dotado el ser humano, puede hacerle comprender que, si no hay equilibrio en la Naturaleza, no podrá haberlo en la Humanidad. Al hombre cabe la obligación de conservar lo heredado y mejorarlo. Comprendiendo que, sin una visión total de la armonía, no es posible la existencia en la Tierra. Este equilibrio debe partir de nosotros, y extenderse por cuanto nos rodea. No sólo la Naturaleza en general merece una oportunidad, también el Hombre ha de tenerla. Nuestra labor es, saber hasta dónde podemos usar los recursos naturales, sin poner en peligro su equilibrio. Sin causar daños.

El mundo funciona con ideas, quien expanda las suyas, instaura el predominio de sus propios valores. Y, con ello, su propio poder. Las ideas van modificando, aunque sea lentamente, las estructuras de la sociedad. Por tanto, las organizaciones llamadas idealistas, tratan de extender la idea de que todas las cosas buenas provienen de ellas, apropiándose la explotación de los buenos sentimientos del individuo. Vinculándolos, como si de propiedad particular se tratase, a la organización religiosa, idealista, o política de que se trate. Haciendo ver a sus adeptos que los buenos sentimientos, sobre solidaridad, familia, protección de menores e incapacitados, etc., no podrían subsistir más allá de los límites ideológicos propios. En estos casos, las personas buenas, las idealistas y bienintencionadas, son las más fáciles de captar, embaucar y retener. Con lo que adquieren nuevos colaboradores, dispuestos a entregarlo todo por su ideal. Sin recibir nada a cambio. Más que la promesa lejana de una feliz estancia eterna en el cielo, como si también fueran propietarios de parcelas celestiales.

Las corrientes políticas conservadoras se refugian en principios religiosos, para hacer valer sus teorías, con pretensiones de superioridad.

El nacional-catolicismo, que floreció en España, Portugal, Francia, Argentina, Chile, Brasil, República Dominicana, etc., casi simultáneamente, durante las dictaduras militares habidas en numerosos países latinos, parece no tener ganas de ser enterrado. Aunque se lo haya dado por difunto, la realidad es otra. El principio pervive, soterrado en partidos conservadores, de exaltación nacionalista. Parece que no tiene ganas de ser enterrado. Aunque hayan quedado algo devaluadas las cartas de recomendación de los párrocos, para conseguir trabajo a sus feligreses recomendados. Si eso no era poder temporal, se le parecía bastante.

El principio de autoridad, tan respetado por los dogmáticos, es el que les hace acercarse, admirativamente, a los generales y sus ejércitos. A lo largo de la historia, militares y dogmáticos han encontrado muchos puntos de coincidencia. Ahí tenemos a Bush.

El principio de autoridad, superpuesto al individuo, frena su desarrollo y creatividad. La masificación de ideales idénticos, sólo crea y alimenta borregos, aptos para el sacrificio.

En nuestra educación habitual, se nos enseña a aceptar demasiadas “verdades” asumidas, no contrastadas. Lo que, realmente, nos acostumbra a no pensar autónomamente. Esta es la peor manera de traspasar conocimientos. Deberíamos ser enseñados a deducir, analizar, contrastar, investigar, innovar, es decir, a pensar por nosotros mismos, a buscar caminos mejores que los ya conocidos. La enseñanza debe hacerse aconsejando, no ordenando.

La independencia intelectual es la mayor fuente de innovación. Para innovar, hay que ser singular. Quienes funcionan como parte de un grupo, pero sin sumar esfuerzos, producen más una cultura de masas, que puede contrarrestar la acción de sus componentes. Los equipos de investigación, funcionan mejor, cuando lo hacen como si de un solo individuo se tratase. Lo singular alumbra, lo masivo produce sombras.

Las actitudes dogmáticas, rígidas, son la principal causa del rechazo de sus teorías. Los dogmas no conducen a ningún lado. Son caminos que terminan en sí mismos. La creatividad debe ser positiva. No es lo mismo desear el triunfo propio, que la derrota ajena.

La relación causa-efecto, antecedente-consecuente, tiene un solo camino. Si se equivoca el orden, se yerra el resultado. Para triunfar en algo, primero se ha de procurar ser el mejor, si no en condiciones previas, sí en conocimientos.

Los dogmas no pueden ser nunca discutidos, han de ser adoptados, si se quiere pertenecer al grupo. O excluirse del mismo, al no aceptarlos. Los dogmas son, siempre, inadmisibles, desde un punto de vista lógico. Son, simplemente, tan ilógicos, que constituyen en sí mismos, pruebas de fe ciega. Sin embargo, la concepción virgen de María, como dogma revelado, es aceptada en el Corán.
La creatividad debe ser positiva. No es lo mismo desear el triunfo propio, que la derrota ajena. La relación causa-efecto, antecedente-consecuente, tiene un solo camino. Si se equivoca el orden, se yerra el resultado. Para triunfar en algo, primero se ha de procurar ser el mejor. Si no en condiciones previas, sí en conocimientos.

En el Génesis, dogma indiscutible y materia de fe durante muchos siglos, existen dos relatos paralelos de la Creación, donde el orden creativo es diferente. Así, también se menciona la creación de bosques e hierbas como anterior a la de los planetas, el Sol y la Luna. O lo tomas, o lo dejas.

Demostrada su inverosimilitud, se explica, actualmente, su vigencia de verdad revelada, tomando tales afirmaciones como licencias poéticas, expresadas para adaptarse a la mentalidad y comprensión de las personas a quienes iban dirigidas las narraciones. Deben considerarse como frutos de una época. Bastantes veces, los razonamientos religiosos caen dentro del reino de lo poético. De forma que tales argumentos no necesitan ser racionales, les basta con servir de testimonios.

Los textos doctos de los primeros geógrafos, bastante exactos en sus cálculos, fueron quemados, sistemáticamente, por los primeros cristianos, siguiendo las precisas indicaciones de S. Pablo. Un milenio de conocimientos, convertido en humo. Durante toda la Edad Media, fueron ignorados. Hasta el Renacimiento, cuando fueron apareciendo textos traducidos a otras lenguas. Lo que sirvió de base al auge científico de la época.¡Aleluya!

Hay quienes no necesitan tener remordimientos, ni arrepentirse, por matar infieles. Infieles a la propia creencia del matador. No sólo no lo consideran pecado, sino un mérito ante la divinidad, que es cuanto les importa. Deduciendo que, a los seres divinos, se los contenta con efusión de sangre. La vanidad es el mejor alimento de la soberbia. Es el choque entre mundos. Sea cual sea la divinidad a la que adoren. Puede ser Kali, Yahvé, Alá, Cristo, o cualquier otro foco de adoración, que esté en el centro de sus creencias. Métodos y creencias pueden diferir, pero el fin es el mismo, honrar al ser adorado.

Aunque los dioses sean distintos, la mentalidad de los adoradores no difiere mucho. Funciona mediante la entrega total a un Ser Supremo. La mente es el principio activo de la persona. Si la mantenemos en quietud, impidiéndole pensar libremente, poniendo fronteras a nuestro pensamiento, matamos el desarrollo de nuestro mundo.

En el mundo occidental actual, se han ido reduciendo el número de dioses, hasta quedar las creencias concentradas en las distintas variedades que han ido formándose, a partir de las creencias bíblicas. El concepto que, del Dios Padre, puedan tener cristianos, judíos y musulmanes es, básicamente, el mismo. Por supuesto que las doctrinas se han ido diferenciando entre sí. Pero nada borra el origen común. Es demasiado evidente.

Si pudiera darse marcha atrás, sustituyendo los odios actuales por deseos de identificación y hermanamiento, la Humanidad estaría menos llena de odios y rencores.
Quizá, si se diera más importancia a las ciencias en la educación de los jóvenes, para que se acostumbraran a razonar, evitando la enseñanza de doctrinas fanatizantes, la paz tendría más cabida en el mundo. No se comprende que, con un origen común en los escritos bíblicos, las derivaciones irreconciliables hayan llegado a ser tan distintas. El deseo de singularizar las propias ideas, meritándolas sobre las de los demás creyentes, no deja de ser un acto de vanidad irresponsable. Creer que los equivocados son, siempre, otros, no es la mejor forma de unir lazos y firmar paces.

Hay muchos tipos de terrorismo. Todos crueles. Pero, también es terrorismo la mera existencia de un Guantánamo en el mundo. No se puede ignorar la negación sistemática de los derechos humanos, que su mera existencia supone. Sobre todo, que se justifique su existencia como medida de protección a la civilización cristiana. Eso también es fanatismo cuestionable. Como la mera existencia del campo de concentración en que se ha convertido Gaza. Erigido y mantenido, supuestamente, para salvaguardar la cultura hebrea. Sin pararse a pensar que todas las culturas predominantes en el mundo actual tienen una base bíblica. Judíos, cristianos, musulmanes, alimentan sus creencias en distintas ramas del mismo árbol.

En el ser humano, aunque predomine su esencia individual, no se puede olvidar su pertenencia a una raza de semejantes, que debe respetarse entre sí, guardando su variedad. La Edad Media, de obispos guerreros y profetas conquistadores, ya quedó atrás, por ventura, hace siglos. Las evoluciones, cuando derivan en revoluciones, dejan una impronta mayor, porque se puede poner fecha a su nacimiento, pero, todo lo que es brusco, cuesta sangre y deja rencores. La evolución pacífica es más efectiva y duradera en el tiempo, aún cuando no pueda fecharse su alumbramiento. La acumulación de hechos e ideas, que se engarzan con el tiempo, aunque no dejen huella del momento de su creación, es la continuación natural de algo ya sucedido: la vida.

Cuando la evolución cese, es que habrá dejado de haber vida. Y eso no sucederá. Porque la misma muerte significa el inicio de otras vidas. La muerte absoluta no existe. Existe la evolución continuada. El cambio eterno, que es la mayor expresión de vida. Por supuesto, las expresiones “siempre” y “eterno”, encierran la relatividad de nuestro pensamiento limitado. La eternidad no nos cabe en la cabeza.

Los primeros califas Omeya, distinguidos en la extensión del Islam, a través de su espíritu de conquista, no eran precisamente ejemplares en su vida social. Sin embargo, son considerados santos, en su cultura, por su espíritu combativo - misionero. En este contexto, el mérito necesario para obtener la calificación de mártires, es común con las Iglesias Cristianas. Jehová, Yahvé, como Señor de los Ejércitos, no es muy ajeno a este concepto guerrero de los dioses. El Éxodo repite: ‘ No guardes amistad con los habitantes de la tierra que te daré,… destruye sus altares, rompe sus estatuas, arrasa sus bosques sagrados…’,… no adores a ningún dios extranjero. El Señor tiene por nombre Celoso. Quiere ser amado El solo.’ Tenemos, pues, que los más antiguos libros de la Biblia, aceptan perfectamente el concepto de un Dios guerrero y vengativo. Abraham recibió, directamente de Dios, la promesa de que su descendencia poseería las ciudades de sus enemigos. Casi podría deducirse que, cultivar enemigos, puede ser una ocupación rentable. Ese principio saben explotarlo sus descendientes ideológicos actuales. En el origen de las religiones, se vislumbra claramente un sentido de temor.

Temor a lo desconocido, temor al dios poderoso y vengativo, que se escondía tras los elementos naturales, para castigar al hombre que no lo honraba adecuadamente. De él venían, entonces, rayos, truenos, inundaciones, terremotos, sequías, enfermedades, plagas, etc. Todas las miserias sufridas por los pueblos, eran la expresión de la ira divina. Y, para evitar su castigo, se estaba dispuesto a los mayores sacrificios. Incluso al de los propios hijos. Aún cuando, visto con ojos actuales, resulte un tanto egoísta, eso de sacrificar a los hijos, para salvarse los padres. Pero, las reglas religiosas de entonces, no dejaban otra alternativa; considerando las estrictas reglamentaciones fijadas por el sacerdocio más estricto: erigido en traductor e intermediario de la voluntad divina.

Esencialmente, el Dios de los musulmanes es el mismo que el de los judíos y cristianos; sólo varían detalles, y, por supuesto, la doctrina derivada. Es totalmente identificable el origen, a partir de una sola raíz.

Dios es poderoso, vengador. El Corán no es parco en apelativos dirigidos a Dios. Pero una de las cualidades en la que más se insiste es la de la venganza. Dios ve lo oculto, y no olvida lo pasado. Dios puede perdonar o no, a los pecadores. Ese es su privilegio. Pero el hombre ha de actuar, siempre, de acuerdo con las leyes divinas. En este caso, de acuerdo con las leyes coránicas. Si no lo hace, se arriesga a desatar la ira divina. A los miles de amenazas, venganzas y castigos, que se distribuyen prolíficamente entre todas y en cada una de las páginas del Corán, les cabe un lenitivo: Quien haga un mal, ignorando que lo hace, será perdonado. De todas formas, hay un principio, si no dogmático, sí doctrinal, que aboga por la imposibilidad de escapar al destino. Lo que ha de suceder, sucederá. Hagas lo que hagas. Puesto que Dios conoce el pasado, el presente y el futuro, no puedes escapar de Él. Tal doctrina, aceptada en el ámbito popular, puede conducir, y de hecho conduce, al Fatalismo, a la convicción de que, si tu destino está ya escrito desde la eternidad, no puedes hacer nada por cambiarlo. La inercia contemplativa no se encuentra lejos.

Entre los griegos clásicos, Némesis era la diosa de la Justicia, y de la Venganza. ¿Dónde acaba una y comienza la otra? En la actualidad, algunos obispos parece que tuvieran como dioses supremos, no sólo a Némesis, sino acompañada por Moloch y Kali en concordia, en vez del Dios del Amor. No piden más que venganzas y reivindicaciones. Quienes se permiten hablar en nombre de Dios, como si fueran sus confidentes directos, ¿no estarán pecando de soberbia, al menos, situándose tan alto?

Suelo fiarme más de las personas optimistas, que de las pesimistas. No porque acierten más o menos, sino porque desean siempre lo mejor. Y, aunque no se cumpla su deseo, siguen deseándolo. Prefiero equivocarme con un optimista, que acertar con un pesimista. Quienes piensan en negativo, no salen de las tinieblas.

Ha llegado el tiempo, es la hora de intensificar las investigaciones y poner en marcha los proyectos de futuro para conseguir un combustible universal, de precio estable, que no conmueva los cimientos de nuestra civilización, cada vez que hay un conflicto en los lugares de producción.

El petróleo es pasado. Algo que ha tardado millones de años en formarse y que el hombre va a extinguir en pocas décadas, no puede ser el motor de nuestra civilización futura. Al ritmo actual de uso, su desaparición, aunque innecesaria, es cierta. Es irracional, porque el petróleo tiene miles de aplicaciones, más específicas y útiles que la combustión. La facilidad actual de obtención, a precios aún asequibles, ha hecho que se paralizaran o retardaran las investigaciones sobre fuentes realmente inagotables de energía, como el hidrógeno, elemento más abundante en nuestra galaxia. Inagotable.

Si una mínima parte del capital que se invierte en localizar y poner en funcionamiento nuevas explotaciones de petróleo, montar oleoductos, gaseoductos, refinerías y transportes especiales, se invirtiese en investigar más intensamente sobre la utilización del hidrógeno como fuente inagotable de energía, estaríamos ya en una época post-petrolera. Entonces, podría pensarse seriamente sobre los efectos que la combustión indiscriminada de petróleo tiene sobre el cambio climático y la impureza atmosférica en las grandes ciudades. Es el siguiente paso que necesita dar la Humanidad para entrar en una mueva época. Hidrógeno hay en todas partes. Ninguna nación sería propietaria de un monopolio del hidrógeno. Sólo hay que estar en posesión de la técnica necesaria para su utilización.

Podría ser una ejercicio de libertad humana, el mancomunar esfuerzos para la investigación. La libertad es un valor en sí mismo, pero habría que usarla para producir beneficios comunes a toda la Humanidad. La Humanidad, para seguir existiendo, sin agotar los recursos disponibles, necesita tener a la Naturaleza como amiga. Todo es uno, y uno es todo. Tal como van las cosas actualmente, el humano es el peor enemigo de sí mismo y de toda la Creación. La educación ciudadana debería incluir una mejor formación en ciencias naturales, para que aprendamos a vivir en armonía y concordia con todo lo creado. Somos una parte de la Naturaleza, no sus señores y explotadores. Quizá estemos demasiado imbuidos del espíritu bíblico, que nos hace sentirnos reyes de la Creación. Necesitamos pensar con un poquito más de humildad, para sentirnos, como Buda y San Francisco de Asís, hermanos de lobos, peces y pájaros. Pero también del Sol, la Luna y la Tierra. No somos más que un pequeño eslabón en la totalidad del Universo. Este puede seguir funcionando perfectamente sin nuestra presencia. Seamos consecuentes, tengamos respeto por toda la Naturaleza, tratando de estropearla lo menos posible. Si podemos conseguir energía más natural, más abundante y menos contaminante que el petróleo, podemos seguir el nuevo camino.

En principio, algunas guerras dejarían de tener razón de ser. La obtención de hidrógeno por sublimación, a partir del agua marina, por ejemplo, mediante electrolisis, con la ayuda de energía solar o eólica, sólo produciría emisión de oxígeno a la atmósfera. Y nula contaminación. El único inconveniente que veo es que quizá algunas naciones no estén interesadas en el desarrollo de esta técnica, porque les quitaría el monopolio mundial de la energía. Una labor conjunta de la Unión Europea podría solucionar el problema. Esperemos que la solidaridad sea un valor humano universal.

Lo más natural es lo más simple. Las creencias siempre han nacido de ideas sencillas, que se van complicando con el tiempo. Cuanto más antigua es una religión, más compleja es su doctrina y, sobre todo, su universo, su cosmogonía. Los avances siempre son relativos.

Ya se sabe que los ritos van cambiando de significado, para sobrevivir a las creencias.

La gente, generalmente, no ve u oye lo que está ante sus ojos o viene a sus sentidos, sino interpreta lo visto y oído de forma subjetiva, condicionada por la manera en que les afecte y las creencias que los acompañen. Esta deformación inconsciente de la recepción pasiva, viene dada por las premisas culturales de cada individuo. Estando ante la verdad, sólo vemos una parte de ella.

La búsqueda de la verdad es, más bien, la búsqueda de las verdades. Pues ninguna verdad es única; se sostiene en otras verdades. La verdad siempre es parcial, en el sentido de que es fragmentaria, y nunca la conozcamos del todo. Así que puede tener distintos aspectos, para diferentes espectadores de la misma, según la porción que contemplemos.

La fe pretende abarcar el todo en sí misma, no aceptando como verdadero aquello que de ella se salga. Los viajes de la razón son más cortos, nos acercan a la verdad, paso a paso. Pero, tienen la ventaja de ser más comprobables. Nos aproximan a verdades inmediatas, no menos importantes. Toda verdad es básica. Aunque la ignoremos, no deja de existir.

Una expresión clara del culto a los dioses, son las ofrendas, que, en la antigüedad, fueron, con frecuencia, cruentas, en casi todas las religiones. Como mayor mérito, exigen el sacrificio del propio creyente. Con posterioridad, las ofrendas cotidianas se han ido sublimando, hasta convertirlas en simbólicas. Pero siempre se ha pedido la aportación económica de los creyentes. Lo cual, en sí, es una parte del sacrificio, el pago en especie.

Quienes se creen pastores, están situándose, ellos mismos, fuera del rebaño. Se comprende que, quienes se atribuyen la posesión suprema de la verdad única, estén en contra de la verdad científica, porque lo suyo son las palabras huecas. Llenas de fantasías, estructuradas alrededor de un enorme vacío. Sus teorías, intencionadamente imposibles, están meditadas para esclavizar las mentes de quienes son obligados a no pensar. Se comprende que se dediquen, preferentemente, a la enseñanza de los niños. Porque en ellos siembran, de por vida, sus semillas esclavizantes. Labran su propio terreno, el que les produce apoyo y raíces, de las que viven, y, encima, cobran por ello.

Los implacables hablan de amor, mientras queman a los herejes. No admiten disidencias. Quien no está conmigo, está contra mí. En el núcleo, no hay amor, hay posesión obsesiva. La esencia misma del crimen pasional: si no eres para mí, no serás para nadie. El amor destructivo. Amor a sí mismo y lo propio. Egocentrismo ególatra. Que necesita anular la personalidad de quien lo ama, para exigir sacrificio y entrega incondicional

La historia de la fe, es la historia de las guerras sin piedad. Que no solo buscan destruir a las personas descreídas, sino anular la posibilidad de que, quienes sobrevivan, piensen independientemente. Los enemigos de la razón, no perdonan, piden perdón para ellos.

No se puede ayudar a los destructores de civilizaciones. Una tras otra. Las primeras víctimas son sus adeptos. La esclavización es su premio. Las personas de pensamiento libre, son creativas. Crean estructuras propias, en libertad. Que evidencia la falsedad de lo estructurado alrededor de un vacío. La búsqueda de la verdad está en las ciencias. Descubriendo verdades pequeñas, se aprende a ensamblar verdades mayores. Todo avance es imprescindible. Es buena la fe en lo que se conoce, no en lo que se cree, por ignorancia. Para creer, hay que conocer. Se comprende que, quienes creen sin medida, estén en contra de la verdad científica. Cultivan el amor a sus propias ideas y organizaciones, antes que el amor a la Humanidad.

Quienes toman los relatos bíblicos, como si éstos hicieran referencia fidedigna de los momentos álgidos de la creación humana y de los sistemas celestes, en general, podrían desencantarse.

La Biblia, según los fieles que representan al judaísmo ultraortodoxo, cuando habla de la creación de Adán, se refiere con ello a la creación del padre del pueblo judío. No al padre de toda la Humanidad. Según estos selectivos teóricos, son dos cosas distintas.

El pueblo hebreo, desciende, directamente, de Adán, hijo de Dios. El resto de los hombres, son eso, simplemente hombres, hijos de los hombres. Que vivían fuera del Paraíso, ya en tiempos de Adán. En fin, que no nos hagamos muchas ilusiones Con eso de que “todos somos hijos de Dios”. Los ortodoxos más ortodoxos nos excluyen de su etnia. Adán y Eva, según cuentan, fueron “creados” hace sólo unos 5600 años. Según sus cómputos. De ellos descienden los hebreos puros. El resto de los humanos, tenemos que buscarnos un padre. ¡Qué desconsuelo! ¡Enterarnos, a estas alturas, de que todos nosotros no somos ni siquiera hijos espurios de un Dios exclusivo y excluyente!

Vamos a tener que sumarnos a los descendientes de Adap, el padre pionero de la Humanidad. Según las creencias, nacida en la India, durante una de las numerosas creaciones cíclicas, que se relatan en las religiones índicas. Esa sería una solución, para no quedarnos clasificados como “hijos de padre desconocido”. También nos cabe la posibilidad, de soñarnos hijos de esos primeros padres de la humanidad doliente, surgidos en África, en regiones subsaharianas, probablemente cercanas a las fuentes del Nilo. Científicamente, esta parece ser la posibilidad más cercana a la realidad, según los conocimientos actuales. Una evolución continuada, en distintos climas, y en diferentes continentes, con adaptación paulatina a los medios y cambios habidos, han podido ir fijando las mutaciones habidas. Siempre partiendo de un origen único. Aún cuando haya quienes creen que la Humanidad no evoluciona en positivo, sino que se degenera, a partir de la Creación.

¿Cómo es posible que los Creacionistas sigan aferrados a sus principios de una Creación perfecta, en un Paraíso feliz? Que se estropeó por la curiosidad de Adán y Eva, al querer saber cómo se hacían los niños. Porque la curiosidad debió ser mutua, supongo. La manzana se la comieron a medias. No se le puede echar la culpa sólo a Eva. Es curioso que, “querer saber”, sea considerado el pecado de más graves consecuencias, en la tradición bíblica.

Cuando se desentierran restos de dinosaurios y otros “bichitos” amables, me pregunto si corretearían, al principio de los tiempos, por las inmediaciones del Jardín del Edén.¿ no les entra alguna duda, a los creacionistas, sobre sus amables fantasías? ¿No sienten “deseos de saber”?

Quienes se privan de la curiosidad, no sólo están ausentes de la realidad, sino que pretenden extender su neblina de ignorancia conciente, como fuente de toda verdad. La ciencia infusa, revelada, adquirida por revelación divina, como único germen de todo saber aceptable. Entraríamos en el fantástico mundo del “dolce far niente”. ¿No es la pereza un pecado? ¿O sigue siendo el trabajo un “castigo divino”? Consecuencia, además, del “querer saber”. Realmente, hay maestros en crear dilemas insolubles. No nos vendría mal, fomentar el estudio de las ciencias naturales, en los primeros años de la enseñanza obligatoria infantil. Para que, desde pequeños, aprendan a ir por la vida con los ojos bien abiertos, preguntándose cosas. Lo lastimoso, no es sólo el tiempo que pierden los escolares en aprender fábulas, presentadas como verdades indiscutibles, sino los años que se tarda en borrar las huellas de esas falsas enseñanzas, que taran las mentes de por vida. Hay mejores formas de servir a la Humanidad.

Estoy solo, viendo, desde mi ventana, la salida esplendorosa, siempre distinta, del sol sobre el mar. A veces, me gustaría pensar que ha sido diseñada para mi disfrute exclusivo. ¡Qué belleza! Gracias, Universo.

Todas las culturas, perceptiblemente diferenciadas, ocultan, bajo ellas, restos de otras culturas anteriores, que han sido absorbidas y digeridas por la cultura posterior. De forma que, sólo si removemos los cimientos de la cultura dominante, encontraremos las capas ocultas que dan base y unidad a lo diverso del resultado.

Con lo que, como en cocina, vemos que se pueden obtener distintos resultados, con los mismos ingredientes. Sólo que combinados en proporciones diversas. Según dejemos predominar a uno u otro componente. Con el tiempo, al adquirir cohesión la mezcla, e interdependencia los elementos, se forma un producto nuevo, en el que no podremos reconocer sus elementos, a primera vista. Hay que desmembrar los módulos y llegar a la raíz de los mismos, para poder alcanzar el origen.

Las teorías de las creencias, siempre son deformables. Basta con someterlas a distintas pruebas de resistencia, para comprobar su elasticidad. Vemos, clarísimamente, cómo los mismos principios que sirvieron para mantener cohesionadas las religiones del antiguo Egipto, el Imperio Romano, las dinastías babilónicas o el Imperio Persa, sirven para mantener la coherencia, cuasi dinástica, de las religiones imperantes en la actualidad.

El desconocimiento del futuro, cuando se vive inmerso en el pasado, con el miedo a la posible existencia de algo sobrenatural indeterminado, que rija nuestra pervivencia y la disciplina de grupo, todo unido a una indoctrinación temprana, recibida en la niñez, mantiene las mentes esclavizadas. De ahí que, todos los sistemas de creencias imperantes, sean enemigos soterrados de la ciencia pura. No quieren cambios, investigaciones, ni novedades, que alejen a sus fieles de la creencia pura. Mantenida, durante siglos, por el imperio del terror a lo desconocido y el miedo al rechazo del grupo propio, a quien pretenda ser diferente, ir más allá. La cohesión del grupo se mantiene como fundamental, condenando las disidencias. Con lo que la cohesión se convierte en congelación del progreso. Lo nuevo se condena, como cisma o herejía.

En la antigüedad, la enfermedad se ligaba a los malos espíritus, por lo que, cuando se habla de curaciones milagrosas, se dice que el taumaturgo arroja a los demonios del cuerpo del enfermo. Este es un concepto de la enfermedad aún muy ligado a la magia y el animismo. No es de extrañar que magos, sacerdotes y médicos, fuesen oficios concatenados y superpuestos. Para curar la enfermedad, había que dominar al espíritu maligno que la provocaba. Aún es común oír referirse a las enfermedades como un castigo divino. Y éste es el criterio que conservan, en la práctica, la mayoría de religiones. Buscan la causa en los espíritus demoníacos y no en las leyes físicas que rigen el mundo. Así, pretenden curar los males del mundo con oraciones, invocaciones, milagros y encantamientos. Cosas que solucionarían, con más cercanía y efectividad, la ciencia y las técnicas.

En las sociedades primitivas, se consideraba, y aún se considera, que, quien está enfermo, es porque ha pecado, siendo, en consecuencia, un ser impuro, a quien sólo el agua o el fuego podrían purificar. Esta tendencia a ver un castigo divino en la falta de salud, es característica de todo pueblo que busque el remedio más en la oración que en la ciencia. El uso del bautismo se convierte en ritual purificador, dándole un significado espiritual, al convertirse en agua en lavadora de pecados, que, supuestamente, hereda el recién nacido de sus antepasados.

Tanto de los ritos purificadores del agua, como en los del fuego, podemos colegir que, históricamente, el origen de tales ceremonias se pierde en la noche de los tiempos.

Tendemos a creer que podemos influir en la marcha de los acontecimientos, prescindiendo que estamos inmersos dentro de ellos. Solemos sobrevalorarnos.

Nuestra creatividad puede incluir una variante individual, que creemos influirá en el total. Aunque esto nos satisfaga, a nivel personal, un esfuerzo individual, aislado, no es suficiente para cambiar el curso de los acaecimientos. Puede que nos ayude a sentirnos mejor, no mucho más. Pero nos satisfacemos, creyendo haber cumplido el deber que nos hemos impuesto. Eso sí puede tener un resultado tangible, en nuestro entorno. La línea continuada, siempre conduce a alguna parte.
Las mismas teorías que, en unos sistemas de creencias, son centrales, en otros se convierten en accesorias. Cediendo su importancia medular a otras proposiciones más adecuadas al medio y tiempo en que se desarrollan.

Para la renovación de los ciclos vitales, debemos tener en cuenta que, sin destrucción no hay vida. La vida surge de la muerte. Con ella no se llega al fin, sino al momento de la transición. Sólo se traspasa la puerta que nos adentra en otro estado de vida.
Constatamos en numerosas ocasiones que la expansión de las doctrinas no depende de su mayor contenido en verdad, sino de su mayor vitalidad. Aquella que más se mueva, que más propaganda haga, que más dinero maneje, que más corazones conquiste, será la vencedora en el mercado de las ideas.

Modernamente, los principios pacifistas y ecologistas, reclaman activamente un lugar que no tenían, hasta hace poco, en las sociedades occidentales. Orientadas desde tradiciones bíblicas, nada pacifistas. A partir de las cuales, se nos enseña que animales, naturaleza y plantas, como todo lo creado, ha sido puesto ahí, sobre la Tierra, exclusivamente para el servicio y disfrute del Hombre, como un regalo del Creador. A quien debemos agradecer su generosidad. Tal teoría es un resumen del egocentrismo más absoluto.

Tan es así que, desde un punto de vista religioso, se consideraba correcta la esclavitud de quienes estimábamos diferentes a nosotros, la raza blanca europea. En la época de los descubrimientos geográficos, interesó hacer creer, con la ayuda de las organizaciones religiosas, encargadas de aquietar conciencias, al servicio de los imperios, que había razas distintas de hombres, carentes de alma. Ya que no podían ser descendientes de Adán, por lo distante de sus lugares de nacimiento, de creencias consideradas salvajes y aspecto diferenciado. Por tanto, estos infieles eran aptos para ser puestos al servicio total del hombre blanco europeo, fiel creyente. ¡Un razonamiento divino!

En las tradiciones indias, en cambio, conservan, tanto las plantas como los animales y la naturaleza en general, una parte de Brahma, el Todo Absoluto, por lo que han de ser respetados, como parte del Dios Creador.

Además, la admitida transición de los estados vitales, que subyace en la filosofía hinduista, conecta entre sí todo lo existente, en una interdependencia continuada de fluidez ininterrumpida, interconectada. Lo que hoy es piedra, puede ser planta mañana, animal en un futuro, hombre en otra vida y espíritu partícipe de Dios en la eternidad.

Es un principio vital. Las plantas se alimentan de la tierra. Los animales de las plantas. Y los hombres, finalmente, se alimentan de sustancias que se encuentran en la tierra, de plantas y animales. Como destructor final. Sin destrucción, no hay vida. Todo es Uno.

El hombre destruye el mundo, poniendo, por encima de toda la Naturaleza, la importancia suprema de conservar su propia vida.

La fuerza de una teoría filosófica es, su capacidad de producir cambios en el pensamiento de aquellas personas que la experimentan.

Por supuesto, esta capacidad de influir sobre la manera de pensar, es cuestionable. Puesto que tal capacidad no es mensurable. Pero, ya la afección, o desafección, que la idea provoque, indicará que ejerce una influencia en el pensamiento. El conocimiento objetivo tiende a ser universal. Para extenderlo, se ha de razonar, sin fronteras en el pensamiento. Dejándose guiar sólo por la honradez propia y la nobleza de los razonamientos.

Cuando la fe es ciega, no atiende a razonamientos, por tanto, prevalece violentamente sobre la ciencia, pero sigue siendo ciega. Cuanta más violencia se ejerce para hacer prevalecer los valores propios, más lejos se estará de la luz. Quemar libros de ciencia y encarcelar o ajusticiar a filósofos y científicos, como se ha hecho, durante siglos, no acerca a la verdad. Sólo hunde a la Humanidad, haciendo prevalecer al mundo de la ignorancia y sus tinieblas. La imposición de leyes represoras bastó para que los conocimientos razonados cedieran terreno a las creencias impuestas. La gente no disfruta muriendo quemado.

Las postrimerías del Imperio Romano, y las infinitas luchas medievales, junto con el férreo control de todo conocimiento, que ejercía el Papado, contribuyeron a evitar la divulgación de teorías que pudiesen contradecir a las Sagradas Escrituras. Durante la Edad Media, principalmente, con principios de estricta censura, que, en algunos países, como el nuestro, se han extendido hasta una muy reciente actualidad, los conocimientos externos al mundo cristiano, quedaron anatematizados. La lógica, que había sido resucitada con el Renacimiento, en España permaneció en estado momificado.

Si de algo no podemos dudar es de nuestra existencia. El “pienso, luego existo”, formulado por Descartes, no deja de ser un artificio, basado en una creencia, arropada con evidencias. Si salimos, en pensamiento, de nuestro propio cuerpo, las dudas se multiplican. Hay tantas versiones sobre el principio de la existencia, ya sea ésta material, espiritual o divina, que, poéticamente, cualquiera de ellas puede valernos.

Mientras no intentemos analizarla, eso sí. Pues ninguna, excepto la material, resiste un examen razonado. Cualquier respuesta que pretenda ser definitiva, se revelará como provisional, en cuanto la enfrentemos a razonamientos contrapuestos. La actual casi imposibilidad de llegar a demostrar una teoría sólida sobre el principio de los tiempos, la han aprovechado los predicadores religiosos para insistir en los insondables misterios de la divinidad. Partiendo de inspiraciones insufladas, a medida de los tiempos y los pueblos donde han crecido.

Durante la Edad Media, época crédula, de intensa fe y escaso razonamiento, se afirmaba que la contaminación por la peste, debida a la nula higiene entre las comunidades cristianas, que consideraban pecaminoso el baño y concupiscente la higiene personal, podía ser evitada mediante la ingestión de un bebedizo basado en la maceración de clavellinas y flor de clavo, usada para aliviar los dolores de muelas, junto con semillas de amapola real, en alcohol. No es de extrañar que, al menos, aliviara los dolores consecuentes a la enfermedad, dada la composición del licor. El alcohol con opio puede anestesiar a cualquiera. De hecho, en la medicina del Renacimiento y hasta tiempos recientes, en la medicina casera, se usaba el láudano, concentrado obtenido por maceración de semillas de amapola real, clavo y pistilos de azafrán en vino blanco, para aliviar especialmente los dolores causados por úlceras de estómago. Si, en el trance, los enfermos morían, al menos lo hacían a gusto.